Opinión

‘Camelot’, el fin del sueño

En la serie Love Story: John Kennedy jr & Carolyn Bessette (Disney+) hay una escena en la que Jackie Kennedy Onassis escucha un viejo vinilo de Camelot. La voz de Richard Burton y Julie Andrews inunda lo que representa el piso de la viuda de John F. Kennedy en la Quinta Avenida, frente al Met. La nostalgia por algo perdido se refleja en el rostro del personaje, una Jackie moribunda interpretada por Naomi Watts.

Camelot, el musical, fue un enorme éxito en Broadway en 1960. Burton interpretaba al rey Arturo y Andrews a Ginebra, la reina que cae en los brazos de Lancelot. El drama deriva en la caída de la Mesa Redonda y la muerte del rey. Pese a todas las adaptaciones que se han hecho de la obra original, ninguna alcanza la belleza del montaje inicial, dirigido por Moss Hart. Hay imágenes en YouTube.

Fotograma de la serie 'Love Story' 
Fotograma de la serie 'Love Story' LV

Los Kennedy, el presidente asesinado y, principalmente, su esposa, quedaron identificados en la cultura popular con Camelot porque representaban también una imagen idealizada y bella del liderazgo y la esperanza de una era brillante, pero que resultaría breve.

La serie nos conduce a la noche del 16 de julio de 1999, cuando el Piper Saratoga pilotado por John-John cae, junto a su esposa y su cuñada Lauren, en las oscuras aguas del Atlántico frente a Martha’s Vineyard.

Quizá por eso, al verla, mis propios recuerdos emergen con una claridad inesperada y no puedo evitar recordar las amables disculpas que me dio John-John cuando chocó conmigo un día lluvioso de 1986 en la barra de un bar de Manhattan y cómo, al quedar sorprendido de reconocerle, mi amiga, la fotógrafa Michele Curel, me sonrió, confirmando mi incredulidad: “Yes, he is”.

La cultura popular vinculó a los Kennedy con Camelot

Años después también recuerdo coincidir con Caroline Kennedy y sus escoltas en los ascensores del hotel Imperial de Tokio. Era octubre del 2016. Caroline era entonces embajadora de Estados Unidos en Japón y acababa de intervenir en un foro del Asahi Shimbun.

Por todo ello, Camelot también se convierte para mí en una referencia sentimental. Y al escucharlo, pienso también en los años en que EE.UU. Era, con todos sus defectos, una referencia y un faro democrático para gran parte del mundo.

No tengo más recuerdo del presidente Kennedy que unas vagas imágenes de su entierro, pero creo tener una idea de lo que sí representó Barack Obama. Al igual que el primero, inspiró esperanza, pero sin llegar a corregir las contradicciones tan profundas de la república estadounidense. Hoy, Camelot, el mito, nos recuerda menos el fin de un sueño que el instante en que una nación dejó de creer que podía encarnarlo.