Aprender a pensar

Aprender a pensar
Gemma Lienas

En su libro Leer contra la nada, Antonio Basanta cuenta cómo en una exposición londinense sobre el cerebro descubrió que leer es la actividad cognitiva que pone en funcionamiento un mayor número de áreas cerebrales.

Món Llibre plaza dels Angels. Niños leyendo

 

César Rangel

Basanta describe una reproducción a gran tamaño del cerebro humano, con una serie de focos preparados para iluminar cada una de las distintas zonas en función de la actividad elegida. Se podía seleccionar una actividad básica, como ver televisión, pulsar el botón correspondiente y observar que, de las cincuenta y nueve zonas consideradas por la muestra esenciales para el desarrollo de la inteligencia, solo se activaban cinco. Así, se iba pasando por tareas de complejidad creciente, hasta llegar, por ejemplo, a escuchar música, que iluminaba cuarenta y dos zonas. No obstante, la única acción cognitiva que conseguía alumbrarlas todas era la lectura de textos literarios.

Si se pudo realizar tal exposición fue porque, antes, las neurociencias ya habían demostrado que leer implica un número considerable de procesos cognitivos y sus correspondientes zonas cerebrales. Por ejemplo, decodificar letras, palabras y frases activa grandes áreas
de la corteza cerebral; reconocer el sig­nificado de las palabras impulsa las cortezas­ occipital y temporal… Y así, podríamos­ ir desgranando ubicaciones hasta llegar a las cincuenta y nueve previstas en la sala de Londres.

Cuantos más libros leídos, más listos nuestros y nuestras adolescentes, tanto ellos como ellas

Del mismo modo, podríamos ir enumerando esos procesos cognitivos, mejorados y reforzados por la acción de leer: la percepción, la memoria y el razonamiento. Mediante la percepción, usted, por ejemplo, tiene que ser capaz de transformar símbolos gráficos (letras y palabras) en significados. La memoria le servirá, entre otras cosas, para conectar ideas en el texto: si en el primer capítulo se ha descrito un tipo con sombrero y cincuenta páginas más adelante uno de los posibles sospechosos lleva sombrero, usted debe poder recordarlo y establecer deducciones. El razonamiento le resultará esencial para interpretar, analizar y comprender el texto, desde cuestiones tan básicas como descifrar una me­táfora (“su vida es una montaña rusa” no tiene un sentido literal, obviamente) hasta conectar lo que está aprendiendo con lo que ya sabía pre­­­-
via­mente.

El neurocientífico Michel Desmurget, en su libro Más libros y menos pantallas, cuyo elocuente subtítulo es Cómo acabar con los cretinos digitales, llega a señalar que la variabilidad del coeficiente intelectual verbal entre los 14 y los 18 años depende del rendimiento en lectura: cuantos más libros leídos, más listos nuestros y nuestras adolescentes. Sí, tanto ellos como ellas, porque esa supuesta mayor facilidad verbal que se imputaba a las chicas dice la neurocientífica Gina Rippon que no es tal puesto que no hay diferencias entre un cerebro masculino y uno femenino. Aunque me atrevería a añadir que lo que facilita mayor capacidad lectora en ellas son los estereotipos de género: si te ponen trabas para descubrir el mundo real, acabas sumergiéndote en las páginas de la ficción.

Volviendo al libro de Desmurget, este dice –y con ello resume los cuatro primeros párrafos de este artículo–: “La lectura parece ser un terreno no solo propicio, sino también insustituible, a la hora de construir el lenguaje, los conocimientos generales y, en último término, el pensamiento”. Es decir, mediante la lectura aprendemos a pensar.

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En cualquier caso, aprovechen sus regalos de esta época para comprar libros a su prole. Ayudarles a construir su biblioteca personal y a sentir amor por la lectura es enseñarles a pensar.

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