Opinión

Bruce lo ha vuelto a hacer

“Siempre que reflexiono sobre mi propio fallecimiento, extiendo una manta en el suelo y me harto de dormir”. Soleá vinculada al progenitor de los Machado, el investigador de tradiciones Demófilo. Sin duda constituye una alegoría de la melancolía. Y del pavor ante el vacío. La fuerza comunicativa del conocimiento ordinario, ni instruido ni viciado. El sentimiento colectivo de los ciudadanos –así nos llaman los políticos: la gente–. Viendo el estado del planeta, da la impresión de que tiene urgencia por perecer. O por aniquilarse. Y dormir es morir un tanto. El presente nos angustia, y no existe ayuda cercana ni consuelo que nos socorra para salir de las tinieblas y la vacuidad. Es el estado de nuestras existencias, y al parecer carece de lógica oponerse, ¿verdad?

 
 CHRISTIAN MONTERROSA / AFP

“A veces, cuando veo lo que pasa en el mundo me pregunto ¿para qué escribo?”, declaró un Lorca melancólico. Una melodía, una poesía, la creación artística global, logran convertirse en un mar de hermosura, de poética y de impacto sentimental. No obstante, en ocasiones representan esencialmente un lamento y una denuncia. La imagen sufriente de una conmoción colectiva y la inequidad que implica. De la autonomía aniquilada.

Bruce Springsteen, indignado y dolido, ha compuesto una pieza estremecedora similar al chirrido de uñas sobre cristal o a las heridas de un cuchillo. En Streets of Minneapolis, un músico enfurecido nos relata llantos de sangre. De vidrios quebrados. De huellas sangrientas en sitios donde la piedad debió reinar. Bruce, de forma habitual, se dirige al ser humano sobre su propia condición y se levanta furioso y apenado por su nación, a la que tanto ha aportado. Su enojo coincide con el nuestro. La lucha artística frente a la milicia particular del mandatario anaranjado. La tolerancia hacia los homicidios por encargo. El pavor que provocan los proyectiles. El crimen organizado desde las instituciones. La Bestia disfrutando en su propio lodo. El desamparo frente a semejante salvajismo. Tal vez Springsteen jamás fue tan directo, posiblemente piensa con lucidez que el simbolismo en ocasiones resulta insuficiente. Acaso sospecha que los principios estadounidenses nunca corrieron tanto riesgo como en el presente. Posiblemente le asuste la continuidad de la agresión estatal. La reciente Gestapo (según sus palabras) de Trump.

La pieza audiovisual oficial constituye una creación magnífica. Contenido y estética se unen como la representación ideal del tema de Minneapolis: secuencias que resultan ahora inseparables de su melodía y lírica. Posee además vínculos con la sofisticada tradición del cine y la pintura, recordándome al Potemkin, el Gernika o El grito de Munch. Mediante el uso del blanco y negro, se despliega la estética de la tragedia. Efectivamente, Bruce lo ha logrado nuevamente, sin cometer errores; no nos ha decepcionado. Aquel creador que manifiesta aquello que multitud de personas desearían pero no logran. O desconocen cómo. La emoción colectiva, el combate frente al fin de la vida y el anhelo de emancipación.

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