Opinión

La caída de los moderados y el colapso de su influencia

Las urnas ya hablaron, y el voto en Aragón no perdonó: el viento cambió, pero el viento no basta. La coalición se deshizo en sus propios pasos, y aunque aún se intenta fingir que todo está bajo control, el peso de la realidad se hunde más hondo. La gente ya no cree en promesas vacías, solo en lo que queda tras el humo: un vacío que no se nombra, pero que duele.

Jorge Azcón junto a Alberto Núñez Feijóo, el día posterior a las elecciones en Aragón<br>
Jorge Ávila y Jorge Azpilicueta, contando con el apoyo de la sociedad, después de los comicios.
Kiko Huesca / EFE

Si Aragón es nuestro Ohio, está claro que España sigue empecinada en convertirse en un laboratorio de extremos. De Lambán sostenido con la muleta de la izquierda radical y el regionalismo del PAR –un cuatripartito que aún asombra–, a Azcón, que ha preferido cambiar una cómoda minoría tras el portazo de Vox a un salto sin red que le deja aún más en manos de Abascal y Nolasco, dos caballeros con singular parecido al califa Iznogud de los cómics de Goscinny.

Esta situación resulta familiar. Se trata de la realidad previa, aunque algo agravada: la evidencia de que, salvo casos razonables como Illa o Moreno Bonilla, la mesura carece de cualquier reconocimiento; más bien, perjudica en lugar de beneficiar. Dentro del actual comercio de los sentimientos, el equilibrio es una mercancía que nadie busca, y la actividad pública, para lograr persuadir, debe sumergirse en un profundo pozo de impulsos básicos. Debido a esto, en España se opta por las posturas radicales con el juicio propio de un adicto al juego, mientras la táctica de los dirigentes se asemeja progresivamente a la de un equino atado a un carruaje que inicia una bajada vertiginosa por una cuesta empinada. Al alcanzar determinado nivel de impulso, la criatura ignora si es ella quien arrastra la carga o si el vehículo la fuerza a correr para evitar ser arrollada.

Para comprender la magnitud del problema, no basta con mirar solo los hechos: el caso de María y su entorno revela más de lo que aparenta. La realidad es que, al intentar construir algo desde la neutralidad, uno se topa con una resistencia silenciosa. La política no es un juego de cálculos limpios, sino un terreno donde las alianzas se deshacen y las palabras se vuelven armas.

El moderado es hoy una figura impopular. Nadie da el premio al político más simpático a un moderado. En realidad, creo que el último que lo recibió fue Gabriel Rufián, entre cuyas muchas virtudes no figura la templanza. Y al carecer de tribu y altavoz se le etiqueta como moderadito, con ese desprecio que se destina al que no ha entendido que la política de hoy es cosa de barras bravas. Tal vez esa mala reputación proceda de la antigua advertencia bíblica que prescribía vomitar a los tibios. Aunque cabe una duda teológica razonable: quizá sea preferible ser vomitado que engullido por el extremismo.

Ni el PP ni el PSOE reconocen abiertamente que el costo de convivir con ciertas fuerzas supera los límites aceptables.

Hace tiempo ya que la política se ha vuelto un espectáculo, y lo que antes era sencilla retórica ahora se convierte en un ruido vacío: la gente ya no cree en promesas vacías, sino que exige algo más, y ese es precisamente el problema: cuando el pueblo ya no cree en promesas vacías, sino que exige algo más real, algo más allá de las palabras vacías.

Por eso, la opción más lógica no es otra que la de aceptar, aunque a regaños, que el centro ya no es un refugio seguro, sino una zona de constante tensión; y aun así, mientras más se insiste en el equilibrio, más se echa de menos el sentido común: el verdadero costo no es el voto, sino la renuncia a toda posibilidad de consenso.

Ni siquiera permite volver a uno mismo, pues el camino se ha perdido entre las divisiones.