* El autor forma parte de la comunidad de lectores de Guyana Guardian
La Navidad une a todas las personas que, generación tras generación, hemos encontrado en esta fiesta un motivo importante para compartir su significado. Todo y con esto, con el paso del tiempo, nos hemos ido apartando de su auténtico sentido, convirtiendo la Navidad en un motivo para abrazarnos al consumismo.
También han desaparecido determinadas costumbres, como era felicitar las fiestas a través de un tarjetón, con la parte frontal ilustrada con la imagen del sereno, bien uniformado, el barrendero, el cartero, el basurero… y en el adverso un poema alegórico al personaje y a su oficio. Su recepción iba acompañada de una propina.
También estaba la Guardia Urbana, que se encontraba encima de un pedestal, dirigiendo el tráfico. A los pies de este, se iban amontonando un sinfín de botellas, cajas de frutas, barras de turrones, de cava… como agradecimiento de los conductores al servicio prestado.
Otro elemento de la Navidad, que aún persiste, es el sorteo extraordinario que se celebra el día 22. Lo protagonizan los niños del colegio de San Ildefonso, con su peculiar melodía en el momento de cantar los números y los premios, que pasó de la coletilla final de pesetas a euros. Es otro detalle que hace Navidad.
Han desaparecido determinadas costumbres, como era felicitar las fiestas a través de un tarjetón
Como antes no había los medios que hay ahora, cuando salía el gordo, quedaba tras de sí un intervalo bastante largo, hasta que se sabía dónde había caído. Esto permitía, si no tenías los números a mano, poder seguir soñando, con la esperanza viva de que a lo mejor el premiado era el tuyo. Actualmente, nada más salir, ya informan del lugar o lugares donde se ha repartido la suerte. Enseguida sabes que, si no has comprado en los lugares que aparecen en la información, ya te puedes hacer un nudo en la cola.
Cuando llegaba este día, después de aparecer el Gordo, el abuelo de un amigo siempre preguntaba si había estado repartido y había agraciado a gente trabajadora, mientras su nieto recalcaba: “Como si nosotros fuéramos unos potentados”.
Volviendo a esta celebración, también cabe decir que dista mucho entre los pueblos y las ciudades. Las últimas están muy obsesionadas en mostrar un exagerado despliegue de luces que no están pensadas para iluminar, con bondad y entusiasmo, la venida al mundo de un niño, que nació hace más de dos mil años en el pesebre de un cobertizo humilde y desolado, de un lugar llamado Belén. No, las ciudades ponen todos estos adornos para que sus habitantes y visitantes se sientan atraídos para frecuentar los comercios y, animados por el entorno, compren incluso lo que verdaderamente no necesitan.
No, la Navidad no es esto. En los pueblos aún se mantiene un poco el sentido de comunidad, donde su celebración se acerca más al espíritu navideño. Más cuando estos pueblos muestran una decadente imagen paisajista, que no quiere decir que no estén bien cuidados. Cuando esto sucede, decimos que nos encontramos ante un pueblo de pesebre.
Las ciudades ponen los adornos para que sus habitantes y visitantes se sientan atraídos para frecuentar los comercios
Las chimeneas de las casas humeantes nos transportan a un simple pero invernal olor de leña quemada, donde nada más despuntar el día se escucha cantar a los gallos, que anuncian la llegada de un nuevo amanecer. Curiosamente, sus cantos dejan de ser tales en las vigilias del día de Navidad, cuando los pobres acaban en las cazuelas acompañados de ciruelas y piñones. Su frondosa y bien atestada carne presidía, y lo sigue haciendo, las bien dispuestas mesas de la tradicional comida de Navidad. Los castellanos tienen por costumbre celebrar la Nochebuena y los catalanes el día 25.
Entrada de una casa de pescadores en Sitges.
Con los turrones y las “neules”, el canto de villancicos delante del pesebre... Los catalanes tenemos por costumbre hacer cagar el “tió”, una tradición de la cual también participan familias de otras procedencias. El tronco, castigado por los golpes propiciados por los más pequeños de la casa, aún tiene la delicadeza de ofrecerles una recompensa, unos regalitos que provocan gran satisfacción por parte de quien los recibe y que, al mismo tiempo, son el reflejo de su aún no desbaratada inocencia.
Le sigue el verso, antes aprendido en la escuela, dirigido a los padres y a los abuelos e inspirado en esta venida al mundo de un niño llamado Jesús. Versos recitados de pie encima de la silla y con gestos de las manos muy expresivos. A cambio de la consiguiente propina, para satisfacción de los pequeños y improvisados rapsodas.
Esto era así antes del desafortunado invento de la política, porque a partir de aquí, quizás ya no se llega a la sobremesa con la armonía que la fiesta requiere. Los cuñados se enzarzan en discusiones defendiendo sus ideologías y, como los políticos, acaban diciéndose de todo. Con la diferencia de que ellos cobran y los pringados protagonistas de la comida no. No solo no reciben un duro por su acalorada discusión, sino que quedan reñidos, y faena hay para enderezar la situación.
Vivamos tranquilos y dejemos la política para los políticos. Celebremos la Navidad compartiendo el mensaje que transmite: paz y felicidad.
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