Los actos violentos dirigidos a perros o cachorros funcionan como el preámbulo de futuros ataques contra individuos indefensos.
Testimonio
En la actualidad reside con cinco canes y acumula más de quince años de experiencia en una entidad protectora de Ciudad Real: su vivienda sirve de albergue, lugar para nuevos comienzos y baluarte ante el desamparo.

Rosi Osuna

Rosi Osuna, de 50 años, reside en Barcelona y se desempeña profesionalmente como gestora inmobiliaria, labor que compagina con su intensa actividad rescatando, cuidando y encontrando hogares para canes desamparados. Teniendo cinco perros bajo su techo en la actualidad y tras más de quince años de cooperación con una entidad protectora de Ciudad Real, su vivienda funciona como santuario, centro de aprendizaje y bastión frente al desamparo animal. Ella narra su evolución desde una infancia en la que se le prohibía tener mascotas hasta ser una figura fundamental para la adopción consciente en Catalunya, al tiempo que critica duramente la tendencia de obsequiar seres vivos en Navidad y el maltrato que sufren.
¿En qué momento se inicia su trayectoria propia con los animales? ¿Desde qué punto percibe ese vínculo?
Desde mi infancia experimenté un profundo amor por los seres vivos, en particular por los perros. Paseando por la ciudad con mi madre, sentía la necesidad real de acercarme a cada canino que divisaba. Funcionaba como una atracción irresistible. Pese a ello, en mi domicilio no estaba permitido tener mascotas; mi madre rechazaba la idea, así que maduré con esa aspiración latente, pero sin lograr materializarla. Considero que fue precisamente esa restricción lo que causó que, al surgir la primera posibilidad, estuviera totalmente decidida.
Hábleme de ese primer perro. ¿Quién fue y cómo llegó a su vida?
Se trataba de una dálmata llamada Ishtar. La acogí cuando tenía aproximadamente nueve meses. Era propiedad de un joven que se marchaba a residir al extranjero y su hermana la puso en adopción debido a que no les era posible conservarla. Me acompañó cerca de 15 años, hasta que falleció siendo ya bastante anciana. Representó mi primer contacto auténtico habitando con un can y significó un punto de inflexión total en mi trayectoria vital.

¿Qué aprendió a lo largo de tantos años?
Descubrí diversas lecciones que, ciertamente, cualquier canino te transmite, aunque con Ishtar viví esa experiencia inicial y por ello me marcó profundamente. Comprendí lo que es la lealtad total: esa presencia constante, sin importar las circunstancias. Asimismo la tolerancia: ellos aguardan cualquier gesto tuyo, desde una pequeña ración de alimento hasta tu retorno al hogar tras una jornada muy extensa. Y, por encima de todo, asimilé el afecto sin límites. A ella no le afectaba si mi cabello estaba revuelto, si mi prenda de vestir lucía horrible o si mi estado de ánimo era positivo o negativo. Su cariño permanecía idéntico. Esa estima carente de críticas y requisitos es algo que las personas solemos enredar en exceso frecuentemente.
Pero no fue la única.
De hecho, el segundo fue Junior, un cruce de yorkshire con chihuahua. Un matrimonio tuvo una camada y estaba obsequiando a los cachorros. Al llegar únicamente restaba él, al que llamaban “el feíto”. Resultó fantástico para mí desde el comienzo y nos acompañó durante 13 años. Era sumamente gracioso, se comportaba como un niño; jugábamos a las escondidas, a perseguirnos... Entendía cómo jugar y sabía aguardar el instante oportuno, era un can muy sociable y jovial. Conservo una imagen en mi mente: la jornada en que arribó al hogar. Arribó exhausto, tiritando de frío y tembloroso. Nada más entrar, se colocó frente al calefactor, se acurrucó, empezó a entornar los ojos y, de pronto, se durmió con tal profundidad que se desplomó de costado, cual figura de cerámica de un perro que alguien voltea. Junior me enseñó el entusiasmo por vivir.
No consiste en simplemente entregar perros, sino en forjar vínculos de adopción lógicos que perduren por el resto de sus días.
¿Y qué lugar ocupa Duna en su historia?
Duna era una perra de raza labrador que me acompañó hasta cumplir los ocho años, momento en que falleció a causa de un tumor hepático. Su partida resultó sumamente dolorosa, considerando que todavía era bastante joven. A través de ella comprendí el significado de la pureza. Se comportaba como si fuera un cachorro perpetuo. Conservaba constantemente esa expresión transparente, una actitud juvenil y un gran entusiasmo por divertirse, explorar y emocionarse con los detalles más sencillos. Me hacía ver que es posible mantener la ingenuidad a pesar de que la existencia nos haya propinado ya varios reveses.
Rumba, una podenca portuguesa, constituyó otro ejemplar de gran importancia. ¿Cuál fue el desarrollo de su historia?
Arribó llena de secuelas psicológicas. Sentía un pavor inmenso hacia cualquier cosa. Evitaba el contacto físico, no por ser violenta, sino debido a un terror absoluto. Orinaba involuntariamente si alguien buscaba darle una caricia. Era evidente que había sufrido abusos previos. Los paseos exteriores resultaban traumáticos: se quedaba inmóvil, se aterraba y cualquier estímulo la asustaba. En un inicio resultaba impensable que lograra calmarse en el futuro. Tras el paso del tiempo, Rumba se transformó en la canina más dichosa y animada que existe. Su trayectoria me enseña el valor de la resiliencia.
En la actualidad comparte su hogar con cinco perros. ¿Le importaría describirnos quiénes son y el valor que cada uno posee para usted?
Se encuentra Edi, un bichón maltés, un can alegre y radiante que transmite alegría a quien lo ve. A continuación aparece Rosita, una podenca andaluza. Ella representa la ternura absoluta. Posee una expresión y una manera de aproximarse que resulta conmovedora. Posteriormente hallamos a Lola, otra podenca, esta vez portuguesa, quien me enseñó el significado de la superación. Arribó con gran temor, al igual que Rumba; sentía pavor por cualquier cosa, la gente, los sonidos o el exterior, aunque ha progresado notablemente. Finalmente, la integrante más reciente es Laura, una galga que es puro afecto.
¿En qué consiste exactamente su labor solidaria?
Llevo más de 15 años trabajando de forma directa con un albergue denominado Ciudad Animal, ubicado en una localidad de Ciudad Real. Actúo como hogar temporal para ellos y, asimismo, me encargo de tramitar adopciones en Catalunya en colaboración con otros colegas. Nuestra labor se centra en asegurar que los canes recibidos consigan un hogar de manera formal y consciente. Esto implica remitir formularios a los interesados para entender su perfil, visitar sus viviendas para confirmar que las condiciones son adecuadas y analizar si el animal es compatible con el núcleo familiar: un cachorro con mucha energía requiere algo distinto a un perro de edad avanzada y calmado.
Y, además de todo eso, eres casa de acogida.
Efectivamente. Atiendo bastantes situaciones de individuos que pretenden “ceder” al can por incapacidad o falta de interés en mantenerlo, además de ejemplares localizados en ubicaciones inadecuadas o en estado de abandono. Aplico con ellos el procedimiento clínico completo —esterilización, inoculaciones, identificación electrónica, desparasitaciones, según establece la legislación— y después coordino su integración en un hogar, por lo general mediante el vínculo con las dos asociaciones protectoras con las que coopero directamente. En conclusión, la meta no consiste en distribuir animales, sino en generar vínculos de adopción lógicos que se mantengan para siempre.
¿Qué recibe a cambio de tanto tiempo, trabajo y responsabilidad?
Plenitud. Percibo la calma al reconocer que realizo todo lo que es posible por mi parte. Me genera sosiego comprobar que aquellas criaturas que sufrieron experiencias amargas se encuentran protegidas, sin riesgo de padecer nuevamente bajas temperaturas, carencia de alimento o abusos. Observar a un can que arribó quebrado en su cuerpo o espíritu y, tras un periodo, contemplarlo descansando plácidamente en un sillón, divirtiéndose en una zona verde o entrando con alegría al vehículo de su nuevo hogar, resulta invaluable. Su transformación y el restablecimiento de su seguridad son mi mayor recompensa.
Las plataformas digitales han desempeñado una función relevante; existen aspectos desfavorables, aunque igualmente surgen relatos de salvamento, iniciativas de concienciación, reportes sobre abusos y sugerencias para una acogida consciente…
Durante este periodo aumentan considerablemente las solicitudes de perros “para regalar”. ¿De qué manera experimenta esta tendencia?
Al aproximarse las fiestas de Navidad, suelen aparecer peticiones como: “Quiero regalarle un perro a mi hija por Navidad” o “quiero un perro para mis hijos”. Mi réplica es invariablemente la misma: no facilitamos perros como obsequio. Un detalle material puede no agradar, cansar o ser devuelto, pero un perro no pertenece a ese grupo. Es un ser con vida, necesidades y afectos. Por añadidura, un infante no posee la madurez para hacerse cargo de un animal. Hoy anhela un cachorro, mañana se apasiona por otra novedad y al otro día vuelve a variar de opinión. Si los adultos no actúan como los verdaderos encargados de la mascota, el animal corre peligro. A los seis o siete meses, al comenzar a causar problemas, el perro se vuelve molesto y es en ese punto cuando telefonean para donarlo, entregarlo o, directamente, dejarlo en el centro de recogida.
¿Qué criterios sigue usted para evitar que esas historias se repitan?
No “coloco” un can de forma apresurada para no encontrarlo tiempo después en un refugio o saltando de casa en casa. Somos sumamente estrictos y resulta clave que los animales que otorgo se mantengan ligados a mí durante toda su existencia. Los adoptantes son conscientes de que pueden localizarme y que cuentan con mi ayuda ante cualquier contratiempo. Deseo permanecer próximo porque no considero razonable formalizar una entrega si no puedo supervisar el proceso ni prestar apoyo.
¿De qué manera percibe el vínculo de las juventudes actuales, los de menor edad, con los animales?
Poseen un nivel de sensibilización ligeramente superior. Las plataformas digitales han desempeñado una función relevante; aunque existen aspectos perjudiciales, igualmente se observan relatos de salvamento, iniciativas de concienciación, reportes de crueldad y sugerencias para adoptar con responsabilidad… tales elementos contribuyen a la formación ciudadana, hasta cierto punto. No obstante, cabe la posibilidad de que actualmente dispongamos de mayor conocimiento que antes y que, sencillamente, estemos más al tanto de situaciones de abuso y desamparo. Debido a mi labor cotidiana cuento con un reducido “observatorio”, y mi percepción indica que, si bien se fomenta más la empatía, los casos de abandono no bajan. Por el contrario, los datos que se manejan mencionan aproximadamente 300.000 casos de canes y felinos desamparados anualmente en España, considerando únicamente los registros captados de forma oficial. El panorama real podría resultar todavía más grave.

¿A qué se refiere?
Existe de todo y, en muchas ocasiones, resulta complicado incluso concebirlo si no se está involucrado en este ámbito. He conocido y observado situaciones de canes y felinos tirados a estanques, hoyos, excavaciones, desfiladeros, depósitos de desperdicios, perforaciones… Se dejan ejemplares en rutas alternativas, en pleno entorno natural, amarrados a troncos en parajes por donde apenas transita nadie. Y no me refiero a relatos distantes, sino a hechos que ocurren en nuestro entorno. Y, por infortunio, gran parte de ellos son desamparados con vida. No se trata únicamente de un “me lo quito de encima y ya está”, ya que existen episodios de verdadera crueldad.
¿Podría compartir algún caso reciente que le haya impactado especialmente?
Efectivamente, hace muy poco, un colaborador de rescate con el que cooperamos localizó en mitad del monte a una hembra de dogo argentino junto a su cría. La progenitora se encontraba totalmente aterrorizada y resultó necesario emplear una jaula de captura para lograr que accediera. Junto a ella, sobre la tierra, yacía el pequeño sin vida. El animalito presentaba heridas de arma blanca y estaba desollado, pues le habían arrancado el cuero. Resulta difícil incluso pronunciar tales palabras. No me refiero a un percance fortuito, sino a una maldad deliberada. Al tratar de introducir a la perra en el trasportín para llevarla a un hogar temporal, ella se resistía a ingresar. Se negaba a alejarse de los restos de su hijo. Se vieron obligados a colocar primero al cachorro en el interior del trasportín.
Se procedió a realizar una necropsia al cachorro buscando detectar algún rastro o evidencia que guiara hacia el autor. Pese a ello, tristemente, en estos escenarios no suelen darse castigos legales de peso. La madre, por suerte, se halla ahora protegida en una casa de acogida, pero la visión de la perra junto a su cría desollada es una imagen difícil de borrar.
A menos que existiera una causa de fuerza mayor, algún obstáculo que me lo imposibilitara corporalmente o por cuestiones médicas, no me veo cesando en mi apoyo a los animales.
Al enterarse o ser testigo de hechos similares, ¿qué opina sobre los individuos que perpetran tales acciones?
Considero que estamos ante un caso de sadismo, claramente. De ensañamiento puro. Un sujeto “normal” no lleva a cabo estas conductas. No es un simple fallo ni una mala elección esporádica, es algo mucho más arraigado. En mi opinión es evidente: el que es capaz de atormentar a una criatura indefensa, como un can o una cría, se halla a un paso de actuar así con un humano vulnerable: un bebé, un anciano o alguien desamparado. Frecuentemente no se atreven con personas al inicio, debido a que comprenden que las sanciones serían mayores, y “empiezan” con los animales.
¿Considera que la normativa vigente, en su estado actual, resulta adecuada para salvaguardar a los animales?
Honestamente, no. Y este es uno de los puntos que mayor descontento me provoca. Ha representado una mejora en ciertos ámbitos, ciertamente, aunque posee vacíos considerables. Una de las fallas más difíciles de entender es dejar fuera a los canes de caza. Carece de lógica que, simplemente por ser ejemplares destinados a la cacería, se les prive del amparo que sí se otorga a los demás. Constituyen igualmente individuos con sensibilidad, con capacidad de padecer, de experimentar temor y de percibir el daño físico. Parece como si se aceptara que existen animales “de primera” y “de segunda” dependiendo de la utilidad que les asignamos, y esa es una idea que no logro comprender. Por lo común, la percepción es que los castigos por crueldad animal continúan siendo bastante leves y que numerosos incidentes terminan sin sanción.
A pesar de lo que observa, ¿se define como alguien positivo sobre el porvenir de los animales y el vínculo que la comunidad mantiene con ellos?
Me considero alguien optimista que suele buscar el aspecto favorable de las situaciones y tener fe, no obstante, en este asunto particular, me resulta difícil. Por una parte, percibo a más individuos sensibilizados, a una juventud que comprende que un can no constituye un objeto o a más núcleos familiares que asumen con responsabilidad el proceso de adoptar. Sin embargo, por otra parte, observo que las estadísticas de desamparo animal no disminuyen y, en ciertas ocasiones, hasta se incrementan. Noto la ratificación de normativas que excluyen a seres tan indefensos como los perros de caza. Por lo tanto, opino que existen ligeros progresos en cuanto a concienciación, aunque no logro percibir una evolución nítida en la raíz de la cuestión. Desearía que fuera así, pero actualmente no es esa mi percepción.
Pese a dicho escenario, usted continúa destinando tiempo, vitalidad y medios a esta labor. ¿Se visualiza abandonando esta tarea en el futuro?
No. A menos que surgiera un imprevisto insuperable, algo que me lo imposibilitara físicamente o por cuestiones de salud, no concibo dejar de brindar apoyo a los animales. Es probable que con el paso del tiempo varíen mis energías, mi disponibilidad o mi manera de cooperar, pero de un modo u otro, mientras me sea posible, continuaré presente. Para mí ya no representa un “hobby” ni una etapa, es una manera de habitar el mundo.
¿Qué advertencia directa les daría a aquellos que consideran sumar un perro a su hogar, particularmente en vísperas de la Navidad?
Eviten considerarlo un simple obsequio o un antojo pasajero. Un canino no representa un paquete bajo el pino, ni constituye un asombro de “a ver si le gusta”. Se trata de una responsabilidad vital que requiere dedicación, recursos, tolerancia y compañía constante. Les sugeriría que, previo a decidirse, reflexionen sobre sus rutinas, sus periodos de descanso y su capacidad para cuidarlo tanto en su etapa de cachorro travieso como en su vejez, cuando requiera tratamientos y atenciones especiales. Es fundamental dialogar en el hogar, observarse mutuamente y cuestionarse: “¿Estamos todos dispuestos a asumir esto?”. Y, primordialmente, que comprendan que un animal tiene sentimientos, experimenta dolor y desarrolla vínculos afectivos.


