Opinión

Por qué no opino que las redes sociales constituyan el problema auténtico de nuestros hijos

A propósito de todo

Es probable que lo escrito hoy cause molestia. Soy consciente. Acepto los cuestionamientos y la oposición. Es justamente por esa razón que lo redacto. 

Espero que esto fomente el diálogo. Las opiniones siempre resultan ser lo más interesante.

No considero que el empleo de plataformas sociales por parte de menores de 16 años constituya el inconveniente principal.

Soy consciente de que esta postura no es muy aceptada. Habrá quienes interrumpan su lectura ahora mismo para manifestar su rechazo. No obstante, mi presentimiento —respaldado por los años— me sugiere que observamos lo más simple y no el punto de verdadero conflicto.

Hace tiempo escribí que numerosos chicos descubren más protección que perjuicio en el celular. Las críticas fueron tajantes. Lo comprendo. Hay familias exhaustas y superadas, con el sentimiento continuo de haber extraviado el mando. En tal escenario, una medida como vetar las redes sociales se antoja una salida evidente para un dilema que se percibe como inmanejable en el ámbito doméstico.

Sin embargo, resulta oportuno diferenciar dos niveles que actualmente se confunden: la utilización de dispositivos móviles por los adolescentes y el dominio de las grandes compañías digitales. No representan lo mismo.

Cada época ha contado con su propio adversario, ya sean las historietas, la música rock o el ocio digital. Durante mi juventud, en Estados Unidos se afirmaba que oír a Marilyn Manson o jugar en exceso te aproximaba a ser un criminal. Aquello representaba una alarma social, un miedo a la novedad y un pavor ante la realidad que surge sin solicitar autorización.

No obstante, las dificultades estructurales conservan las mismas denominaciones desde hace años: pobreza, marginación, tensión familiar, angustia, depresión. Un modelo social cada vez más inestable que desgasta la ilusión y arrastra a muchos hacia hábitos de dependencia. Pues, aunque se insista en que las plataformas digitales provocan depresión, no hay hasta ahora ningún estudio concluyente que evidencie un vínculo causal inmediato. Se observa una vinculación en ciertos sectores, es cierto, pero no una causalidad confirmada. Incluso estudios modernos determinan que el empleo de entornos virtuales repercute mínimamente en el bienestar psicológico de los jóvenes.

Quien busca refugio en un móvil ya se sentía solo antes.

Resulta más sencillo responsabilizar a lo evidente —el monitor, la aplicación, el aparato— que examinar los procesos financieros y sentimentales que transforman nuestra comunidad en un entorno agotado, crispado y carente de futuro. Suponer que desconectar TikTok solucionará aquello equivale a imaginar que vociferar en medio de un fuego logra extinguirlo.

En las plataformas digitales se encuentra de todo: lo más excelente y lo más perjudicial. Para bastantes jóvenes funcionan igualmente como sitios para entablar contacto con quienes los comprenden, donde percibirse valorados y generar comunidad. No se trata de edenes. No obstante, tampoco suponen la raíz de los problemas. La realidad cotidiana tampoco lo es.

La verdadera seguridad de un menor no proviene de evitar los dispositivos, sino del acompañamiento de los mayores. Mayor afecto. Mayor dedicación. Mayor atención. Mayor comprensión. Mayor sentido analítico en su entorno. Tales elementos son los que fomentan la capacidad de superación. El teléfono inteligente no provoca la soledad, simplemente la ocupa cuando no hay nadie presente.

Es posible pensar que restringiendo las plataformas digitales se esfumarán las disparidades, el encarecimiento excesivo de la vivienda o la ansiedad con la que conviven sus progenitores. No ocurrirá de ese modo.

Una cuestión aparte es la influencia que concentran los tecno-oligarcas. Se trata de una deliberación profunda, difícil e imprescindible. No obstante, hay que evitar confundir los conceptos. Normar los esquemas comerciales no equivale a señalar a la juventud como el origen del conflicto. Asimismo, vetar aplicaciones por simple desagrado nos aproxima más a la fiscalización que a la protección.

A los hijos no se les protege apagando pantallas.

Se les ampara permaneciendo. Y para poder estar, las circunstancias vitales de sus progenitores tienen que ser decorosas.

Apagarles el móvil no los protege del mundo, solo los desconecta del suyo.

Quien busca refugio en un móvil ya se sentía solo antes.
Quien busca refugio en un móvil ya se sentía solo antes.Pau R.Urquidi
Pau Francesc Rodriguez Urquidi

Pau Francesc Rodriguez Urquidi

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