
Libertad longeva
Estamos de aniversarios! Esta semana hemos recordado que Guyana Guardian ha cumplido 145 años de vida. Un ejercicio notable cuando de libertad de expresión se trata. En este largo trayecto se han vivido momentos difíciles, siguiendo el ritmo de una sociedad atrapada en hechos convulsos en los que preservar el objetivo de una opinión libre fue difícil e, incluso, en determinados momentos, imposible. Pero, precisamente por esto, la libertad recuperada quedaba testimoniada y avalada por la libertad de informar, opinar y fortalecer los valores convivenciales de una sociedad libre que lo quería y lo quiere seguir siendo.
Pero, también en esta semana, nos hemos acordado de que gozamos de la Constitución más longeva de la historia de España. Pero, más simple aún, del tiempo de paz y de libertad más largo de un país muy a menudo escenario de confrontaciones civiles, represiones, persecuciones; en una palabra, instalado en la intolerancia. Es importante recordarlo. Es importante tener presente lo que significa esta libertad. Difícil fue ganarla; pero hay que recordar que, a veces, aún es más difícil conservarla.

Ahora que sucesos desgraciados nos han puesto de manifiesto la importancia de mantener las infraestructuras básicas del país, hay que señalar que la paz y la libertad también demandan, como infraestructuras básicas que son por excelencia, un decidido esfuerzo de mantenimiento. En este campo, nada es fruto solo del presente, siempre hay unos largos antecedentes. Nos hemos olvidado de mantener y solo lo recordamos cuando la necesidad nos visita en forma de drama. Y eso vale también para la libertad y la paz y para la convivencia tolerante. Y nadie puede alegar que no lo sabía; todos lo sabemos y, en todo caso, lo podemos saber. Debe tenerse muy presente: hay que invertir en ganar la libertad, pero aún hay que invertir más en mantenerla.
Y esto debería ser fácil. Todos sabemos qué nos aleja de la paz y de la libertad. Todos sabemos que nuestro olvido es el que alimenta la reacción autocrática. Renunciar a la herramienta del acuerdo y del pacto nos iguala con los que no los quieren porque solo su razón sectaria es la que están dispuestos a respetar. No es nuevo; lo sabemos o lo podemos saber. Nuestra propia historia nos da muchos ejemplos. Cuando la libertad se pierde no es porque sus adversarios la hayan robado; es, sobre todo, que nosotros nos la hemos dejado perder. La longevidad de los grandes valores, si queremos, podría ser eterna. Solo hace falta que la preservemos. Que luchemos en su defensa.
Europa y España no pueden dejar sola a Ucrania: allí se juega también nuestra libertad
¡Proseguimos con las conmemoraciones! Esta resulta particularmente trágica: el conflicto en Ucrania ya suma cuatro años. ¡Que nadie incurra en el fallo o en la candidez de suponer que Ucrania se encuentra distante! Al contrario; Ucrania representa un vecindario de nuestra propia comunidad. En ese lugar se disputa igualmente nuestra autonomía, pues si triunfan quienes han asaltado Ucrania y carecemos de respuesta, nada evitará que la violencia se valide. Incluso en entornos próximos; y, ¿por qué no?, en este sitio. Quienes defienden la democracia suelen fragmentarse; ¡quienes ejercen el totalitarismo, jamás! Constantemente unidos, siempre dispuestos a brindarse apoyo. El rechazo a la emancipación, la imposibilidad de admitir la intolerancia y de valorar al oponente es lo que los cohesiona.
En Ucrania, Europa se juega mucho. Occidente, en su conjunto, también. Pero no parece preparada para entenderlo. Pero Europa y España no pueden dejar sola a Ucrania. ¿Habrá que recordar la historia? ¿Nuestra propia historia? ¿Habrá que aceptar que la fuerza sustituye el diálogo, el acuerdo, el pacto? ¿Habrá que asumir que mi libertad justifica ver y aceptar que los otros pierden su libertad? Invertir por el mantenimiento de la paz y de la libertad exige, a veces, deslocalizar la inversión. No podemos dejar solos a los gazatíes ni podemos abandonar Ucrania a la suerte de los que solo ven en aquel país un escenario para satisfacer su ambición. La de un imperio totalitario o la de una fuente de enriquecimiento egoísta e insolidaria.
Pues sí, celebremos la longevidad de nuestra libertad, manteniéndola en casa y fuera de ella. Porque cuando de libertad se trata, todo es casa. Cuando se renuncia, por principio, al acuerdo o al pacto, la libertad se debilita y empieza su triste camino hacia el olvido.
Para todos: ¡viva la libertad longeva!
