
De cara al público, ay...
Hace unas noches, fui a parar a un antro donde diversos clientes, un tanto alterados —las verdades por delante—, parecían haberse puesto de acuerdo para narrarme sus existencias, haciendo hincapié en sus penas. Un progenitor inexistente, la urgencia por hallar vivienda llegando desde Lleida, el aumento del coste de los placeres y temas parecidos. Es la parte positiva de compartir tabaco con quien no tiene: el personal acaba tomándote afecto...

La oscuridad nocturna actúa como un confesionario civil donde a veces conoces a una estilista de Albacete y, en otras, a un demandante de trabajo en el mundo del arte. Uno acaba oyendo historias que no le incumben aunque resulten apropiadas: hay demasiadas personas sin rumbo.
Durante la jornada, solemos ser menos flexibles y últimamente me planteo: ¿estará quedando en el pasado el concepto de los puestos “de cara al público” y sus requerimientos?
Se nos está olvidando que desempeñar labores frente a los usuarios sugiere evitar transmitirles negatividad.
En las vacantes laborales por palabras del siglo XX, diversos avisos subrayaban lo de “cara al público”, pidiendo el requerimiento de la “buena presencia”, indudablemente sexista e inconstitucional (comento yo para lucir bien). Apartemos la cuestión de la buena imagen pues quizás la mía no destaque y, encima, ¿qué implica eso hoy día, cuando clasificar se ve mal y ningún factor externo lo invalida?
El inconveniente de aquellos que laboran en “de cara al público” –término que considero actual y políticamente adecuado– es que en ocasiones ignoran a la audiencia, víctima forzada de la tendencia de socializar las dificultades individuales.
Debido a que es tendencia consumir alimentos y bebidas en taburetes –tras un ascenso considerable y con las piernas suspendidas–, o realizar compras libremente en áreas despejadas, el denominado “público” percibe muy a su pesar las observaciones en voz alta de los trabajadores.
–¡Qué bello es vivir!
–¡Y qué gran equipo formamos!
No abandono la idea de cenar con Laura Dern ni de percibir tales observaciones en alguna ocasión. Jamás se tiene certeza. Actualmente, corresponde presenciar trueques de quejas sin propósitos maritales, censuras hacia el directivo, enfados por la desidia de cierto colega y protestas por casi cualquier motivo, llegando a dar la impresión de que el usuario resulta innecesario.
No pretendo el dentífrico have a nice day!, me basta con el futbolístico “estas cosas se quedan en el vestuario”. O para los antros.

