La suegra (o madre política)

La Mirada del Lector

Por mucho que intentemos endulzar el término con etiquetas, esta figura familiar tiene una fuerza propia

El exceso de injerencia en los problemas de pareja puede deteriorar las relaciones entre familiares políticos.

La suegra (o madre política),

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* El autor forma parte de la comunidad de lectores de Guyana Guardian

Ya estamos en las mismas: la palabra “política” se interfiere en un término que pretende ser de absoluta familiaridad. Soy el primero en sorprenderme por este añadido maternal que no hace otra cosa que enturbiar la honorabilidad de una señora tan respetable.

Aunque en nuestras costumbres, de vez en cuando, aparece el término o la comparación que define una situación concreta; por ejemplo, cuando decimos: “Parece que estés en casa de la suegra”. Una conclusión que obedece a un contexto específico: cuando uno se muestra despreocupado y, sin el menor rubor, se presenta sin el más mínimo decoro, como podría ser el estar tumbado en el sofá de cualquier manera.

Por otra parte, no encuentro la lógica a la expresión, pues en casa de la suegra uno suele estar más derecho que un palo; justo al revés de lo que el dicho sugiere. Uno se mantiene tieso y modosito para que ni la suegra ni el suegro se lleven una mala impresión del yerno.

Antaño, esto formaba parte de un protocolo estricto. Tras un tiempo de noviazgo, la novia advertía que sus padres querían conocerlo. Llegado el día, el pretendiente se presentaba en la casa familiar y era entonces cuando las buenas formas se hacían patentes: a nadie se le ocurría repantingarse en el sofá como Pedro por su casa. Era algo impensable. Por pura educación, las formas deben guardarse siempre.

Uno se mantiene tieso y modosito para que ni la suegra ni el suegro se lleven una mala impresión del yerno

En el momento de las presentaciones, todos se esmeran en mostrar su mejor faceta, siguiendo los cánones de lo que se aprende de ser educado. El objetivo principal es que el pretendiente cause una impresión inmejorable; incluso la futura suegra tiene el detalle de invitarlo a comer, esmerándose en los fogones. Como apuntaba, ambas partes deben estar a la altura de las circunstancias.

Superado este trámite, se entra en una etapa de normalidad en la que ambos pueden visitar sus respectivos hogares con libertad. Así, hasta que los rumores de boda cobraban fuerza y, si la relación prosperaba, se procedía a la petición de mano. En este acto, los padres del novio visitaban a los de la novia para formalizar el compromiso, un ritual que culminaba con el intercambio de regalos. El joven entregaba el anillo de prometida, sellando así un compromiso formal que daba paso a la planificación de los pormenores del enlace

Hoy en día, dado que muchas parejas se van a vivir juntos sin pasar por la vicaría ni por el juzgado, la petición de mano ha caído prácticamente en el olvido. No obstante, suele llegar un momento, especialmente con la llegada de los hijos, en el que conviene formalizar la unión.

Antaño, lo habitual era que el nuevo matrimonio se instalara en casa de los padres de alguno de los cónyuges. Se habilitaba una estancia y allí convivían durante años. El acceso a la vivienda ya era difícil entonces; comprar un piso era una quimera y los alquileres, por muy irrisorios que nos parezcan hoy, representaban un esfuerzo económico importante para la época.

Antaño, lo habitual era que el nuevo matrimonio se instalara en casa de los padres de alguno de los cónyuges

Esta convivencia compartida con los suegros no estaba exenta de riesgos, especialmente en la relación con la suegra. Cabe decir que no todas encajaban en el tópico; todo dependía del carácter y de la flexibilidad para aceptar las costumbres de la nuera. Aun así, la tensión era bidireccional, pues a veces era la nuera quien resultaba ser de armas tomar. En esos casos, por mucho que se tensara la cuerda, rara vez llegaba a romperse: la necesidad obligaba a ceder y ambas partes terminaban, por lógica, entendiéndose.

La suegra siempre es protagonista, ya sea por el simple placer de conversar o porque su ejemplo ha dejado una huella imborrable. Ocurría antes y ocurre ahora, especialmente cuando asumen el cuidado de los nietos. 

A menudo, el abuelo madruga incluso más que cuando trabajaba para recoger a los pequeños en casa de los hijos. Sea bajo el frío o el calor, el “abuelo canguro” traslada a los niños hasta la abuela. Y mientras ella se desvive por ellos, él sale de nuevo a encargarse de la compra. Al final, viendo sus nuevas obligaciones, parece que descansaban más cuando trabajaban.

Aun así, es una suerte que los suegros conserven esa vitalidad que los mantiene activos. Al fin y al cabo, a ellos también les ayudaron sus padres cuando querían disfrutar de un rato de ocio. Aquella convivencia de antaño tenía el beneficio de que no hacía falta desplazar a nadie y, al final del camino, los mayores se despedían en el mismo hogar donde habían nacido.

Eran otros tiempos. Por mucho que intentemos endulzar el término con etiquetas como “madre política”, la palabra “suegra” tiene una fuerza propia. Desde estas líneas, quiero rendir un sincero homenaje a todas ellas; se lo han ganado a pulso. Ojalá podamos contar con su presencia y su sabiduría durante muchísimos años más.

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