Hay quien asegura que la belleza se ha extraviado, que la magia se ha agotado como una bombilla vieja y que el mundo ya no sorprende. Sin embargo, cada 31 de diciembre ocurre algo inexplicable: millones de personas, distintas y lejanas, miran el reloj con el mismo temblor en el pecho y esperan; esperan juntas un nuevo comienzo, nuevos propósitos y una nueva vida llena de nuevas oportunidades.
El año se despide cargado de titulares, de noticias que pesan, de miedos que no siempre elegimos. No controlamos los temblores de la tierra ni las tormentas del cielo, tampoco el ruido constante que nos distrae de lo importante, pero sí controlamos gestos pequeños y poderosos: una llamada a tiempo, un perdón que libera, un abrazo que repara, una promesa íntima de hacerlo un poco mejor mañana...
La Nochevieja no es solo una frontera en el calendario, es una tregua. Un instante suspendido en el que aceptamos que el pasado ya no se puede cambiar y que el futuro todavía está dispuesto a escucharnos. Es el momento en el que entendemos que empezar de nuevo no es olvidar, sino aprender; no es borrar, sino escribir con más cuidado.
No controlamos las malas noticias del año, pero sí los gestos pequeños y poderosos
Cuando suenan las campanadas, no pedimos milagros imposibles, sino que pedimos sentido, compañía, amor (ya sea en forma de familia, de amistad, de esperanza compartida…). El amor como decisión cotidiana, como fuerza silenciosa que convierte un mundo a veces hostil en un lugar habitable.
Quizá la magia no esté perdida. Quizá simplemente cambie de forma… Tal vez se esconde en esa costumbre tan humana de reunirnos, brindar y creer que, aunque sea por una noche, lo mejor todavía está por llegar. Porque mientras exista la esperanza, mientras sigamos apostando por el amor, el año nuevo siempre tendrá algo que celebrar y alguien con quien hacerlo.
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