
Las ladies de Llangollen
Postal desde Gales
Antes de dejar el País de Gales, me detengo en el pueblo de Llangollen. El motivo, visitar Plas Newydd. Un cuidado jardín envuelve la mansión. En la fachada, el blanco encalado contrasta con la trama de roble oscuro que, con un bordado exquisito, evoca el gótico tudor.
La casa era más pequeña cuando allí se establecieron lady Eleanor Butler y Sarah Ponsonby, dos damas irlandesas de alta cuna.
Lady Eleanor Butler y Sarah Ponsonby desafiaron su tiempo para vivir juntas
Lady Eleanor Butler era hija del conde de Ormond y de Ossory, uno de los mayores terratenientes de Irlanda. Educada en un convento francés, su familia la tenía por una rata de biblioteca. Sarah Ponsonby, a su vez, contaba también con antecedentes aristocráticos. Cuando su padre, que había sido miembro del parlamento irlandés, la dejó huérfana, Sarah fue enviada a Woodstock, una finca del sur de Irlanda, donde quedó a cargo de unos parientes lejanos. Fue allí donde, a sus trece años, conoció a Eleanor Butler, que por entonces rayaba ya los treinta años. Vivían a tres kilómetros de distancia la una de la otra y su amistad fue consolidándose, hasta que, bajo la amenaza de verse empujadas a un matrimonio de conveniencia, y ante el asedio que Sarah sufría de un tutor que quería abusar de ella, se vistieron de hombre, se armaron con una pistola y se escaparon. Pero las interceptaron y fueron devueltas a las familias respectivas. Eleanor consiguió fugarse de nuevo y se escondió en la habitación de Sarah, donde Mary Carryl, una fiel criada, le proveía de comida.
La siguiente evasión fue la definitiva. Eleanor y Sarah consiguieron embarcar y abandonar Irlanda. Ya en el País de Gales, al pasar por Llangollen determinaron que se trataba de los más bellos lugares de la Tierra y alquilaron una casa en el pueblo. Por fin, en 1780, cambiaron su residencia por una modesta casa de campo, que bautizaron como Plas Newydd, la nueva mansión. El edificio fue ampliado e incorporaron numerosos elementos góticos rescatados de otros edificios, vitrales, tablones tallados, muebles de iglesias. El entorno también fue acondicionado con un suntuoso jardín.
El resultado es una mansión de medidas sensatas y confortables, con techos bajos, camas estrechas y una notable biblioteca. Las paredes y techos del recibidor están recubiertos de paneles de madera cincelada. Más comedidos son la sala de música y el comedor, y de una austeridad cartujana las estancias del servicio en el desván. Porque las ladies -que es como las conocían en el pueblo-, para su asistencia, disponían de un jardinero, un lacayo y dos doncellas. Al frente, estaba Mary Carryl, la fiel criada de Woodstock, de donde la habían despedido por lanzar un candelabro a otro criado.

Para la sociedad biempensante de la época, era un escándalo aquella vida fuera de las normas imperantes. Sin embargo, pronto sumaron amigos. En su casa acogieron a notables personajes que viajaban de Dublín a Londres, como sir Walter Scott o Lord Byron. La curiosidad les procuró simpatizantes y curiosos. Incluso la reina les ayudó a sufragar sus gastos. Y, con el paso de los años, hasta sus familias llegaron a tolerarlas, con lo que su precaria economía pudo sosegarse.
En su retrato más emblemático, Eleanor y Sarah aparecen ya mayores y con la vestimenta de las amazonas de su juventud: ancha falda negra, levita y sombrero de copa. Firmaban ambas las cartas que mandaban, y sus libros, su cristalería, tenían inscritas las iniciales de las dos. Hubo quien las tildó de extravagantes, pero los conocidos describieron su vida como “poco excitante”. No mostraron ningún interés por difundir su modo de vida. A Eleanor y Sarah, les bastaba con estar juntas, con sus lecturas, sus tazas de té, atendiendo su hacienda y a sus visitas.
Cincuenta años vivieron en Plas Newydd. Eleanor murió en 1829 y Sarah dos años más tarde. La tumba que comparten también acoge los restos de Mary Carryl, su criada fiel.

