
Adamuz y eso de que la vida sigue
En la hora de la tragedia de Adamuz, mi preocupación era pillar un hueco en el bar con pantalla gigante en el sur de Gran Canaria para ver el Real Sociedad-Barça. Y la de una familia marroquí que se expresaba en castellano era ver la final Marruecos-Senegal, en una segunda pantalla. Perdieron y en Rabat, de modo que los niños terminaron abatidos y con el patriotismo por los suelos. Los chascos del fútbol para los niños son de lo más pedagógico que existe.

Al terminar el fútbol, la radio del coche transmitía consternación. Juanma Castaño se excusaba por hablar de largueros, goles y mala suerte (la del Barça). Yo tampoco me sentía bien, el ánimo destemplado, pero cené una hamburguesa, doble o triple, debido a un anuncio prometedor que siempre defrauda (de jugosa, nada).
Cuando el choque de trenes, mi preocupación era pillar buen sitio en un bar para ver el Barça
Volví al coche y la radio informaba de la desolación con apostillas inevitables: ¿quién no ha viajado en AVE? ¡Cualquiera de nosotros podía haber muerto en Adamuz! Pero ninguno de nosotros viajaba en los dos convoyes, de modo que sentíamos alivio –eso me pareció–, aunque sentir alivio tampoco parecía cristiano.
Las emisoras remarcaban que equipos de psicólogos se dirigían a Adamuz, junto a los forenses, un dato llamado a consolar aunque no sé yo si en esos momentos estaría para charlas. Muchas autoridades expresaban sus condolencias en las redes y eso me hizo sentir mal: no tengo redes ni autoridad. Nadie atinaba a dar las causas, pero pinta que no habrá broncas, aunque en España nunca se sabe.
¿Debía renunciar a dar un garbeo nocturno y tomar una copa? La vida es la alternativa de la muerte, de modo que aparqué frente a un centro mitad recreativo, mitad comercial, donde debajo de un minigolf había bares de cruising (Maspalomas es una meca gay) y restaurantes indios. Atraído por la música de un local a pie de calle, pillé un taburete, lejos del escenario porque estas cosas se huelen: la artista travestida, inglesa, embutida en lentejuelas que se veían en Marte, pidió voluntarios para enseñar su marca de calzoncillos. Los ingleses son así. Y nosotros también. La vida siempre sigue aunque a ratos sea chusca.

