Opinión

Emergencia catalana

Daba la impresión de que, al concluir el procés, Catalunya había llegado al límite. Manifiesto dramático, entrega, litigio, condena punitiva y listones amarillos. Sin embargo, restaba consumir el cáliz del infortunio. La exasperante problemática ferroviaria, el hundimiento total de Rodalies ha surgido con Salvador Illa al frente, quien, de hecho, sugirió a los catalanes una sola meta: rescatar el empleo, nuestro principio más convencional. La infraestructura de vías ha colapsado. Nos enfrentamos a un suceso tristemente auténtico que, a la vez, funciona como alegoría del desmoronamiento de un concepto específico de Catalunya.

Representan un largo periodo de negligencia por parte de Adif y Renfe. Han transcurrido numerosas etapas sin que se respetaran los compromisos de financiación de las administraciones estatales: Zapatero, Rajoy y asimismo Sánchez (si bien las faltas de este último resultan notablemente inferiores). Han sido décadas de apatía de los ejecutivos de Cataluña, quienes, en lugar de efectuar una supervisión detallada de la situación ferroviaria, únicamente mostraban indignación ante la aparición de un colapso de gran magnitud.

  
  Jordi Pujolar / ACN

Han transcurrido décadas de desinterés por parte de la clase política respecto a los millones de catalanes que dependen de Rodalies para sus desplazamientos laborales diarios. Ese descuido choca con la atención dedicada al AVE y la obsesión por la monumental estación de la Sagrera, cuya magnitud perjudica a los servicios ferroviarios más sencillos: cercanías y media distancia. Resulta evidente que el plan del AVE obedecía a una visión elitista, la cual ha contado con el respaldo de las izquierdas.

Llevamos décadas de modificaciones estructurales en el ámbito habitacional, desplazando a las personas con menos recursos a gran distancia de la urbe donde laboran o se forman. Han transcurrido numerosos ejercicios de inmensa alteración demográfica (dos millones de nuevos catalanes). Tras todo este tiempo sin abordar con rigor los desafíos de alojamiento, demografía y transporte, la red de Rodalies se desmorona perjudicando a millones de usuarios, que se sienten menospreciados y agraviados. Los terraplenes se derrumban, las columnas corren riesgo, los convoyes se detienen, el oleaje alcanza los raíles, mientras las autovías se fracturan y se colapsan. El transporte metropolitano evidencia una tensión preocupante. Desgaste de infraestructuras. Desgaste de nación. Las sensaciones que prevalecen en la Catalunya de hoy son el agotamiento, la frustración, la parálisis y, primordialmente, el recelo.

Aguardar el tropiezo ajeno no tiene lógica cuando el descalabro ya ha sido universal.

Anhelábamos con ganas una temporada invernal tradicional, marcada por las bajas temperaturas, las precipitaciones y las nevadas. No obstante, al presentarse las lluvias con intensidad, las instalaciones básicas han colapsado. El caudal hídrico ha dejado al descubierto el agotamiento de las estructuras nacionales. Resulta probablemente inmerecido que la administración que mayor empeño y voluntad dedicaba a solucionar dichos conflictos se vea señalada actualmente como la culpable. Es posiblemente arbitrario que aquellas formaciones que ignoraron las redes de transporte urbano reclamen hoy cuentas políticas y renuncias. Es ciertamente desproporcionado que muestren tal atrevimiento al criticar y demandar los mismos grupos que obstaculizaron los fondos para rehabilitar el complejo sistema de Rodalies. Es una injusticia, aunque sea la realidad. El PSC sufrirá un fuerte impacto en las urnas debido al caos de Rodalies. Además, la lamentable dolencia de Salvador Illa, de la cual deseamos su pronta mejoría, al ser inusual y haber surgido de manera tan imprevista, ha fomentado las teorías de los difamadores malintencionados, tan abundantes en estos tiempos de posverdad.

Bajo ese escenario, se percibe el entusiasmo de bastantes independentistas. Festejan que la crisis de Rodalies se haya manifestado durante el mandato del presidente Illa. Tal sentimiento resulta comprensible. Posiblemente creen que recobrarán la notoriedad que habían cedido. No perciben que solamente las agrupaciones de la derecha trumpista captarán el apoyo derivado del descontento, la desorientación y el desmoronamiento.

La crisis catalana demanda una acción coordinada y grandes acuerdos de Estado. Quien se alegre por las dificultades del adversario yerra, pues aguardar el descalabro ajeno no tiene lógica cuando el fracaso ya es colectivo. Los planteamientos de partido no lograrán solucionar nuestros conflictos. El idioma, las infraestructuras y el desarrollo económico son pilares básicos para el futuro de Catalunya. Si no comprendemos que la cohesión (desde un consenso mínimo) resulta fundamental para proteger al territorio, es que hemos optado por su extinción.