Opinión

Matar el tiempo

El río es la clásica metáfora de la vida. Primero, débil como un niño, aunque vibrante y alegre. Musculoso y ágil como un joven impetuoso. Recogiendo aguas de afluentes diversos, se ensancha en la madurez y rinde a destajo: se estanca en pantanos o se deja drenar por canales de riego. Finalmente, se acomoda y, entretenido en perezosos meandros, se acerca a la desembocadura, que es la muerte, como decía el poeta Manrique. De un par de generaciones antes es otro poeta, que escribía en un catalán aprovenzado, Pere March, padre de Ausiàs, que asociaba cada instante vivido a la proximidad de la muerte. No fue el primero en recordar que cada paso dado es un paso mortal, pero lo expresó con gran crudeza (traduzco): “Al punto que uno nace, empieza a morir, muriendo crece y, creciendo, no hace más que morir...”. El meditabundo Marco Aurelio identificaba el tiempo con la vida: “El tiempo –escribió– es como un río hecho de los acontecimientos que suceden, una corriente violenta porque, tan pronto como algo se ha visto, se lo lleva, y otro viene en su lugar, y a este también se lo llevará”.

Antes, a final de año, era costumbre volver la cabeza hacia el pasado para evaluarlo. Ahora, los medios publican largas listas de los hechos más estridentes, impactantes, curiosos o fatales del año. Pero tales listas no fomentan la reflexión sino la acumulación. Si es tan difícil analizar y entender lo que ocurre es, precisamente, porque la violencia con la que el tiempo actual se lleva por delante todo lo que acaba de acontecer es bastante más intensa y tumultuosa que en los años del emperador Marco Aurelio. El tiempo es ahora una corriente estrepitosa, grandilocuente, que deja un rastro constante de lava y semen. La obsesión por vivir experiencias sensuales (el rastro de semen) coexiste con la furibunda, colérica, frenética explosión de hechos que generan lava: cambios incontrolables (y no me refiero sólo a la IA) que desbordan nuestra capacidad de extraer alguna lógica, algún sentido, algún aprendizaje de lo que nos está pasando. Si Marco Aurelio entendía el tiempo como un río que todo lo arrastra, nuestro tiempo es un río desbordado que sólo esparce vértigo y desconcierto.

El tiempo es ahora una corriente estrepitosa que deja un rastro constante de lava y semen

El tiempo es precioso, decían los clásicos. ¡Ahórralo! ¡No lo despilfarres! El tiempo filtraba, educaba, ayudaba a progresar. Era el mejor maestro y el mejor psicólogo (si en un momento de ira dejabas que te guiara, te serenaba). El tiempo es el gran escultor, decía la gran Yourcenar, y, en efecto, el paso del tiempo ayudaba a borrar rostros exitosos que no merecían relieve y rescataba las facciones de quienes eran verdaderamente dignos de reconocimiento. El tiempo es oro, se decía en la época productiva: con el tiempo, una hoja de morera se convertirá en seda. Hay un tiempo para cada cosa, había proclamado miles de años atrás el Eclesiastés bíblico.

Pero durante el siglo XX, y muy especialmente durante el XXI, el tiempo no ha hecho más que acelerarse. Sometidos a la esclavitud del teléfono, pasamos sin cesar el dedo por la pantalla y, una tras otra, las imágenes de todo tipo (sangre, destrucción, odios políticos, juegos, sexo virtual, banalidades, chorradas) nos ocupan el cerebro no para enseñarnos nada, tampoco para distraernos, ni tan siquiera para adoctrinarnos ideológicamente, sino, simplemente, para favorecer nuestra conversión en máquinas de matar el tiempo. Esto es lo que nos está ocurriendo: que hemos dejado de hacer cualquier cosa que no sea matar literalmente el tiempo.

 
 José María Alguersuari / archivo

El 2025 se va dejando, tumultuosamente, tan sólo basura informativa sin sentido ni orden. Abrumados por todo lo que pasa y paralizados por hipnóticas pantallas, no sabemos ni dónde estamos, ni qué hacer, ni qué pensar (quienes creen saberlo es porque han quedado atrapados en una de las burbujas ideológicas). 

Necesitamos ganar tiempo, dejar de matarlo. Tenemos que reconquistar la esperanza en una medida humana del tiempo. Y esto sólo es posible de una manera: desconectando los aparatos. Volver a leer libros exigentes, volver a conversar a fondo. Volver a fijar la atención, volver a contemplar. Construir una cabaña impermeable a los algoritmos. Parece una propuesta modesta, pero, si lo consiguiéramos, sería la revolución. ¡Feliz 2026, a pesar de todo!

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