El Volcán Osorno, cuando la montaña pone a prueba el sentido común

Lectores Corresponsales

Con 2.652 metros, su silueta domina el paisaje del sur de Chile y convive con una historia geológica activa

Ascenso al Volcán Osorno.

La silueta perfecta del Volcán Osorno.

Nicolás Ward Edwards

* El autor forma parte de la comunidad de lectores de Guyana Guardian

El Volcán Osorno, en la Región de Los Lagos, no necesita presentación. Con 2.652 metros sobre el nivel del mar, su silueta perfecta domina el paisaje del sur de Chile y convive, desde hace siglos, con una historia geológica activa. 

De acuerdo con Andeshandbook, se trata de un estratovolcán con ocho erupciones confirmadas desde 1719, además de tres episodios eruptivos sospechados entre 1575 y 1644. La última erupción registrada data de 1869. Desde entonces, el volcán duerme, pero nunca olvida quién manda.

El sábado 27 de diciembre, a las 6:30 de la mañana, iniciamos el ascenso desde el Centro de Montaña Volcán Osorno, a la altura del Refugio Teski. Todo el recorrido lo realizamos junto a José Manuel Bustos, guía local y fundador de la agencia JMLocalguide, un profesional meticuloso y profundo conocedor de la ruta. Desde el inicio, su lectura del terreno y manejo de los tiempos marcaron el pulso del ascenso.

La primera parte de la ruta avanza por un sendero claro y marcado, sobre arena volcánica, un terreno que desgasta más de lo que aparenta. Se progresa por un filo amplio y transitable, donde el sentido común resulta tan importante como la condición física. Hasta ese punto, el Osorno parece un cerro accesible, casi amable. Basta, sin embargo, con levantar la vista para comprender que no lo es.

El Osorno parece un cerro accesible, casi amable. Basta, sin embargo, con levantar la vista para comprender que no lo es

A un costado, el glaciar eterno, con formaciones de nieve compacta que emergen como grandes bloques esculpidos por el tiempo. Al otro, el Lago Llanquihue, el tercer lago más grande de Sudamérica, extendiéndose como un espejo inmenso, silencioso y profundo. El volcán regala vistas extraordinarias incluso antes de exigir respeto.

Tras cuatro horas y media de marcha, la ruta cambia de tono. La pendiente final obliga a avanzar en zigzag y con traverses interminables, sobre hielo firme, con una inclinación sostenida y exigente. Aquí no hay espacio para la improvisación. Cada paso requiere técnica y concentración: crampones mordiendo el hielo, piolet firme, arnés colocado y cuerda activa, utilizados con precisión bajo la guía permanente de Bustos.

Ascenso al Volcán Osorno.

Ascenso al Volcán Osorno.

Nicolás Ward Edwards

En este tramo decisivo, antes de alcanzar la cumbre, la montaña comienza a mostrar sus advertencias. La ruta ofrece una escena inesperada: arbustos redondeados de nieve, que alcanzan la altura de la rodilla, verdaderos regalos de la naturaleza en medio del terreno volcánico. 

A medida que se gana altura, aparece la cornisa principal, tan visible como riesgosa, que exige distancia y criterio; mantener al menos un metro de separación basta para alejarse de cualquier peligro de caída. Más abajo, otra cornisa engañosa recuerda que el Osorno no perdona distracciones. El cráter, cubierto por un glaciar eterno, permanece oculto, pero no pierde presencia: le otorga al volcán un carácter especial, casi ceremonial, incluso antes de ser pisado.

Ascenso al Volcán Osorno.

Vistas durante el ascenso al Volcán Osorno.

Nicolás Ward Edwards

La coronación es intensa. El viento golpea con fuerza, como recordatorio de que la cumbre no es un lugar para quedarse, sino para agradecer. La emoción no llega por azar: es el resultado de preparación, constancia y muchas horas de entrenamiento. En la montaña, nada es casualidad.

Tras la cumbre, iniciamos el descenso en sentido norponiente, rumbo a una cueva de hielo que bien podría confundirse con uno de los cráteres secundarios del volcán. Allí almorzamos y nos resguardamos de un viento implacable que, si bien no nos derribaba, podía haber cambiado por completo el trámite del descenso. La caminata parecía sacada de una película: ráfagas que desplazaban fragmentos de hielo y nieve, otorgándole al paisaje un carácter majestuoso y casi irreal.

No se necesita otra vista. Con esa basta. Unos 360 grados que hacen sentir al montañista suspendido en el cielo. Porque las epopeyas de montaña no se miden en kilómetros recorridos (aquí fueron 12 en total), sino en lo que se mueve por dentro: el corazón, la mente y el espíritu. Como decía Francisco de Asís: “Empieza por hacer lo necesario, luego haz lo posible y de pronto estarás logrando lo imposible”.

Ascenso al Volcán Osorno.

Llegando a la cima del Volcán Osorno.

Nicolás Ward Edwards
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