
¿Quién puede arreglar esto?
Desde hace un tiempo se multiplican las explicaciones sobre el auge de la extrema derecha como una reacción lógica al descontento social por las deficiencias de la Administración y las complicaciones que provocan el problema de la vivienda o la subida de los precios. El desbarajuste de Rodalies en Catalunya constituye el ejemplo idóneo de la frustración que se infunde en los ciudadanos que llevan mucho tiempo sufriendo un mal servicio, quienes se consideran defraudados por las agrupaciones que han ostentado el poder últimamente, el PSOE y el PP. Sobran los motivos para este enojo, particularmente si se examina la escasez de presupuesto y el fraude posterior en la realización de los trabajos. La cuestión clave que cabe plantearse, por encima de la indignación histórica ante tales perjuicios, es si las formaciones de ultraderecha, la extrema izquierda o el independentismo cuentan con la aptitud para gestionar mejor que los habituales socialistas y populares. El autor de este texto lo cuestiona.
Durante las décadas de democracia en Catalunya, las gestiones de CiU y, a pesar de los reproches que afrontaron en su momento, también las del tripartito impulsaron medidas que globalmente significaron un progreso y un refuerzo del autogobierno catalán. Resulta complicado sostener lo mismo respecto a la fase secesionista, en la que Junts y ERC se centraron más en procurar instaurar el procés que en dirigir la autonomía, motivo por el cual hoy gozan de escasa fiabilidad al criticar al actual Ejecutivo por sus fallos de administración.

La crisis de Rodalies, junto a diversas situaciones, afectó la moral de numerosos ciudadanos en Cataluña que se percibieron burlados y desatendidos por el Ejecutivo central, optando por el movimiento soberanista como una salida desesperada. Tras confirmarse el revés, retorna de la mano de Salvador Illa la estrategia del diálogo, previamente ensayada por Jordi Pujol, Pasqual Maragall, José Montilla o Artur Mas, buscando alcanzar consensos específicos con el Estado para solventar los asuntos estancados. No obstante, permanecemos en el mismo punto de partida. Miren el ruido que ha generado el nuevo modelo de financiación. La población catalana terminará viéndose obligada a disculparse por su propia identidad. Las cuestiones por solventar resultarán sumamente complejas de abordar, sin embargo, canalizar el comprensible descontento hacia agrupaciones radicales no se perfila como la solución idónea para subsanar los desajustes existentes.
