Opinión

La guerra interminable

Al llegar julio de 2026 habrán transcurrido noventa años desde la sublevación militar que desencadenó nuestra más próxima y feroz guerra civil. Este conflicto fratricida con apoyo de naciones externas entre 1936 y 1939 constituyó, entre diversos aspectos, el preludio de la Segunda Guerra Mundial, que a su vez resultó ser en gran medida una extensión de la otrora llamada Gran Guerra, después denominada Primera Guerra Mundial.

No representaba, en absoluto, la ocasión inicial en que un conflicto bélico dividía a diversas facciones en este territorio ibérico. Tampoco resultó inédito que naciones extranjeras se involucraran y suministraran armamento y contingentes militares. A partir de la guerra de Sucesión a la corona de España, que constituyó en gran medida una disputa continental y propició el ascenso del primer Borbón al poder, el dilema sucesorio permaneció vigente, mezclado con privilegios y costumbres de los antiguos reinos, hasta desembocar –ley sálica mediante– en las guerras carlistas, las cuales volvieron a agotar a la nación en tres etapas de prolongada y feroz violencia. Todo ello sin omitir la invasión napoleónica, que representó otra contienda caracterizada por la abundancia de fallecimientos, abusos y actos de barbarie.

Observar lo acontecido para afectar la decisión electoral presente no es solo falaz, sino que también encierra much es peligro

Los conflictos bélicos han sido un componente esencial del pasado de Europa. Asimismo, en España, la Guerra Civil de 1936 representó el punto álgido y el desenlace definitivo de doscientos o trescientos años de un convulso devenir nacional, con apenas algunos periodos aislados de calma y bienestar.

Que la Guerra Civil de 1936 permanece vigente en la controversia política del país es, al borde de esos noventa años que próximamente –por así decirlo– recordaremos, una realidad manifiesta.

 
 Alberto Estévez / Efe

Es habitual comentar que una nación requiere un siglo para dejar atrás una contienda civil, del mismo modo que se menciona que gran parte de la juventud actual ha optado por posicionarse como nietos de la Guerra Civil, dejando de lado su papel como herederos de la transición.

En definitiva, resulta lamentable que existan nuevas generaciones que continúen fragmentando la realidad entre rojos y azules, nacionales y republicanos. El rastro intenso de un conflicto que tendría que habernos protegido frente a cualquier asomo de otra guerra civil da la impresión de que se diluye como remedio. Tal vez todavía necesitemos una década para que esa centuria de separación ejerza su impacto purificador.

No obstante, es factible que, en el marco de nuestra democracia contemporánea, la exaltación de la República o de la dictadura se lleve a cabo de manera interesada y persiguiendo evidentes repercusiones electorales. Tal observación de la historia y de sus errores o aciertos para condicionar el sufragio presente no solo es fraudulenta, sino que además implica una gran amenaza.

Es innegable que resulta progresivamente complejo debatir o intercambiar ideas con sensatez acerca del significado y la naturaleza de la Segunda República y la sublevación de 1936 que dio origen a la Guerra Civil y al prolongado régimen de Franco. En nuestra nación, donde por fortuna se ha extinguido el terrorismo de ETA, se levantan actualmente barreras de pensamiento que se creían ya vencidas. Además, se vuelve difícil manifestar abiertamente hechos claros, como que el periodo dictatorial restringió derechos y causó un estancamiento notable que únicamente comenzó a transformarse mediante el plan de estabilización y el posterior surgimiento de una clase media que, en su gran mayoría, festejó la vuelta de la democracia y nuestra entrada en la comunidad europea.

Es probable que ya estén al tanto de la suspensión de un ciclo de conferencias sobre la Guerra Civil que se celebraría en Sevilla, promovido por Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra. David Uclés, quien en principio aceptó la invitación, comunicó más tarde que no acudiría si le tocaba compartir espacio con el expresidente Aznar e Iván Espinosa de los Monteros. Debo confesar que, aunque respeto su potestad para no ir, me ha disgustado esa resistencia a conversar con quienes piensan diferente. Sin embargo, me asusta que esto sea solo un reflejo de nuestra constante Guerra Civil.

La guerra interminable se trata de una obra de ciencia ficción escrita por Joe Haldeman y publicada en 1974. Dentro de su trama, los soldados viajan a la velocidad de la luz, lo cual impide su envejecimiento mientras sus planetas de origen se extinguen. Se considera una réplica a un relato de anticipación distinto, Tropas del espacio, de Robert A. Heinlein. En ocasiones resulta necesario alejarse demasiado para comprender la actualidad. De todos modos, ¡qué repugnante es el conflicto bélico!

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