
Esa muestra de afecto que no pude brindarle a Carlos Hernández.
CONFUSIÓN VITAL
Llevamos décadas creyendo que Catalunya acaparaba fondos públicos masivos para sus obras, pero el resto de España acaba de notar que no es así, sino que disponemos de unos trenes de cercanías de juguete. La conexión Barcelona-València (todo un fenómeno quien le puso Euromed) es una auténtica antigualla. Y la autopista AP-7 cuenta con un cuidado tan escaso como el organismo de un consumidor de fentanilo.
Los acontecimientos se suceden con tal celeridad que los hechos se solapan unos a otros, al tiempo que la población descubre la fragilidad de sus cimientos. Mientras tanto, la prensa relata la actualidad de forma precipitada, disponiendo de recursos cada vez más escasos, con menos labores de indagación, un exceso de opinadores y plantillas mermadas en los medios, a excepción de casos puntuales de calidad. El caso de The Washington Post sirve de advertencia: una cabecera de gran prestigio adquirida por un multimillonario que ha amasado su fortuna distribuyendo paquetes (frecuentemente prescindibles) a las casas, destruyendo el tejido comercial de proximidad en los núcleos urbanos, alterando nuestras costumbres cotidianas, recluyéndonos en los hogares, y para colmo, nosotros alardeando de que “me lo han traído por Amazon de un día para otro” como si se tratara de un avance positivo. Sin embargo, la administración del diario llevada a cabo por este magnate, supuestamente un genio de los negocios, ha resultado desastrosa, modificando su orientación ideológica para favorecer el trumpismo. La consecuencia: una pérdida masiva de abonados y el despido de numerosos profesionales de la información.

A lo largo de una semana donde presenciamos a un sujeto antidemocrático como Elon Musk, el cual obtuvo una red social con el fin de arruinarla, usando su propiedad para agraviar a un presidente del Gobierno designado por un Parlamento. También vimos al responsable de Telegram despachando una especie de Es-Alert a la ciudadanía española para advertirnos que estamos bajo el mando de un autócrata. Los propietarios de X y Telegram, quienes aprovechan sus espacios para fomentar visiones que nos encaminan al colapso, intentando darnos ejemplos de civismo. No me fastidies, hombre ya. Tipos que carecen de legitimidad democrática manejando el destino global, y mucha gente rindiéndoles pleitesía por sus triunfos financieros logrados desde el inicio. Ojalá terminen sepultados por su propia riqueza.
Y en pleno desarrollo de estos sucesos, acontece el fallecimiento de Carlos Hernández de Miguel, un comunicador de una rectitud admirable entre todos los que he tratado. No hay derecho, Carlos, te marchas de forma repentina entregándonos un mensaje de despedida en ElDiario.es que tendría que figurar en los manuales éticos de la prensa que ni Bezos, ni Musk, ni el dueño de Telegram ojearán jamás.
El escrito póstumo de Carlos tendría que integrarse en los manuales de estilo del periodismo.
Al leerte me invade el sentimiento de no haber podido darte un abrazo final, a diferencia de ti. Fui yo quien te puso en un compromiso al efectuar una entrevista muy exigente a Rubalcaba, poco después de que fuera pieza clave en el término de ETA, cuando concurría a las generales y tú ejercías como su responsable de comunicación. Rajoy venció por mayoría absoluta. Transcurría noviembre del 2011 y el bipartidismo disfrutaba de una salud excelente. El 15-M todavía no se había retirado de las plazas, no se había gestado Podemos ni ningún financiero imploraba la creación de un Podemos de derechas que acabó por llamarse Ciudadanos.
Sin duda, aquel no fue el periodo más alegre de tu carrera profesional. Se me ponía el vello de punta al oírte relatar cómo experimentaste el crimen de Couso en Irak. También me asombraba que hubieses elegido analizar los campos de reclusión de la Alemania nazi y del franquismo, aquel régimen tan particular que buscó aniquilar a una mitad de España.
Traten de hallar el mensaje final de Carlos. Les comparto un fragmento: “A los mercenarios de la información, ¿os compensa el dinero y/o la fama que ganáis a cambio del daño que provocáis?”. Menciona además que la labor periodística requiere ser un gran ser humano. Carlos, tú cumpliste con eso. Gracias por tu enseñanza. Es muy triste tu partida.
