Marta Rallo, antropóloga nacida en una aldea de 25 habitantes: “Hay menos hospitales y residencias; la crisis de los cuidados la asumen las mujeres”
Nuevas visiones
La especialista habla sobre el patriarcado en entornos rurales en su trabajo de final de máster llamado “Les protagonistes silenciades de la ruralitat”
Forma parte del proyecto Dones Transformadores de la Delegació del Govern de Lleida, que busca visibilizar el rol femenino en áreas agrícolas y rurales

La antropóloga Marta Rallo

La antropóloga Marta Rallo Arnau nació en una pequeña aldea de Lleida de tan solo 25 habitantes llamada Coscó. A raíz de su trabajo de fin de máster en políticas sociales y acción comunitaria sobre género, asociacionismo y transporte, la especialista publicó Les protagonistes silenciades de la ruralitat, un trabajo que busca dar visibilidad a la situación de las mujeres en ámbitos y zonas rurales.
Es una de las mujeres más jóvenes que han participado en el proyecto de Dones Transformadores de la Delegació del Govern de Lleida, cuya intención es dar voz a la presencia accionadora femenina en el entorno.
El estudio de Rallo está muy enfocado al 'agropatriarcado', un término que, tal y como ella misma relata, ya no le resulta del todo acertado. “Me di cuenta de que podía fomentar prejuicios sobre la ruralidad, agricultura y la pagesía ya existentes, así que lo enfoqué a 'patriarcado rural'”, cuenta la antropóloga en esta conversación con Guyana Guardian.
Un estudio de Marta Rallo
Las mujeres en zonas rurales
¿Cómo afecta el patriarcado a las mujeres rurales?
Creo que hay dos factores muy característicos. El primero es el de los cuidados. Históricamente, el rol de cuidar se ha adjudicado a las mujeres. En zonas rurales hay menos servicios públicos -residencias, centros de día, recursos asistenciales-, así que cuando se cuestiona ese rol y se habla de “crisis de los cuidados”, lo que muchas veces ocurre es que el trabajo lo asumen mujeres migrantes. Es decir, siguen siendo mujeres quienes lo hacen.
La carga mental sigue recayendo mayoritariamente en las mujeres
En el caso del cuidado de niños, sí que se ve más corresponsabilidad en parejas jóvenes, pero la carga mental sigue recayendo mayoritariamente en las mujeres. En el cuidado de personas mayores, muchas veces son mujeres migrantes quienes lo asumen, lo que implica una triple o cuádruple discriminación: por ser mujeres, por ser migrantes, por vivir en entornos rurales y por el racismo social e institucional.
¿Y el segundo?
El segundo factor es el transporte. En zonas rurales, el transporte público es escaso o inexistente, así que se depende del transporte privado. Es una necesidad, pero también un privilegio. No todo el mundo puede tener un coche por persona, pero en muchos pueblos casi es imprescindible.
Eso implica organizar desplazamientos constantes: llevar a personas mayores al médico, a los niños a la escuela o a actividades, hacer compras… Y esa gestión, sobre todo a nivel mental, suele recaer en las mujeres. El transporte es una cuestión de clase por el coste económico y de edad porque menores y personas mayores dependen de otros, pero también es una cuestión de género por quién asume esa organización.

¿Está esta situación relacionada con el éxodo rural?
Depende de cada persona y de su situación. Hay mujeres que aceptan el statu quo o que tienen privilegios económicos que amortiguan estas desigualdades. Recuerdo una entrevista en la que, después de mí, preguntaron a unas chicas si notaban el agropatriarcado y dijeron que no. Eran de clase social alta. La presión cambia mucho según la clase.
El éxodo rural también está muy influido por las oportunidades laborales y educativas. Quien quiere estudiar en la universidad muchas veces tiene que irse. La pregunta es quién vuelve y por qué. También es una cuestión de género y de identidad: muchas personas que cuestionan la orientación heterosexual o las normas de género han sufrido presión y han acabado marchándose.
Es algo común...
Cuando en charlas pregunto si las personas del instituto que no encajaban en la norma se han quedado en el pueblo, la mayoría de las veces la respuesta es que no. Sin embargo, ahora empiezo a ver adolescentes que se expresan con más libertad y que deciden quedarse. Puede que influya una mayor aceptación social y el papel de las redes sociales, que permiten encontrar referentes y comunidad sin necesidad de irse físicamente.
Tú, como mujer joven que nació en un pueblo de 25 habitantes, ¿cómo crees que eso te ha influido?
Tengo 28 años. En los pueblos hay una presión social muy fuerte, tanto en la forma de vestir como en los modelos de familia o de vida. Cuando un grupo empieza a hablar, aunque sea indirectamente, se generan normas sobre lo que se acepta y lo que no.
Pero, al mismo tiempo, en mi investigación entrevisté a chicas que habían vuelto al pueblo y muchas decían que la comunidad, que a veces puede ser negativa, también era un motivo para regresar. Conocer a los vecinos, compartir cuidados, la tranquilidad de poder dejar a tu criatura en la calle con más sensación de seguridad… Son espacios menos individualistas que la ciudad.

¿Te costó adaptarte a la ciudad?
No especialmente, pero sí noté diferencias. En el pueblo, cuando caminas por la calle, saludas. Aunque solo sea con una mirada o una sonrisa. En la ciudad, no. Me ha pasado sonreír a alguien por inercia y que se malinterprete, porque en la ciudad hay más anonimato e individualismo.
En el pueblo, por ejemplo, la reivindicación no suele ser poder caminar sola y tranquila por la noche, porque en general eso ya lo tenemos. Las necesidades feministas cambian según la realidad del territorio.
¿Cómo se puede revertir esta situación?
Es un cambio muy estructural. Evidentemente, más servicios de cuidados y mejor transporte ayudarían. Pero también creo que es importante crear espacios comunitarios entre mujeres, tanto físicos como simbólicos, donde compartir cuidados y apoyarnos.
Eso no siempre es fácil por horarios y desplazamientos, pero es clave. También es importante ocupar espacios de poder. Ahora empiezan a verse más alcaldesas en pueblos pequeños. Por ejemplo, en Vilanova de Bellpuig hay la primera alcaldesa mujer y ha impulsado proyectos como una guardería nueva, un centro médico, mejoras en las calles para hacerlas más caminables. Son decisiones que tienen en cuenta los cuidados en el día a día.
Cuando las mujeres ocupamos espacios institucionales, solemos incorporar esta mirada. También en organizaciones agrarias empiezan a aparecer mujeres en cargos de responsabilidad. No siempre implica cambios automáticos, pero abre la puerta a nuevas prioridades.


