Opinión

La idiocia moral

Tengo por costumbre respetar la presunción de inocencia, lo que me suele evitar más de un sofoco. De momento me va discretamente bien, y siempre prefiero equivocarme por exceso de garantismo que acertar en la sospechosa compañía de la Inquisición, las ordalías y los juicios sumarísimos. Vaya esto por delante para el expríncipe Andrés de Inglaterra y para el DAO de la Policía, que, por mucho estupor que provoquen, hasta hoy son tan inocentes penalmente como el ministro Ábalos y Carlos Mazón.

Pero no quiero hablarles de derecho, sino de una perplejidad humana que tiene poco que ver con una hipotética condena futura. Por razones personales, lo que más me sobrecoge de ambos es la cronología. Nacidos en 1960 y 1959 son más o menos de mi edad, hijos de una transición global y de varias hecatombes. No son analfabetos funcionales, ni reliquias de la noche de los tiempos. Por sus vidas y conciencias han pasado los vendavales de los setenta, la píldora, los movimientos de liberación de la mujer y la caída de muros de mampostería e ideológicos. Y por sus altas posiciones –uno en lo más alto de la familia real y la representación del Estado, el otro en el vértice de la seguridad en España–, ninguno puede alegar ignorancia sobre la evolución de la conciencia. Al menos en nuestro pequeño rincón del mundo, la vieja Europa mezquina y genocida.

  El exnúmero dos de la Policía Nacional, José Ángel González 
  El exnúmero dos de la Policía Nacional, José Ángel González SERGIO PÉREZ / EFE

Los dos conocen el lenguaje de la igualdad. Seguro que lo han usado en sus discursos, por mucho que hayan podido olvidarlo con las víctimas de Epstein o en los burdeles de Valladolid. Y, sin embargo, mis coetáneos parecen haber sucumbido a una amalgama ponzoñosa, la combinación de poder y lujuria. W.H. Auden escribió un poema muy triste donde decía que “los deseos del corazón son retorcidos como un sacacorchos”. En los últimos versos concluía que “no nacer es el mejor sino del hombre”, quizá anticipando el vértigo que induce ver a quienes lo tienen todo descender a los infiernos de la miseria moral.

Observo sus fotografías actuales, que me producen un extrañamiento absoluto. Dos hombres mayores, con más pasado que futuro. El DAO, con ese aire profesional sobrio, ceñudo como cualquier policía, casi ascético en su rigor, parece la antítesis del descontrol. Su aspecto no sugiere priapismo ni concupiscencia sino la fría rigidez de los burócratas armados. El príncipe es hoy la sombra fondona y abotargada del joven piloto de la Royal Navy que un día fue. En su mirada perdida se adivina lo que Gorki llamó “el veneno inmundo del poder”. Sus ojos no buscan los ojos de nadie, son como terminales opacas conectadas a algún punto oscuro de su cerebro.

Hay quien cree que puede ser guardián de la civilización de día y depredador de noche

Parecen los tótems rituales de esa legión de figuras que componen el fresco de la locura de las cumbres. La patulea que transita por los ministerios y los partidos y que parecen habitar una esquizofrenia moral en la que los vicios privados coexisten sin empacho con las virtudes públicas. Todos comparten la misma patología: la convicción de que el cargo otorga una dispensa ética, una suerte de bula para el exceso y el abuso. Desde el perpetuo exministro francés Jack Lang hasta algún capitoste de Starmer en Inglaterra, el patrón se repite. Un salvoconducto para la bajeza.

¿Dónde se perdió la integridad? ¿En una comisaría, en un salón de palacio? Tendemos a separar la moral (lo privado) de lo público (la ética), pero son las dos caras de la misma moneda. La integridad es lo que mantiene unidas las piezas; es la coherencia entre el hombre que firma el atestado o detenta los privilegios, y el hombre que apaga la luz al llegar a casa. Es algo que va más allá de los discursos o de las medallas que se lucen en la pechera; más allá de lo que se exige a unos subordinados resignados eternamente a que les mientan con un gesto de desdén.

La sustituye la idiocia moral de quien cree que puede ser un guardián de la civilización de día y un depredador de noche sin que la estructura del alma se le cuartee. Me resulta doloroso ver a gente de mi generación –hombres que deberían recordar de dónde venimos escuchando un viejo disco de Dylan– tropezar en el barro más primario. Su abuso no es solo un crimen; es un fracaso intelectual de primer orden.

Verlos me amarga el día y hace que me pregunte si es posible sentir una extraña mezcla de asco y compasión. Al final, el poder empaña la mirada; los espejos, y las viejas fotografías de cuando fuimos jóvenes y creíamos ser la solución y no el problema.