Política

Nuestros mejores 40 años

Cuarenta años. Cuatro décadas desde que España –y con ella
Catalunya– inició un camino de transformación con la entrada en las Comunidades Europeas, la actual Unión Europea. Un momento histórico a partir del cual nuestro país emprendió cambios profundos que nos han aportado modernización, crecimiento y más justicia social.

Los datos son numerosos, abrumadores y no engañan, pero quizá hay bastante con una: en Catalunya, en estos cuarenta años, el PIB ha pasado de 35.437 millones de euros a 281.845 millones. A pesar de crisis y carencias, hemos sabido aprovechar el mercado interior y la redistribución solidaria de los fondos europeos para consolidar nuestra competitividad y capacidad exportadora. Los programas europeos han financiado infraestructuras territoriales, sanitarias, educativas o deportivas; han impulsado formación, investigación e innovación, y han transformado el tejido productivo.

El europeísmo no es ideológico ni retórico; es un antídoto contra conflictos y autoritarismos

Al mismo tiempo, el reconocimiento de la dimensión regional por las instituciones de la Unión ha permitido una participación catalana activa en los principales espacios europeos, que ha reforzado nuestra visibilidad e influencia en la toma de decisiones que nos afectan a todos.

Pero el balance no es solo estadístico, sino una constatación tangible de que Europa ha sido –y tiene que seguir siendo– el espacio natural para la prosperidad de Catalu­nya y de sus ciudadanos. No solo por lo que hemos vivido, sino por lo que está por venir.

¿Cómo serán los próximos cuarenta años? Ante las tensiones geopolíticas y los retos globales actuales –como nuestra seguridad ante peligros evidentes, la transición ecológica, la digitalización o la cohesión social–, la Unión Europea es nuestra principal garantía. Hará falta, eso sí, que sea capaz de adaptarse a este mundo nuevo, como ya lo hizo ante la pandemia, el Brexit o las consecuencias de la invasión rusa de Ucrania, con voluntad política y con los medios necesarios si quiere seguir siendo uno de los pocos lugares del mundo que combina tres ejes fundamentales: el progreso económico, el respeto a la democracia y a los derechos humanos y la dimensión social.

Integración europea y defensa de la democracia son inseparables, van de la mano. Lo saben las generaciones que vieron en el retorno a Europa la mejor protección de la libertad recuperada. Del mismo modo que ahora millones de ucranianos, georgianos y tantos otros europeos de la frontera este ven en la ban­dera de las doce estrellas un símbolo de paz, derechos y ­progreso.

Nos alertaba hace poco el presidente de la República Italiana, Sergio Mattarella, del hecho de que “debilitar la democracia significa debilitar Europa”, y nos advertía de que el riesgo de un retroceso general de la civilización se sube en el horizonte. El europeísmo no es ideológico ni retórico. Es un antídoto contra conflictos y autoritarismos. Lo tiene claro el Govern de la Genera-litat así como, sin duda, una gran mayoría de la sociedad catalana.

Lo mismo que Mattarella expresa desde el constitucionalismo europeo lo formula el catalanismo histórico desde una tradición pactista, plural y cívica. Ambos ven en Europa un marco civilizador, un escudo frente a las tiranías y un espacio donde la diversidad solo es viable si es democrática.

Que este 40.º aniversario sea de balance y celebración por el camino recorrido, pero sobre todo la ocasión de
expresar nuestra voluntad de contribuir a reforzar una Unión Europea que, si antes era necesaria, ahora
se ha vuelto indispensable.
Catalunya y sus instituciones estarán presentes, porque nuestro futuro va ligado al futuro de todos los pueblos europeos.

Etiquetas