* El autor forma parte de la comunidad de lectores de Guyana Guardian
Cada enero llega con la misma liturgia: uvas, brindis, abrazos… y una lista de propósitos recién estrenados que huelen a tinta fresca y a promesa rota. Comer mejor, ir al gimnasio, leer más, dormir antes, dejar el móvil. Los escribimos como quien firma un contrato consigo mismo, convencidos de que el simple acto de nombrarlos los hará reales, pero febrero siempre acecha, discreto y paciente, para recordarnos que la voluntad no vive de frases bonitas.
Los propósitos de año nuevo suelen nacer inflados de optimismo y morir por falta de raíces. No fallan por falta de deseo, sino por exceso de abstracción. “Ser mejor” no cabe en una agenda; “cambiar de vida” no se sostiene sin horarios, sin renuncias pequeñas, sin días grises. Nos prometemos resultados épicos sin aceptar los procesos humildes. Queremos el cuerpo de verano sin el invierno de constancia; la calma sin el ruido previo de aprender a parar.
Hay también una trampa social: los propósitos funcionan como una foto para compartir, no como un plan para vivir. Los decimos en voz alta para sentirnos alineados con el calendario, para empezar “como toca” y, cuando fallan, no los revisamos: los escondemos. Nos culpamos en silencio y esperamos al próximo enero, como si el tiempo fuera una varita mágica y no un espejo.
Quizá el problema no sea la falta de disciplina, sino el enfoque. Tal vez no necesitamos grandes promesas, sino acuerdos mínimos. Cambiar “leer treinta libros” por “leer diez minutos al día”. Sustituir “hacer deporte” por “caminar después de cenar”. Pasar de “dejar el móvil” a “no llevarlo a la mesa”. Menos épica, más práctica. Menos culpa, más continuidad. Y, sobre todo, aceptar que el cambio no entiende de fuegos artificiales. Empieza un martes cualquiera, sin aplausos; avanza a trompicones; se interrumpe; vuelve y no necesita enero para existir.
Este año, quizá el mejor propósito sea dejar de prometer y empezar a elegir. Elegir hoy, sin dramatismos. Elegir mañana, aunque fallemos. Porque los propósitos vacíos no fracasan por falta de ilusión, sino por olvidar que la vida no se transforma en un deseo anual, sino en decisiones pequeñas, repetidas y honestas.
¡Participa!
¿Quieres compartir tu mirada?
Los interesados en participar en La Mirada del Lector pueden enviar sus escritos (con o sin material gráfico) al correo de la sección de Participación ([email protected]) adjuntando sus datos.


