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Samanta, agricultora, 28 años: “Hay hombres mayores que piensan que mi marido está detrás de todo”

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A sus 28 años dirige y gestiona un invernadero ella sola en un sector históricamente de hombres

Paco, agricultor que lleva toda la vida trabajando en el campo: “Cuando empecé, ganaba más dinero que ahora”

Samanta, agricultora, 28 años: “Hay hombres mayores que piensan que mi marido está detrás de todo”

Samanta, agricultora, 28 años: “Hay hombres mayores que piensan que mi marido está detrás de todo”

Agrolife

Ser agricultor sigue siendo, en pleno 2025, una tarea cargada de prejuicios cuando quien toma las decisiones es una mujer joven. Samanta tiene 28 años y gestiona un invernadero en Almería, uno de los epicentros de la agricultura intensiva en España. Sus vivencias reflejan que aún hoy en día es muy difícil ser reconocida como responsable plena en un sector históricamente de hombres.

No le creen cuando explica que dirige un invernadero ella sola

“Realmente mujeres en el campo siempre ha habido”, explica Samanta, “pero cuando tú dices: ‘Yo dirijo un invernadero’, la gente te cuestiona”.Esa reacción le genera una mezcla de incredulidad y machismo: “Eso lo dice un hombre y nadie le pregunta ‘¿en serio?’. Lo dice una mujer y no se lo terminan de creer”. Esas dudas se intensifican cuando quien tiene delante es una persona mayor, de 50 o 60 años, con décadas de experiencia en el sector.

En más de una ocasión ha escuchado comentarios que atribuyen su trabajo a un hombre cercano. “Hay gente que dice: ‘No, pues estará tu marido detrás de todo’”, cuenta. Ella lo aclara sin rodeos: su pareja le ayuda cuando puede, especialmente en tareas técnicas como arreglar un motor, pero “la que dirige la explotación y toma las decisiones soy yo”. De la gestión diaria, la planificación y la recolección se encarga ella, incluso cuando afirma que recolecta sola todo el invernadero, la gente que no se dedica al calabacín, como ella, no se la cren.

Samanta en su invernadero
Samanta en su invernadero

De pequeña no pensaba en ser agricultora

Su camino hasta la agricultura no fue vocacional desde la infancia. “Nunca decimos ‘quiero ser agricultor’ cuando somos pequeños”, admite. En su caso, el vínculo llegó a través de su madre, que emigró a España y trabajó durante años en invernaderos, de lunes a domingo, sacando adelante a la familia. Durante su etapa escolar, Samanta sentía cierto reparo al decir que su madre era agricultora, una profesión que entonces percibía como “algo inferior”. Hoy, esa visión ha cambiado radicalmente.

Con el paso del tiempo, ha aprendido a valorar el esfuerzo físico, la constancia y la responsabilidad que implica trabajar la tierra. “La gente que trabaja en el campo tiene un mérito muy grande”, afirma. Entender esa labor que hacía su madre y que ella no se daba cuenta forma parte de un proceso que ha concedido con su propio crecimiento profesional, en un entorno donde parece que debe demostrar el doble para ser tomada en serio.

Los datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación no engañan y dejan muy claro que las mujeres siguen muy poco representadas en los puestos de dirección agraria y que se enfrentan a mayores barreras de reconocimiento y acceso a recursos que los hombres. De hecho, las mujeres suponen solo el 26,3 % de la población activa agraria en España, y sus explotaciones suelen ser más pequeñas y con menor competitividad económica. Por eso, perfiles como el de Samanta ponen de manifiesto esas barreras y visibilizan que hay un cambio generacional en marcha, que es lento pero constante.

Eso sí, Samanta no busca idealizar su trabajo y lo define como duro, exigente y poco romantizado. Pero también como una actividad que le llena y a la que no renunciaría. “La pruebas y te gusta tanto que dices: no quiero ser otra cosa”. 

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