Opinión

La pirámide de la pobreza

España progresa de forma imparable. Tal es la melodía que se escucha por los megáfonos. Un edén en el mundo, el guía de Occidente en expansión financiera (2,8% del PIB en el 2025, entre el 2,2% y el 2,4% de pronóstico para el 2026). Inclinémonos ante la estadística macroeconómica, el flamante ídolo de la riqueza. Sobre este cimiento sagrado del PIB se levanta el dogma de la ortodoxia liberal del Gobierno respecto a la inmigración. No hay escenario donde Pedro Sánchez no subraye, más allá de la regularización extraordinaria recién validada, la importancia de seguir admitiendo a más inmigrantes para persistir en la ruta del crecimiento económico.

La estrategia discursiva se fundamenta en dos ejes. El primero, de carácter humanitario, busca ligarse a la propia trayectoria de la emigración y el exilio español (fuimos recibidos en otros tiempos, y actualmente damos acogida). El segundo, de índole meramente utilitarista, se concentra en el provecho material que ofrece el individuo inmigrante.

¿Será la población en peligro de exclusión, con un incremento del 6% anual, la que sostenga el abono de las pensiones?

Se afirma que dicha importancia se expresa mediante diversos provechos. Algunos son ciertos; otros, simples conjeturas bastante dudosas. Se comenta habitualmente que los inmigrantes contribuyen a costear las jubilaciones actuales y venideras, garantizan el desarrollo económico, sostienen el Estado del bienestar, posibilitan que industrias como el turismo funcionen al máximo nivel, asisten a la población anciana y efectúan tareas del hogar, y demás. El pensamiento humanitario y el materialismo más descarnado se vinculan para sostener la idea de que requerimos seguir acogiendo inmigrantes con la misma cadencia o superior a la de hoy. Supuesta filantropía y utilidad directa. Un par de altruismo y egoísmo. Ocurre que los razonamientos, al margen de su eficacia narrativa, deben ser contrastados. Al alcanzar este nivel es cuando la evidencia se empecina en transformar las presuntas excelencias de la narrativa oficial en un queso gruyère con tantos huecos como astros pueblan el cosmos.

Observemos si no. Esta semana hemos sabido por medio de la institución estadística de la Generalitat, el Idescat, que en el 2025 el 24,8% de la población catalana se hallaba en peligro de pobreza o exclusión social, un 0,8% superior al 2024. Nos situamos en la parte final del grupo europeo, al lado de griegos, rumanos y búlgaros.

 
 Llibert Teixidó

Resulta necesaria en este punto una reflexión de partida. ¿Qué clase de PIB es aquel que, pese a su expansión, se traduce en la calle como un aumento en los índices de marginación y miseria? Ni siquiera poseer un empleo garantiza abandonar la precariedad. El 16,4% de los individuos en esta penosa circunstancia disponen de trabajo. Es evidente el contraste entre el despegue financiero que supuestamente protagonizamos y la situación de las neveras de ese casi 25% de la población.

No obstante, hay otros aspectos. Los canales informativos operan con precaución al tratar el tema migratorio. Es una conducta adecuada, siempre que no se sustraigan del intercambio público factores vitales. Y en las estadísticas de Idescat figuran porcentajes que exigen una mirada atenta y que han resultado, de manera deliberada o fortuita, inadvertidos.

Analicemos. Si bien el peligro de marginación y pobreza entre la población general durante el 2025 alcanza a menos de una de cada cinco personas (17,2%, con una reducción del 0,4% respecto al 2024), en el colectivo inmigrante se sitúa en el 48%, o sea, uno de cada dos. ¡Y se ha incrementado cerca de un 6% en apenas doce meses!

Ante tales cifras resulta sumamente complejo sostener la estructura de argumentos pragmáticos acerca de las ventajas de la inmigración. ¿Será la población vulnerable y en situación de precariedad, que aumenta un 6% cada año, la encargada de sustentar el Estado del bienestar y el abono de las jubilaciones? ¿No sucede justamente lo contrario? ¿No se trata de personas que precisan asistencia? ¿Pretendemos financiar los servicios públicos mediante quienes, por su propia condición, deben ser receptores de los mismos? Además, si estos registros se dan en etapas de crecimiento, ¿qué escenario tan explosivo aguarda cuando el venerado PIB sufra alguna caída en el futuro?

Una simple revisión de la demografía del país, avalada por el Idescat, demuestra que defender la vigencia de las políticas de inmigración basándose en la utilidad resulta poco consistente. En lo referido al humanismo esencial, se manifiesta de una forma peculiar en aquellos que promueven la entrada de personas para acabar posicionando a la mitad de estas en la base, cada vez más ancha, de los niveles de pobreza.

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