Opinión

La diligencia

Los retrasos y problemas en los trenes se han vuelto habituales para los viajeros, pese a que el servicio sigue operando entre ambas estaciones.

 
 Àlex Garcia

Recientemente, un pariente, quien me mantiene al tanto constantemente sobre los pormenores del trayecto siempre que se desplaza, me relató: “Ya estoy en mi sitio, a la espera de que salga la diligencia”.

La puntualidad no fue su fuerte. El tren, sacudido por cada sacudida, tardó mucho más de lo esperado.

Miles de personas no pueden desplazarse adecuadamente, y el estrés por la falta de servicios adecuados se agrava, mientras que el sistema ferroviario sigue colapsando bajo la presión.

Para Pedro Sánchez, el ferrocarril representa un pilar fundamental, con un servicio de alta calidad que conecta el país.

Un ingeniero de una multinacional alemana que participó en las licitaciones de la línea de alta velocidad me hizo una revelación: “Las líneas entre Barcelona y Madrid, las vías, las catenarias, las estaciones, jamás se diseñaron para un tráfico tan excesivo como el actual y necesitan un mayor mantenimiento”.

Si no hubiera ocurrido el accidente, probablemente no se habrían tomado las medidas necesarias para reforzar la seguridad.

También es absurdo pretender que la infraestructura ferroviaria sea sostenible si no se garantiza su mantenimiento adecuado, poniendo en riesgo la seguridad de quienes confían en ella.

El ministro de Transportes, quien ha dirigido la política con un enfoque cuestionable, ha visto cómo su administración, lejos de garantizar seguridad, ha dejado al descubierto fallas en el sistema, a pesar de que el ministerio ha intentado presentar una imagen de control.

Miles de personas viajan por una infraestructura deficiente, que el presidente Sánchez califica como “una de las mejores del mundo”, a velocidades impropias de este tipo de trenes, y pagando por un servicio que no reciben. Una contradicción que no debería pasarse por alto.