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Un palacio junto al mar para el emperador

Postal desde Split

La carretera recorre el recortado litoral dálmata. Debajo, se arrebujan estrechas playas de aguas turquesas. Más allá, se estiran islas llanas cubiertas de pinos y matojos. Cada tanto aparece un pueblo: esbelto campanario veneciano, casas esparcidas, puede que dos plátanos enormes.

El autocar cruza Neum, enclave bosniano en la costa croata, y alcanzamos el delta del río Neretva. Los canales envuelven campos de naranjos. Detrás de cada casa, una barca amarrada. Y, al dejarlo atrás, frenamos: una roca rotunda ocupa la carretera. Bajan todos los hombres. Es lo que hacen los hombres. Y empujamos la roca, vemos cómo rueda por el talud y volvemos a subir la mar de satisfechos.

Un palacio romano frente al Adriático, que con los siglos, aprendió a ser ciudad

Una corte de señoras mayores, todas de luto, nos recibe en Split. Si alguien necesita habitación…, preguntan. Son ya las tres de la tarde.

Se decía que el nombre de Split venía del Spalato de los venecianos, y este del palatium que aquí se hizo construir el emperador Diocleciano a fines del siglo III d.C. Pero parece que el nombre es anterior al palacio. En cualquier caso, tanto el nombre como el palacio han subsistido.

Me acerco al paseo marítimo, para observar la construcción. Estoy en terreno ganado al mar, porque antaño las olas daban contra el muro que tengo delante. Ahora se ha pegado alguna casa al lienzo, pero todavía sobresale por encima. Este lado de la muralla se extendía ciento ochenta metros y disponía de ventanales a media altura, enmarcados por columnas dóricas. Y solo cuenta con un portal bajo y oscuro, acceso para la barca del emperador o para proveerse de suministros. Entro y sigo el que sería el cardo, la vía que recorría el palacio de sur a norte. Porque el palacio se trazó como un campamento legionario, un gran rectángulo con dos vías que se cruzan en el centro. Las puertas importantes, claro, eran las que daban a tierra, al norte, al este y al oeste.

Paso al vestíbulo abovedado, estancia circular que daba a los aposentos privados del emperador, que ocupaban la mitad sur del recinto, la más cercana al mar.

Vista del paseo marítimo el casco antiguo de Split con el palacio de Diocleciano al fondo
Vista del paseo marítimo el casco antiguo de Split con el palacio de Diocleciano al fondoGetty Images/iStockphoto

Y salgo al peristilo, el corazón del palacio. Conserva un cerco de columnas de granito rojo importado de Egipto. Y también de Egipto es la oscura esfinge que allí reposa. A la izquierda del peristilo había tres templos, de los que se conserva, escondido, el de Júpiter, con otra esfinge delante. Hasta doce esfinges decoraban el palacio. A la derecha del peristilo, se levanta el mausoleo de Diocleciano. Porque aquí el primer y último emperador que abdicó por propia voluntad pasó sus últimos días. Eso sí, después de evitar el colapso del imperio, además de impulsar la más extensa e implacable represión del cristianismo. Ya jubilado, Diocleciano se dedicó a cultivar coles y otras verduras en su inmenso palacio, a pocos kilómetros de la ciudad donde había nacido.

Tras la muerte del emperador, el palacio albergó a familiares imperiales caídos en desgracia. Luego sirvió de refugio para la población que huía de los bárbaros. Y el palacio, compartimentado, reformado, acondicionado, donde se había acantonado la guardia, las caballerizas, los sótanos, hasta las mismas murallas, acogió a los refugiados y se convirtió en ciudad. Todavía hoy el mausoleo sirve de catedral. En su interior interior circular, columnas corintias de fuste oscuro sostienen otras de más finas, que sostienen la cúpula de obra vista. Al atardecer, cuando entro, una monja dirige a las mujeres que rezan el rosario.