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Raquel Pérez, enfermera y gestora felina: “Mi gata se empeñaba en masajearme zonas del cuerpo donde después hubo que intervenir. No creía en estas cosas”

Testimonio

La historia de Raquel Pérez muestra cómo una experiencia íntima durante una enfermedad dio origen a una asociación que hoy gestiona colonias felinas y firma convenios con ayuntamientos y empresas

Raquel Pérez, enfermera y gestora de una colonia felina. 

Raquel Pérez, enfermera y gestora de una colonia felina. 

Cedida

Cuando Raquel Pérez enfermó, fue su gata Lilit quien no se separó de ella. Años después, esa relación se transformó en una asociación que gestiona colonias felinas, firma convenios con ayuntamientos y colabora con empresas. Esta es la historia de cómo una experiencia íntima se convirtió en una causa colectiva, y de por qué el cuidado de los animales también es una cuestión de convivencia, salud pública y dignidad.

¿Quién es usted y desde dónde nace esta historia?

Soy Raquel Pérez, tengo 50 años y vivo en Alalpardo, un pueblo pequeño al norte de Madrid. Soy enfermera de profesión, he trabajado muchos años en servicios especiales, en UCI y en urgencias, aunque ahora mismo no estoy ejerciendo porque pasé por una enfermedad larga que me obligó a parar. Y precisamente de ese parón nace todo esto.

Lilit se empeñaba en masajearme zonas concretas del cuerpo donde luego resultó que había problemas serios. Me insistía justo donde después los médicos encontraron que había que intervenir

Raquel Pérez

Enfermera y gestora de una colonia felina

Antes de hablar del proyecto, vayamos al origen: ¿cómo aparece Lilit en su vida?

Yo nunca había tenido gatos. Un día, casi por casualidad, vi en Facebook la foto de una gata pequeñísima, muy delgada, que estaba en una protectora. No sé por qué, pero sentí que tenía que adoptarla. La trajeron voluntarios hasta Madrid y se quedó conmigo. Yo seguí con mi vida normal, trabajando, con mis hijos, hasta que años después caí muy enferma por una enfermedad autoinmune que me dejó prácticamente en la cama durante mucho tiempo.

¿Y qué papel tuvo ella durante esa etapa?

Fue mi compañera constante. Mi familia, por supuesto, estuvo ahí, pero ella estaba conmigo todo el tiempo. Hay cosas que suenan muy poco científicas, y se lo dice alguien que es enfermera y bastante escéptica, pero me pasaron. Por ejemplo, se empeñaba en masajearme zonas concretas del cuerpo donde luego resultó que había problemas serios. Me insistía justo donde después los médicos encontraron que había que intervenir. Yo no creía en estas cosas hasta que me pasaron. Para mí, ella fue como una enfermera silenciosa.

Raquel Pérez, enfermera y gestora de una colonia felina. 
Raquel Pérez, enfermera y gestora de una colonia felina. Cedida

¿Diría que Lilit le cambió la forma de mirar a los animales?

Totalmente. Cuando miras a tu gato a los ojos, luego miras a cualquier gato de la calle y piensas: podría ser ella. Podría estar pasando frío, hambre, miedo. Y eso te cambia por dentro. Ella me enseñó empatía de una forma muy directa. Me enseñó que todos los gatos que ves podrían ser el tuyo, y que no puedes mirar hacia otro lado.

¿Cuándo pasa de ser una sensibilidad personal a convertirse en acción?

Cuando empiezo a encontrarme mejor de la enfermedad y vuelvo a salir más, empiezo a ver colonias de gatos en mi pueblo y en los alrededores, en condiciones muy malas. Al principio actúas como puedes: llevas comida, llevas a esterilizar con tus propios medios, curas heridas con lo que tienes. Es una especie de enfermería de guerra. Pero llega un momento en que te das cuenta de que así no se puede sostener nada a largo plazo.

¿Ese fue el momento de crear la asociación?

Sí. Entendí que no se podía luchar solo con tu nombre propio. Que necesitabas papeles, una estructura, socios, una entidad que pudiera hablar con ayuntamientos, con empresas, con veterinarios. Así nació la asociación Gata Lilit, hace unos cuatro años. Empecé prácticamente sola. Una vecina me ayudó a dar los primeros pasos para hablar con el alcalde del pueblo, y en un municipio pequeño, cuando el alcalde te da el visto bueno para esterilizar, eso ya es un mundo. Pero el problema es que el trabajo y el tiempo los pones tú, y la financiación casi siempre también.

¿Cómo se sostiene alguien tanto tiempo trabajando así?

Con mucha convicción y con ayuda profesional, sinceramente. Yo voy a terapia cada quince días. No fallo. Esto, si no lo trabajas, te destroza. Ves sufrimiento, ves abandono, ves crueldad. Y además soy madre de tres hijos, no me puedo permitir caerme del todo. A veces tengo la sensación de que haber superado una enfermedad que en teoría era incurable fue como una segunda oportunidad para dedicarme a esto. Como si la vida me hubiera dicho: ahora haz algo con este tiempo.

¿Nunca ha pensado en rendirse?

No. Cansarme, sí. Agotarme, muchas veces. Pero rendirme, no.

Uno de los logros que más destaca es la colaboración con una gran empresa. ¿Cómo se llega de alimentar gatos en la calle a trabajar con una multinacional?

Hablando y demostrando que esto no es solo una cuestión de sensibilidad, sino de gestión. En la sede de Microsoft en Algete había una colonia felina que los propios empleados alimentaban como podían y casi a escondidas. Contactamos con una persona de gestión de riesgos y logística y coincidimos en que, si eres una empresa referente, también tienes que ser ejemplo en cómo tratas a los animales de tu entorno. Ellos mismos nos dieron una ayuda económica para instalar casetas, tolvas, puntos de comida y gestionar correctamente la colonia. Para mí eso fue un mensaje muy potente: esto no es solo cosa de cuatro locos con gatos, es responsabilidad social.

¿Ese tipo de acuerdos cambian la percepción del proyecto ante las administraciones?

Muchísimo. Cuando puedes decir que trabajas con ayuntamientos y con empresas grandes, el discurso cambia. No es lo mismo que te vea como una voluntaria individual que como una asociación con convenios firmados. No se trata de reconocimiento personal, sino de que el proyecto tenga legitimidad y continuidad.

En la sede de Microsoft en Algete había una colonia felina que los propios empleados alimentaban como podían y casi a escondidas. Al darle a conocer la situación a la empresa, nos dieron ayuda económica para instalar casetas, tolvas y puntos de comida 

Raquel Pérez

Enfermera y gestora de una colonia felina

¿Cómo se convence a una administración pública cuando el bienestar animal no siempre es una prioridad política?

Hablándoles en su propio idioma. Yo les explico que si en vez de 50 gatos hay 20, esterilizados y sanos, hay menos conflictos entre vecinos, menos quejas, menos riesgos sanitarios, menos problemas en parques donde juegan niños. Nunca convences solo por el bienestar del animal, aunque debería ser suficiente. Convences mostrando que es mejor para todos: para la convivencia, para la salud pública y para la imagen del municipio.

Si pudiera influir en una ley nacional sobre gestión de colonias felinas, ¿qué tres cosas serían imprescindibles?

Primero, perseguir de verdad el maltrato animal, con penas ejemplarizantes. Segundo, que el dinero público no se destine solo a esterilizar: cuando encuentras un gato gravemente herido y la operación cuesta miles de euros, eso no lo cubre nadie. Y tercero, que cada ayuntamiento tenga espacios propios para albergar animales que no pueden estar en la calle, y no depender exclusivamente de perreras externas donde, muchas veces, prima el negocio sobre el bienestar.

En el día a día, ¿qué parte del trabajo cree que nadie ve?

Casi todo. Se ve al voluntario dando de comer, pero no se ve que hay que ir todos los días, limpiar, observar si algún gato está enfermo. No se ve la gestión de redes sociales, que es fundamental para conseguir ayuda. No se ve la coordinación de veterinarios, las adopciones, el seguimiento de animales ya adoptados. Hay personas que adoptaron hace años y aún te llaman si su gato se pone malo para pedir consejo. Y luego están las reuniones con empresas, con ayuntamientos, las charlas en colegios… Es un trabajo invisible y constante.

Ha mencionado los colegios. ¿Realmente se puede cambiar la mentalidad desde tan pequeños?

Es donde más se puede cambiar. Conozco el caso de una niña que tenía auténtico miedo a los gatos, pensaba que transmitían enfermedades y que atacaban. A través de un cuentecito que llevamos a los colegios y de charlas, cambió completamente su visión y acabó ayudando a poner una caseta a un gato de la calle. Igual que pasó con el reciclaje: muchos adultos aprendimos a separar la basura porque nuestros hijos venían del cole diciéndonos cómo hacerlo. Con las colonias felinas puede pasar lo mismo.

Voy a ir contra muchas compañeras gestoras, pero yo creo que con tiempo, paciencia y el entorno adecuado, prácticamente todos los gatos podrían salir de la calle

Raquel Pérez

Enfermera y gestora de una colonia felina

Existe la idea de que hay gatos callejeros que nunca podrán vivir en una casa. ¿Comparte esa visión?

Voy a ir contra muchas compañeras gestoras, pero yo creo que con tiempo, paciencia y el entorno adecuado, prácticamente todos podrían salir de la calle. He tenido casos que parecían imposibles de socializar y hoy están durmiendo en un sofá. No digo que sea fácil ni rápido, pero creo que no deberíamos resignarnos a que su destino natural sea la calle.

¿Cómo imagina su entorno dentro de diez años si este trabajo continúa?

En Alalpardo ya estamos muy cerca de no tener camadas. Se cuentan con los dedos de una mano. En Algete, cuando empecé, había cerca de mil gatos; era una locura. Mi sueño es que dentro de diez años haya colonias pequeñas, con gatos mayores, controladas, y sin nuevos nacimientos. Y, si soy ambiciosa, sin gatos viviendo permanentemente en la calle.

Hablando de ambición, ¿cuál es el sueño que todavía le cuesta decir en voz alta?

Un santuario. Estoy ahorrando para ello. Un terreno grande donde pueda llevar a los gatos cuando se hacen mayores, cuando su colonia se vuelve peligrosa, cuando están en polígonos o zonas hostiles. Un espacio donde vivan en semilibertad, atendidos, seguros. Es un sueño grande, pero también lo era todo esto hace años.

Todo empezó con una sola gata. ¿Qué cree que pensaría Lilit de lo que vino después?

Creo que estaría orgullosa de que esto ya no dependa solo de mí, de que se haya institucionalizado. Al principio era todo improvisado, ahora hay convenios, hay estructuras, hay proyectos a largo plazo. Pienso que eso es lo que de verdad cambia las cosas.

Raquel Pérez, enfermera y gestora de una colonia felina. 
Raquel Pérez, enfermera y gestora de una colonia felina. Cedida

Después de tantos casos duros, ¿cómo se protege emocionalmente?

Con terapia, con apoyo de otras gestoras y recordando por qué haces esto. Cuando llega un caso que te rompe, pasas noches sin dormir, te llenas de rabia, pero al final eso también te da fuerza. Sabes que este trabajo no es para siempre, que tiene un desgaste, pero mientras estés, tienes que hacerlo bien.

¿Qué le diría a quien piensa que ayudar a animales no es una prioridad social?

Que hay muchas formas de ayudar y que todas son necesarias. Yo he sido voluntaria de Cruz Roja, he trabajado toda mi vida con personas. No es una cosa contra la otra. Hay momentos de la vida en los que algo te despierta y te pide actuar. Hay gente que ayuda a personas, gente que ayuda a animales, gente que ayuda al medio ambiente. Todo suma.

Me protejo emocionalmente con terapia, con el apoyo de otras gestoras y recorando porqué hago esto

Raquel Pérez

Enfermera y gestora de una colonia felina

Si alguien quiere ayudar y no sabe por dónde empezar, ¿qué le diría?

Que no hace falta estar en la calle todos los días. Se puede ayudar recogiendo donaciones, transportando animales, difundiendo adopciones, ayudando en redes. Muchísima gente tiene ganas de ayudar, solo hay que facilitarles cómo hacerlo.

Después de todo lo vivido, ¿qué ha aprendido sobre usted misma?

Que soy más fuerte de lo que pensaba y que el dolor, si lo transformas, puede convertirse en algo útil para otros. Yo no elegí enfermar, pero sí elegí qué hacer con lo que vino después. Y, aunque suene extraño, le debo mucho a una gata que llegó a mi vida por una foto en Facebook.

Para terminar, si tuviera que resumir todo esto en una sola idea, ¿cuál sería?

Que una historia pequeña puede generar un cambio enorme si no miras hacia otro lado. Yo empecé por una gata, y ahora estamos hablando de municipios, de empresas, de educación. Todo empieza cuando decides que lo que tienes delante importa.