Del pantalón corto al pantalón roto

La Mirada del Lector

Antes no se llevaban largos hasta llegar a la edad adulta y la mayoría iban apedazados y con remiendos

Una joven con un pantalón tejano roto.

Una joven con un pantalón tejano roto.

Getty Images

* El autor forma parte de la comunidad de lectores de Guyana Guardian

En mis años de niñez prevalecía la costumbre de vestir pantalones cortos, invierno y verano, hasta que se llegaba a una edad en que los padres consideraban que los habíamos de llevar largos. Este cambio, de cortos a largos, significaba pasar de niño a casi hombre, por esto nos llenaba de satisfacción que esto se produjera. Qué lejos de la realidad, porque no se apreciaba mucho en el comportamiento, si bien se agradecía, sobre todo en invierno, poder llevar las piernas más abrigadas, a pesar que unos calcetines largos tapaban su desnudez, pero no era lo mismo.

Igual les pasaba a las chicas, ellas lo tenían peor, que habían de vestir con falda por siempre más. Hasta que adoptaron la moda de llevar, también ellas, pantalones. Se acabó tener de sujetar la falda cuando hacía viento, para evitar dejar al descubierto las intimidades.

Pero existía otra costumbre, en cuanto a la ropa, se tenía una para trabajar y otra para los días de fiesta, unas y otras duraban una eternidad, porque se aprovechaban al máximo y cuando se producía un desgaste en las partes de más roce, codos y rodillas, se le aplicaba un remiendo, ni más ni menos que un trozo de tela cosido encima de la parte desgastada y si, por las circunstancias que fuera, se desgarraba la prenda por otro sitio, la solución era la misma. La gente iba apedazada y era lo más normal del mundo, con tal se fuera limpio.

Este cambio, de pantalones cortos a largos, significaba pasar de niño a casi hombre, por esto nos llenaba de satisfacción

También hay que decirlo las mujeres, cuando se casaban, acostumbraban a quedarse en casa, antes se habían preparado para, se decía, saber llevar la casa. Una lástima porque la gran mayoría de ellas, de haber estudiado, hubieran podido desempeñar trabajos de responsabilidad, como afortunadamente ahora lo están haciendo.

Muchas, por no decir todas, dedicaban las tardes, después de lavar los platos y acondicionar la cocina, a zurcir la ropa. Algunas lo hacían acompañadas de la abuela de la casa. Porque, y esto era otra, la gran mayoría de las parejas que se casaban iban a vivir a casa de los padres, de una o de la otra parte, y unos y otros se debían de adaptar a la convivencia que esta decisión suponía i que en algunas situaciones no resultaba fácil. 

Mientras hacían estas tareas aprovechaban para escuchar la novela que retransmitían por la radio, cada día un capítulo, siendo las más famosas las del novelista Guillermo Sautier Casaseca, Y que mientras duraba la emisión se hacía el silencio entre las mujeres. Para enlazar, después, con el consultorio de la Elena Francis, dónde se ponían al descubierto las cartas que mandaban las oyentes, algunas hacían estremecer. La tal señora Francis, que no existía, siempre respondía con la misma obertura: “Querida amiga…”.

Antes la gente iba apedazada y era lo más normal del mundo, con tal se fuera limpio

Los tiempos han cambiado y las modas también y ya pocas, por no decir ninguna, se debe hacer su propia ropa. A diferencia también de cuando aquellas jovencitas fueron a aprender a coser en aquellos míticos y simpáticos talleres de modista. La gran mayoría se adaptaron enseguida al nuevo estilo, o nueva tendencia, que se resumía en un eslogan cien por cien afrancesado, pret a porter.

De esto, a ponerse de moda los pantalones rotos y que curiosamente se la han hecho suya más las mujeres que los hombres. Y da la sensación que cuando más desgarrados mejor. Tanto que sufrieron aquellas amas de casa cuando veían la tela esquinzada y se apresuraban a zurcir o apedazar. 

Ir hoy a la moda puede ser tan original como llevar los pantalones rotos o volver a los pantalones cortos que, mujeres y hombres, llevamos en verano y que tanto habíamos deseado, cuando los vestíamos, poder pasar a los largos. Será por aquello que cuando uno se hace mayor, dos veces niño. 

La lástima que, muchas veces, abusamos de estos detalles y no nos damos cuenta que según en que sitios y situaciones hay que vestir adecuadamente o lo que es lo mismo, con una cierta elegancia.

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