Opinión

Tomar un café

Era sabido que la clausura de industrias afectaba a los comicios, pero se observa que el fin de las cafeterías también genera consecuencias. Una investigación de la Universidad de Zurich ha evidenciado el nexo entre la extinción, en Francia, de los bar-tabac (que sirven de bar, punto de prensa, estanco… y son, en bastantes municipios, el espacio de encuentro social fundamental) y el apoyo a la extrema derecha. Al perder la ocasión de debatir con vecinos de forma presencial, la política se transforma “en un cara a cara entre el indi­viduo aislado y los grandes relatos mediáticos, en el que los discursos que ofrecen respuestas simples siempre ganan”, comenta el académico (Le Monde, 2/II/2026).

 
 Kiran Ridley / Getty Images

Esta reflexión surge a raíz del más reciente suceso relacionado con la cultura de la cancelación. Aludo al rechazo de David Uclés a formar parte de un encuentro denominado “La guerra que todos perdimos”, argumentando, entre diversos motivos, que en dicha cita intervendrían José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros. Una actitud comparable a evitar una cafetería simplemente por no coincidir con un residente cuyas opiniones nos resultan desagradables.

Bajo la excusa del cordón sanitario, estamos cesando de deliberar.

La norma de “no debate” empleada por Uclés se propaga, lamentablemente, de forma creciente. Bajo la excusa de establecer barreras ideológicas, de no otorgar valor al considerar seriamente planteamientos inadmisibles o de evitar promocionar al adversario… estamos abandonando el debate. Se trata de una actitud sencilla que consolida a quien la asume en su supuesta rectitud ética y le evita la tarea de analizar los razonamientos opuestos (así como el peligro de no lograr refutarlos). No obstante, el resultado es que los puntos de vista, aislados en sus propios entornos, se radicalizan progresivamente, permitiendo que las facciones más intransigentes obtengan el apoyo electoral.

Justamente he evitado adoptar esa actitud contraria al diálogo respecto al complejo asunto de las acusaciones ficticias en la violencia machista. En lugar de ignorar la obra de Soto Ivars acerca de esta cuestión, procedí a su lectura y análisis en este espacio (“Denuncias falsas”, 30/I/2026). El escritor reaccionó sugiriéndome un intercambio de ideas. Accedí con el requisito de realizarlo de forma redactada, creyendo que un encuentro presencial derivaría, aun sin pretenderlo, en una lucha verbal animada por seguidores apasionados… No obstante, ese simple diálogo, sumamente cordial, mantenido con él en X, me supuso (ignoro si a él igual) una cantidad tan grande de ofensas que he optado por considerar el asunto concluido.

Esa entrega me ha provocado una sensación bastante amarga. Da la impresión de que conversar se está volviendo algo inviable. Por lo menos ante la mirada de todos. ¿Y tras las cámaras…? ¿Por qué no darle una oportunidad? Recientemente he propuesto a Soto Ivars compartir un café. Y él ha accedido.

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