
La lección de la historia
Gran parte de los expertos y observadores de la política concuerdan al señalar que Europa debe responder frente a los continuos ataques y desdenes de Trump. Se estima que tal situación resulta inaceptable, pues perjudica la identidad europeísta. Es preciso actuar, ¡y su postura es acertada! No obstante, este simple gesto de protección hacia Europa resulta insuficiente. Asimismo, conviene precisar que la respuesta exigida podría implicar sacrificios y derivar en efectos secundarios, los cuales deben asumirse como un peaje necesario para salvaguardar los principios que Europa considera sus señas de identidad. Hace tiempo que somos conscientes de que la libertad conlleva un valor, aunque también comprendemos que perderla supone un gasto mucho más elevado. Y Europa posee plena conciencia de ello; contamos con numerosos precedentes históricos bastante recientes.

Sin duda, resulta atrevido asegurar que los sucesos históricos vuelven a ocurrir. No obstante, existen acontecimientos que parecen destinados a reiterarse. En este continente, en Europa, ya percibimos los ataques respaldados por la “necesidad de un espacio vital”. Tal era el discurso de los nazis, quienes exigían igualmente un “nuevo orden”. Actualmente, diversos sectores demandan lo idéntico y lo utilizan para legitimar su violencia, el hostigamiento al oponente y el poder bélico como principio fundamental. Su único interés y motivación radican en su deseo de control, su desdén hacia la autonomía y hacia la honra de la naturaleza humana. Su esquema global no resulta inédito. Se trata del modelo habitual; aquel de los regímenes autoritarios que se sienten molestos ante la independencia ajena, y que rechazan o ignoran el significado de la tolerancia.
Es apropiado oponerse al “nuevo orden” que busca desmantelar a Europa y sus ideales.
Esta situación no es reciente. Europa ya ha padecido esto y, en consecuencia, lo comprende perfectamente. Asimismo, entiende que el mutismo temeroso y la permisividad pusilánime resultan inútiles. ¡Es preciso rememorar a Chamberlain frente a Hitler! Esa concordia que él buscaba permitió la invasión de Austria, seguida de Checoslovaquia y, más adelante, Polonia. La tranquilidad que sepulta la autonomía termina invariablemente en conflicto. El pasado así lo atestigua. Resulta beneficioso, por ende –y nuestra convicción democrática nos lo exige–, hacer frente al “nuevo orden” que pretende aniquilar a Europa y sus principios. El cual busca subyugarlos para llevarnos hacia la insignificancia, hacia una vulnerabilidad asustada frente a quienes pretenden someternos a sus mandatos, siempre fundamentados en aquello que no podemos suscribir.
Resulta innegable que Europa atraviesa una etapa complicada. Los logros alcanzados por el Estado de bienestar muestran actualmente carencias bastante claras. Una especie de desilusión con la democracia liberal empuja a numerosos habitantes hacia posturas radicales que perjudican la unidad europeísta. Se percibe una falta de organización y una pérdida de prestigio. Es cierto, y del mismo modo en Europa aumentan las actitudes alineadas con quienes desde el exterior buscan desestabilizarla. No parece la época ideal para incentivar a la población a proteger la libertad, la paz y el progreso. Sin embargo, el resguardo de tales principios debe ocurrir cuando peligran, no únicamente cuando sea conveniente. La oportunidad es el presente. Protegerse resulta imprescindible y conlleva un gasto elevado. No obstante, tanto hoy como en todo tiempo, la libertad implica un precio.
Habrá que aceptar riesgos, habrá que ampliar el perímetro de la defensa de Europa. O nos defendemos o ganamos a los que nos amenazan. Será difícil, todo esto tendrá un coste. Se impondrán sacrificios y nuevas obligaciones. Necesitaremos de una nueva gobernanza que olvide la unanimidad. Habrá que motivar a la gente con propuestas que cohesionen el pluralismo. Habrá que recordar que cuando no se hizo, el coste fue mucho más grande. Ucrania no puede quedarse sola; ni Groenlandia puede perder nuestra solidaridad; ni Gaza puede convertirse en un casino; ni la ONU puede ser sustituida por una Junta de Paz que lo único que busca es la guerra; no la quiere evitar, quiere legitimar su guerra. Si creemos que esto no nos obliga a plantar cara, estamos perdidos. Y Europa no renunciará –¡seguro!– a preservar la libertad de todos, sean europeos o no. Tenemos una ventaja: ¡la lección de la historia!
