
La Diada como paréntesis
La Diada es un termómetro fiable para tomar la temperatura política de Catalunya. No sirve sólo para medir la fiebre partidista. También es de utilidad para calibrar los grados que marca el cuerpo de la ciudadanía. Y el hecho de que la de este año vaya a pasar nuevamente desapercibida en términos de impacto político, dice mucho y claro sobre cuál es en estos momentos la situación del teatro de operaciones catalán.
Durante los años de efervescencia del procés , esos que muchos recuerdan con añoranza y otros tantos con pavor, cada edición de la Diada significaba políticamente un antes y un después. Hoy su repercusión será nula, como en las últimas ediciones. Y mañana, si te he visto no me acuerdo.
Habrá una manifestación y acudirá mucha gente, pero la relevancia política será menor
Ni siquiera la sentencia del TSJC, que tumbó ayer el decreto del gobierno de Pere Aragonés que intentaba blindar el catalán en las escuelas, alterará la pax romana del momento. Lo que en otro tiempo provocaba un incendio, hoy apenas da para una hoguera. La Diada ha regresado al terreno de lo ordinario.
Habrá una manifestación, sí, y acudirá a ella mucha gente. Pero la relevancia política será menor. Ni siquiera en las cabinas de mando de los partidos independentistas van a moverse las agujas de los sismógrafos. Sentimentalidad al margen, la Diada es en estos momentos para ellos una jornada que hay que pasar, pero que no les ofrece oportunidad alguna de capitalización política.

Sólo la hiperactiva Silvia Orriols, la líder de Aliança Catalana, sueña con llevarse algo al zurrón. La de Ripoll, que debutará hoy en la manifestación de Barcelona, aún no ha entendido que para sus votantes potenciales esto tiene un valor secundario. Si hoy se quedara en casa comiendo tortell , la votarían más o menos los mismos, a condición de que siga insistiendo en catalán en su radical discurso antiinmigración y antimusulmán.
El socialismo ha ganado no sólo la Generalitat, también los términos en los que se maneja la conversación política en Catalunya y, en consecuencia, también aquellos en los que se celebra y lee la Diada. Con Salvador Illa al lado de los soberanistas en temas como la amnistía, la lengua o la financiación, al independentismo ya no le queda nada creíble y exclusivo que ofrecer. Que esto no se traduzca en un crecimiento socialista en las encuestas de unas hipotéticas elecciones catalanas no niega la mayor.
Es el socialismo, PSC y PSOE, quien marca las líneas del terreno de juego y quien mejor aprovecha las medidas del campo que él mismo ha dibujado. El campo por el que se corretea es el de una Catalunya autonómica que puede y debe mejorar algunos aspectos de su autogobierno y que ha de pelear institucionalmente por preservar su identidad sin descuidar la gestión de los asuntos sectoriales. Este marco está aceptado, de hecho es también en el que juegan ellos aunque con formas distintas, por aquellos que dicen oponerse a él desde el independentismo.
Así que la traducción ha de ser forzosamente una Diada como la que se celebrará hoy, la que se corresponde a la de una Catalunya que hace política en los despachos sin apenas prestar atención al Onze de Setembre. Lo que vendría a ser un paréntesis de veinticuatro horas de la película que se rueda en Madrid y que en la que todos los catalanes, piensen lo que piensen y voten lo que voten, tienen puesta fijamente la vista ahora.
Otra cosa es la institucionalidad de la fecha, los actos y festejos asociados a ella, los cortes de voz en los que algunos pedirán la luna y otros el sol, o la cifra final de la manifestación, organizada por Òmnium y la ANC.
No es que quitemos importancia a estas cuestiones. Simplemente las dejamos de lado para centrarnos únicamente en el impacto político de la jornada. Y este será nulo. La Diada ha regresado a lo que fue: una festividad en el calendario. Que esto haga llorar a unos y que otros, por el contrario, lo celebren, es cuestión aparte. Aquí solo revelamos.