
El poder del sexo
Habrá quienes se sorprendan, pero han surgido novedades de mayor peso esta semana que el filme Melania. Hablo de los expedientes de Jeffrey Epstein. Nos han proporcionado información no para un documental, sino para cien. O para mil.
Las controversias sexuales que se articularon alrededor del pederasta más célebre de la historia constituyen apenas la parte visible del problema. Lo que se esconde debajo es un gigantesco tejido de deshonestidad por el cual un porcentaje inquietante de los amos del universo no se han limitado a maltratar a mujeres indefensas, sino que han sacado provecho de gran parte de la población.
Jamás ha resultado tan oportuna la expresión de Oscar Wilde: “Todo en el mundo tiene que ver con el sexo, excepto el sexo. El sexo tiene que ver con el poder”.
Ya contamos con el probable encargado de la próxima producción de documentales ( El poder del sexo, ¿tal vez?). Brett Ratner, el mismo que estuvo al mando de Melania, quien resultó desterrado de Hollywood tras múltiples imputaciones por –por supuesto– abusos sexuales y a quien la primera dama, ya sea por bondad o por ignorancia, rescató. Ratner es uno de los nombres que figuran en los expedientes, pero existen otros de una relevancia mucho más significativa. ¡Qué reparto tan asombroso tendría a su disposición!

La interrogante ya no se centra en quién figura en los listados, sino en ¿quién ha quedado fuera? El presidente Trump, su cónyuge y su residencia de Mar-a-Lago se mencionan 38.000 ocasiones. Apenas se ha divulgado el cincuenta por ciento del contenido de los documentos, y se estima que la información pendiente perjudicará todavía más prestigios; no obstante, por ahora los individuos identificados dentro del entorno del fallecido Jeffrey Epstein, máximo exponente del favoritismo, abarcan, aparte de Trump, a un antiguo mandatario de Estados Unidos y al vigente líder de Rusia, titanes de Silicon Valley y de Wall Street, integrantes de monarquías europeas, docentes y juristas, figuras políticas estadounidenses y de otras naciones, dignatarios árabes y celebrities diversos.
Ciertas identidades incluyen a Bill Clinton, Bill Gates, Elon Musk, el antiguo príncipe Andrés de Inglaterra, Woody Allen, Mick Jagger, Steve Bannon (la figura clave de la corriente MAGA), Larry Summers, anterior economista principal del Banco Mundial, Mohamed bin Salman, el máximo responsable de Arabia Saudí, y Vladímir Putin, quien se menciona 1.056 ocasiones en los registros.
Ya no se trata de averiguar quién aparece en las listas de Epstein, sino de descubrir quién falta.
Se podría afirmar que jamás en la era contemporánea el escenario ha resultado tan propicio para una ofensiva revolucionaria contra la Bastilla del capitalismo global. No obstante...Wait! Un momento. ¿De quién se trata ese anciano con barba que aparece fotografiado junto a Epstein en su avión particular? ¿Aquel que solicitó su colaboración para administrar su fortuna? ¿El mismo que asesoró a Epstein acerca de cómo limpiar su reputación tras ser sentenciado por una corte debido a delitos de tráfico de menores? ¿Quién es? Pues se trata precisamente del referente académico de la izquierda radical, crítico feroz del capitalismo y del imperialismo yanqui, el profesor Noam Chomsky.
Resulta fundamental aclarar que no se sugiere que todas estas figuras estuvieran involucradas en las fiestas sexuales que Epstein preparaba con mujeres menores, o incluso de mayor edad. Existe una imagen en la documentación de Epstein junto al papa Juan Pablo II. Pienso que nadie culpará al santo padre de haber faltado, con la mediación de Epstein o sin esta, a su promesa de celibato. Asimismo, cabe destacar que el pontífice se encontró con Epstein antes de su juicio y reclusión en el 2008. Lo verdaderamente grave es que gran parte de los magnates, o celebridades, o individuos de poder que conservaron un trato de presunta conveniencia mutua con Epstein lo hicieron una vez que este abandonó la prisión.
La respuesta señalada fue la de Tina Brown, una destacada comunicadora que lideró la revista The New Yorker. Tras rechazar un convite para cenar en la residencia de Epstein junto a Woody Allen y el expríncipe Andrés, Brown manifestó: “What the fuck is this? The paedophile’s ball?” (¿Qué carajo es esto? ¿La gala de los pedófilos?).
El aspecto más estremecedor de la crónica de Epstein es el abuso sexual de jóvenes. Únicamente hace falta meditar un instante sobre las hijas, sobrinas o nietas propias, o aquellas de personas cercanas, para experimentar un verdadero horror. Sin embargo, al indagar más a fondo, lo que hallamos es una imagen tanto banal como espeluznante de la forma de actuar de ciertos círculos del establishment que lideran el denominado orden mundial. En la sombría privacidad, apartados de
ante la mirada de nosotros, los ciudadanos comunes que laboramos arduamente y abonamos nuestros tributos, ellos comparten mesas, se envían recados ocultos, se prestan beneficios, maquinan y se distribuyen los bienes y los goces legales e ilegales del mundo.
Quienes siempre han sostenido que el sistema democrático es un engaño y la justicia una ilusión se sentirán validados. Aquellos que confían en las teorías conspirativas, igualmente. La actitud cínica de quienes afirman que los políticos, los banqueros y los empresarios son “todos unos chorizos” resulta más compleja de contradecir. Quienes conservamos algo de confianza en las instituciones la notaremos debilitada. Seremos percibidos como personas crédulas.
Sin embargo, ignoro su opinión, pero yo continuaré siendo un iluso, si es que esa es mi condición. Persistiré en conservar la esperanza no solo en una realidad superior, o menos dañina, sino en la visión de mi referente del siglo XX, Albert Camus, de que, a pesar de todo (y él residió en Francia bajo el nazismo), existen más virtudes que elogiar en la humanidad que motivos para el desprecio. Sigo convencido de que la mayor parte de los políticos, banqueros y empresarios –así como los radicales de izquierdas– no son delincuentes sino personas íntegras con propósitos nobles.
Ellos comparten la mesa, se prestan servicios, traman intrigas y distribuyen los bienes y los goces tanto permitidos como prohibidos.
Aunque el impulso sea fuerte, evitaría condenar públicamente a Noam Chomsky o a Bill Gates. Exhibieron una falta de criterio y flaqueza ética, aunque los pormenores de sus vínculos con Epstein permanecen ocultos, pues él falleció sin revelarlos. La cónyuge de Gates, Melinda French, puso fin a su matrimonio debido a lo que describió recientemente “la porquería” sobre su trato con Epstein. No obstante, carecemos de evidencias que vinculen a Gates con actos sexuales con menores. Es un hecho, por el contrario, y debe considerarse, que ha destinado cuantiosas sumas de dinero para ayudar a los necesitados en la lucha contra la malaria y otras desgracias naturales. Respecto a Trump y Putin: que acompañen a Epstein al abismo, sin duda. Es imperativo señalar constantemente el mecanismo de distribución de riqueza e influencia que exponen estos documentos. Sobre figuras como Gates y Chomsky, resulta vergonzoso. Sin embargo, quizás merezcan una mínima, muy pequeña, dosis de indulgencia. ¿No es así?
