Cuando el líder norcoreano Kim Jong Un hizo un discurso en el que amenazaba al mundo avisando que había completado sus fuerzas nucleares y tenía un botón rojo para activarlas en su escritorio, Donald Trump amenazó con un tuit de largo alcance (como su armamento atómico) en el que decía: “Yo también tengo un botón nuclear más grande y poderoso”. Es un disparate presumir de disponer de un botón rojo para desencadenar el fin del mundo.
Lo primero que hay que decir es que “el botón rojo” es solo una metáfora: no existe, ni nunca existió. Accionar un ataque de estas características implicaría a más personas que podrían frenarlo, como mínimo en Estados Unidos. En plena guerra fría se empezó a hablar del botón rojo en un cara a cara entre el presidente Johnson y su contrincante, Goldwater. Pero The New York Times descubrió que no existía como tal y que la imagen podía haberse inspirado en el botón del pánico de los bombarderos para saltar del avión.
La metáfora es común en la política. Carles Puigdemont fue entrevistado en TV3 como jefe de la oposición, aunque él niega este título. Pero más allá de esta contradicción, anunció una proposición para debatir una moción de confianza a Pedro Sánchez, porque, a su juicio, no ha cumplido sus acuerdos de investidura. Ahora ha ido más allá y ha dicho que si le tumban esta propuesta, que se atengan a las consecuencias. Es la fascinación del botón rojo.
Puigdemont se ha puesto presión a sí mismo al amenazar al PSOE con su moción
El independentismo catalán (ERC y Junts) tiene una gran oportunidad de conseguir que el autogobierno catalán dé un salto adelante, con cuestiones tan importantes como la financiación. Seguramente, Puigdemont gesticula más de lo necesario porque quiere aparecer como el hombre de la llave. Pero, por mucho que flirtee con el PP, sabe que, hoy por hoy, no cabe un plan B con la derecha española. El Gobierno no se desespera con “las cosas de Puigdemont”, pero está dolorosamente harto de que Junts le pase facturas y a continuación despliegue una retórica catastrofista. Como Trump, Sánchez tiene un botón más grande. Lo lógico sería no hacerse daño, pero en Waterloo hay mucha niebla y la realidad no siempre se ve diáfana.

