* El autor forma parte de la comunidad de lectores de Guyana Guardian
Una vez se han terminado las fiestas el mes de enero se nos presenta amenazador, vuelve la hora de la verdad. Porque hay por costumbre aplazar decisiones y trabajos. Decimos: “Ya lo haremos después de fiestas”, como si en este paréntesis las cosas, los problemas, se solucionaran solos.
También el mes de enero repercute en las nuestras economías, esto se debe que durante el periodo navideño quizás hemos gastado más de la cuenta. De aquí la expresión “la cuesta de enero”. Cuando, en realidad, todos los meses tiene su cuesta, hasta que no se cobra la nómina o la pensión. Una cuesta que parece más pronunciada a medida que los días pasan y se hace difícil llegar a final de mes.
La imagen típica que se producía al día siguiente de la festividad de los Reyes Magos, era la que las cámaras registraban a la entrada de los grandes almacenes. Con colas esperando que abrieran las puertas y hacer posible tener el honor de ser el primero en entrar. Una avalancha de presuntos compradores que acudían motivados por las rebajas.
Con el tiempo estas han quedado encubiertas por los anunciados de ofertas, promociones, descuentos de temporada… sin hacer explícitamente uso de la palabra rebaja, pero que todos estos anunciados las encubren, de aquí que ja no existen estas típicas aglomeraciones que se producían el día 7 de enero.
Las únicas tiendas donde prácticamente no había colas, en esta fecha concreta, era en las tiendas de comestibles. La gente empezaba el “régimen”, que también emplazaban para después de fiestas, o se recorría a lo que había sobrado después de tantas y abundantes comidas.
Esta poca afluencia de compradores en estas tiendas permitía, el que se dice, llegar y besar el santo. A diferencia de otras veces que la clientela llegaba y pedía su turno, con una pregunta sometida a un respetado orden de llegada: “¿Quién es el último?. Este detalle parece una simplicidad, pero la mayor de las veces propiciaba el principio de una conversación, con la persona que ofrecía la tanda.
Pues como casi todas las señoras que esperaban se conocían, y llevadas por su facilidad de palabra, podía suceder que una vez les tocaba el turno, estas se esperaba que fuera atendida la que iba a detrás, para poder seguir hablando si la conversación prometía.
Ahora con el turno impreso en el papelito, si hay mucha gente delante, uno se puede marchar para hacer otras gestiones y llegar con el tiempo justo para que tu número aparezca en la pequeña pantalla. Sin necesidad de mediar palabra con nadie.
Ahora, con el turno impreso en el papelito, ya no hay necesidad de mediar palabra con nadie en la cola
Una modalidad que se ha ido extendiendo en otros ámbitos, como, por ejemplo, en dependencias médicas o oficinas de tramites oficiales. En todos estos sitios también ha desaparecido la persona que te llamaba por tu nombre y apellidos. Hay que estar pendiente de la pantalla, que tu número coincida con el que aparece en esta, que a la vez te indica la puerta o la mesa a donde debes dirigirte. Pero para llegar a tener este número, antes, se ha de haber pedido cita previa.
Como pasa si tienes que hacer una consulta en una entidad bancaria, uno no se puede presentar sin antes haber solicitado la fatídica cita previa. Incluso para obtener cambio de moneda, si no se va el día y en la franja horaria establecida, no puedes cambiar nada. Incluso si quieres hacer un ingreso o un reintegro, el responsable de la entidad te aconseja que lo hagas a través del cajero. Un impedimento para las personas de una cierta edad, porque, muchas de ellas, no saben muy bien cómo hacerlo. Como dicen ahora, nos tendremos de poner las pilas, ya que en un tiempo no muy lejano el personal de las entidades bancarias será substituidos por máquinas. Y espabílate.
Todo esto, si no te ves en una urgencia, puede esperar. Pero cuando se acerca la hora de comer, no encontrar sitio para sentarse en una mesa, puede llegar a provocar la desesperación. Acostumbra a pasar cuando vas a viajar a un pueblo y, no sé porque, te piensas que estarás solo. Al llegar todos los pronósticos sobre la afluencia quedan desbaratados, delante de una gran multitud de gente que pensaba lo mismo que tú. Y lo malo es cuando el hambre se despierta y decides a abrir la puerta de un establecimiento de restauración, los responsables de los cuales se apresuran a salir a tu encuentro con la fatídica pregunta: “¿qué tiene mesa reservada?” Si la respuesta es negativa, “siéntate, levántate y buen provecho”.
Aunque dicen que las administraciones están mirando de suprimir la cita previa, veremos. Sin embargo, esto no va influir en el protocolo para conseguir una mesa en un restaurante. Si previamente no has hecho la reserva, malo. Incluso hay establecimientos que te piden un anticipo para formalizarla. Esto obedece que hay quienes reservan y después no sé presentan. Simplemente porque han cambiado de opinión. Tan poco que cuesta llamar para anular y así se pueden beneficiar otros comensales.
El bocadillo sigue siendo el recurso fácil, o la única solución posible delante la falta de no haber sido previsor. Con estas evidencias queda claro, que si no tienes cita previa, ni mesa reservada, da la impresión que no eres nadie. Como si fueras invisible.
¡Participa!
¿Quieres compartir tu mirada?
Los interesados en participar en La Mirada del Lector pueden enviar sus escritos (con o sin material gráfico) al correo de la sección de Participación ([email protected]) adjuntando sus datos.


