Marc Bolaños, con 24 años de edad, un nacional de España que vive en Australia: “Aquí limpiando platos se vive tranquilo; en España, con carrera, se vive al día”
Experiencia
Tras concluir su formación universitaria y un posgrado, optó por iniciar una nueva etapa en Australia para renovar su entorno personal.
Cambió la seguridad por lo desconocido y halló una parte de su personalidad que ignoraba.

Marc Bolaños, con 24 años de edad, un nacional de España que vive en Australia: “Aquí limpiando platos se vive tranquilo; en España, con carrera, se vive al día”
Tu historia
Españoles en el extranjero
Desde Guyana Guardian buscamos narrar tu historia en distintas regiones. ¿Has salido de España porque tu empleo está más apreciado en el exterior? ¿Te has desplazado a otros territorios por una relación? Si has transformado tu realidad lejos de tu tierra, mándanos un mensaje a [email protected]
A la edad de 24 años, Marc Bolaños optó por una vía que un número creciente de jóvenes medita en privado, si bien pocos logran materializar auténticamente: alejarse del bienestar, la certidumbre y lo familiar para emprender una nueva etapa a más de 15.000 kilómetros de su tierra. Licenciado en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad de Barcelona y contando con un máster en Marketing y Gestión Comercial, su futuro se percibía nítido y muy anticipable: una trayectoria profesional constante, un puesto de trabajo, turnos definidos y una paz considerable.
No obstante, hace cuatro meses emprendió su viaje hacia Australia. En dicho país ha laborado aseando viviendas, realizando repartos, armando mobiliario, preparando cafés de madrugada y brindando atención en hoteles de gran categoría. Conforme explica para Guyana Guardian, no consistió en una elección espontánea o idílica. Fue un requerimiento. Y, de manera imprevista, el arranque de una evolución personal que ahora define con una sentencia tan básica como poderosa: “En cuatro meses he madurado más que en 24 años”.
No partir para trabajar, sino con el propósito de transformarse.
Buscaba una transformación profunda al no sentir
Lo más impactante del relato de Marc no reside en Australia. Radica en la etapa personal que atravesaba al partir. Previo a embarcar, venía de una temporada complicada: finalizó su convenio de becario, se encontró desempleado, dejó de sentir pasión por el fútbol y sufrió quiebres sentimentales de relevancia. A estos sucesos se añadió el fallecimiento de un pariente muy íntimo.
“No hubo un detonante concreto, fue la acumulación de cosas”, comenta. “No estaba a gusto conmigo mismo y necesitaba darle un cambio radical a mi vida”. Australia surge de tal forma como un nuevo capítulo, una ocasión de medirse a sí mismo distante de lo habitual, careciendo de protección o auxilio cercano. “Quería conocerme de verdad, volver a encontrarme y ver hasta dónde podía llegar estando solo, solucionando mis propios problemas”, señala.

Del entorno laboral al alimento de cada día
Al emigrar, toca aceptar cualquier empleo para sobrevivir
La transformación se percibe desde la jornada inicial. Marc procedía de un entorno administrativo, pasando ocho horas diarias ante una computadora. Australia lo situó pronto frente a una situación distinta: desempeñarse en cualquier labor necesaria para costear la renta, los alimentos y el traslado, enfrentando desembolsos cada semana y escasas opciones de elección.
“Llegas a un país donde tienes que aceptar cualquier trabajo para poder sobrevivir. No puedes ser exquisito”, sintetiza. Y admite cualquier oferta: el aseo de viviendas, el ensamblado de mobiliario, laborar de mozo o vendedor. Cualquier tarea es legítima si el fin esencial es sobrevivir.
Esa colisión vincula a toda una generación que se ha instruido y preparado, pero que aun así encara la incertidumbre. “Aquí todo lo que te sale lo coges, porque si no, no llegas”, señala. Y a lo largo de esa vivencia, advierte algo imprevisto: que puede lograr mucho más de lo que imaginaba.
Trabajar y vivir: el conocimiento que lo revoluciona todo
Se vive mejor fregando platos fuera que
Llega un instante en que lo vivido deja de ser meramente íntimo para volverse sistémico. Marc inicia el cotejo. Y los datos son evidentes. “Limpiando casas cobraba 35 dólares la hora”, narra. Según el cambio, aproximadamente 20 euros netos. El nivel de gastos, sostiene, resulta muy parecido al de España. “La diferencia está en los salarios”, reitera.
“Aquí una persona limpiando platos vive muy tranquilamente. En España, incluso con carrera universitaria, se vive al día”, asegura. Dentro de Australia, los empleos elementales facilitan el ahorro, los viajes y el reposo. “Y los estudios universitarios no solo se valoran, se recompensan”, agrega.

“Aquí el esfuerzo de estudiar tiene retorno. La gente con títulos puede tener una vida muy cómoda. De hecho, aquí es más fácil convertirse en millonario” manifiesta, asombrándose al constatar la transformación del bienestar diario cuando la actividad laboral deja de ser una lucha incesante frente al cronómetro.
Aprender a estar solo
Pasó de temer a la soledad a disfrutar
Pese a ello, el auténtico momento de cambio no se produce mediante el empleo o los ingresos. Aparece de forma silenciosa. “El momento clave fue cuando empecé a disfrutar de estar solo”, admite. Marc procedía de un entorno muy social: un núcleo familiar estrecho, amistades permanentes y hábitos comunes. Australia le fuerza a realizar prácticamente todo por su cuenta: desempeñar su labor sin compañía, ejercitarse sin nadie y regresar al hogar de manera individual.
Inicialmente, el aislamiento representaba su temor principal. Con el paso de los días, se transformó en su lección más valiosa. “Pasé de no saber cocinar ni planchar a hacerlo todo por mí mismo. Aprendí a ser completamente independiente”, relata. Y durante esa evolución, ocurre una transformación interna. “En cuatro meses he madurado más que en 24 años”, afirma con total sinceridad. Se percibe con mayor confianza, aptitud y claridad sobre su propia valía. Halla que es capaz de solucionar dificultades, ajustarse y progresar de forma independiente.
Marc no mitifica lo vivido ni lo promociona como un método infalible. Admite la dificultad, el pavor y el desamparo. Sin embargo, destaca la nitidez que aparece cuando lo irrelevante se desvanece. No se centra en vínculos estrechos ni en hazañas legendarias. Trata sobre una cuestión mucho más privada: “La conexión más importante que he hecho aquí ha sido conmigo mismo”.

