Opinión

La gotera

Transcurrieron dos décadas desde que adquirí mi vivienda en Barcelona y no pasó mucho tiempo antes de saber de las filtraciones en el aseo de mi vecino de planta, Jose, a quien ya mencioné en un texto previo. En un par de ocasiones, dichas humedades ensuciaron mi parte del muro que divide nuestros domicilios. Por varios ejercicios, incluso alcanzaron a dos hogares localizados bajo el suyo.

 
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Residimos en una finca del siglo XIX en el Raval, la cual no se encuentra en absoluto descuidada. Es de los pocos edificios de nuestro entorno con ascensor y los dueños destinamos fondos a mejoras continuamente. Fuimos pioneros al tramitar la ITE (inspección técnica de edificio) y al montar cámaras de vigilancia en el portal cuando se iniciaron los incidentes de ocupación. Al clausurarse la imprenta de la planta inferior, aseguramos la base de vigas y pilares de la edificación. Hace cerca de dos años, reformamos el vestíbulo… Sin embargo, la gotera todavía sigue ahí.

Jose y yo habitamos en el último piso del inmueble, en las viviendas con salida directa a las azoteas, por lo cual la filtración no se origina en un nivel superior, sino en la techumbre. Asimismo, resulta imposible identificar el trayecto que realiza el agua desde el pavimento del terrado hasta su techo.

Pese a las obras realizadas en el edificio, las filtraciones en el aseo de mi vecino Jose persisten.

Exceptuando los tiempos de aridez, es poco frecuente el año en que no se haya requerido a un profesional para subsanar la filtración. Se ha alzado el pavimento de su terraza, se han renovado y desplazado hacia afuera los conductos de evacuación, se han seccionado y clausurado viejas chimeneas en desuso, han acudido muchísimas veces a inspeccionar mi tejado y los enlaces entre los diversos drenajes, y se ha agrandado el techado del patio de luces ante la posibilidad de que el líquido ingresara por los flancos. Intervenciones verticales, horizontales y transversales… No obstante, la gotera persiste.

He perdido la cuenta de las ocasiones en las que he ingresado al aseo de Jose y he hallado agua filtrándose por los tabiques o el techo, con el suelo o la superficie del mueble repletos de cubos. Tampoco recuerdo cuántas veces le han destrozado el pladur superior para tratar de descubrir el origen de la gotera.

El pasado sábado, le remití a Jose una imagen de las manchas de pintura negra en el suelo rojizo de mi azotea que originaron los técnicos que vinieron la semana anterior. “¿Volverán? –decía el mensaje–. Porque les ha dado por dejarme el terrado a topos, pero este tipo de arte no me gusta”.

Jose, alguien que habitualmente mantiene un ánimo positivo y que, dada su condición de artista, posee la facultad de ignorar los contratiempos del día a día, perdió la paciencia: “A mí el arte que no me gusta es este”, replicó enviando una imagen de su pila, nuevamente repleta de baldes. Estaba en lo cierto. Frente a tales circunstancias no hay lugar para la ligereza ni el sarcasmo. De lo contrario, consulten a los viajeros de Rodalies.

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