Marina González, psicóloga en Alemania: “Echo de menos la calidez, pero en España me saca de quicio la improvisación”
Duelo migratorio
Su historia de adaptación en Alemania: nostalgia, identidad dividida y el aprendizaje de “vivir entre dos mundos”

La experiencia de empezar de cero en otro país y convivir con la sensación de no pertenecer del todo a ningún sitio

Düsseldorf. Invierno de 2012. Menos doce grados. Marina González, hija de padre español y madre alemana, acababa de aterrizar en Alemania con 25 años, una carrera recién terminada y la sensación (ingenua) de que estaba preparada para todo. Sin embargo, al poco de empezar a trabajar y quedarse sola en la habitación de un piso compartido, algo cambió. Durante meses, recuerda en una entrevista para Guyana Guardian, cada viernes se encontraba pensando lo mismo: “hacer la maleta y volver a Madrid”.
No era solo el frío. Era el silencio. La sensación de no comprender del todo lo que pasaba a su alrededor. Como jugar a un juego cuyas reglas nadie le había explicado. “Te cambian las normas y nadie te avisa”, señala. Y, de repente, lo que parecía una aventura se convirtió en una experiencia mucho más compleja: aprender a empezar de cero mientras todo lo que conocía quedaba atrás.
Tu historia
Españoles en el extranjero
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Lo que estaba viviendo tenía nombre, aunque entonces ella no lo sabía: duelo migratorio. Un proceso silencioso que mezcla nostalgia, culpa, rabia e incertidumbre. “No te da tiempo a echar de menos porque tienes que sobrevivir”, explica ahora, más de una década después, y ya convertida en psicóloga especializada en acompañar a otros migrantes.
Cuando todo lo conocido queda atrás
La llegada y el choque cultural
Marina, ¿qué recuerdas de tus primeras semanas en Alemania?
Llegar fue un choque enorme. Todo parecía familiar y, al mismo tiempo, completamente extraño. Cada día era como aprender a jugar a un juego con reglas que no entendía. Que no me habían explicado. No se trataba solo del idioma o del trabajo. Era la sensación constante de estar en un lugar que no terminaba de ser mi hogar.

¿Y cómo te sentiste frente a esa sensación de desajuste?
Al principio pensaba que era temporal, que pronto me acostumbraría. Pero había momentos, especialmente los viernes por la tarde, en los que solo quería hacer la maleta y volver a Madrid. No era un capricho: era un anhelo profundo de volver a lo familiar.
Hubo meses en los que cada viernes quería volver a Madrid
¿Cómo recuerdas hoy esos días?
Hoy lo veo con distancia y cierta ternura. Me doy cuenta de que esos momentos de nostalgia fueron el primer indicio de que estaba viviendo un duelo migratorio, aunque entonces ni siquiera conocía el término.
El “duelo migratorio” y la identidad dividida
¿Qué significa para ti el concepto de “duelo migratorio”?
Es asumir pérdidas mientras intentas adaptarte a cosas nuevas. Perder amigos, rutinas, la forma de relacionarte… todo mientras descubres que, aunque estés en otro país, sigues siendo la misma persona que dejó su vida atrás.
¿Notaste un cambio en tu identidad?
Sí, fue curioso. En España, mis amigos decían que era la alemana: organizada, puntual, seria. En Alemania, sin embargo, me sentía más española: impulsiva, habladora, improvisadora. Es como si nunca encajara del todo en ningún lado.

En España era la alemana. En Alemania, la española
¿Cómo manejaste ese sentimiento?
No puedes estar en dos lugares a la vez, y eso duele. Poco a poco aprendí a aceptarlo, a dejar de intentar encajar perfectamente y a convivir con la dualidad.
¿Qué consejo darías a alguien que se siente así?
Aceptar que este duelo existe y aprender a vivir con él. Cada persona lo siente distinto, y está bien. La clave está en no presionarse: se trata de encontrar tu propio ritmo y reconocer que echar de menos también forma parte del camino.
La búsqueda de hogar
¿Cómo lograste sentirte “en casa”?
Al principio, no sentía que mi habitación fuera mía; era solo un espacio donde dormir. Pero poco a poco fui haciendo pequeños cambios, adaptando el lugar a mis necesidades. Hasta que conseguí sentir que tenía un hogar. No fue un acto grandioso, sino muchas decisiones pequeñas que, sumadas, me hicieron sentir pertenencia.
Hasta que no hice bonita mi habitación, no sentí que tenía hogar
¿Crees que el espacio físico influye en la adaptación?
Absolutamente. No solo es una cuestión estética, sino psicológica: el entorno puede ser un ancla, algo que te recuerde quién eres y te dé fuerza para enfrentar lo desconocido.

¿Qué papel juega la rutina en ese proceso?
La rutina ayuda a sobrevivir, pero también a construir identidad. Aprender a organizar tu semana, tus compras, tus llamadas a casa, tus momentos de ocio… todo eso te da una sensación de control que es vital cuando estás lejos de lo que conoces. Es un duelo silencioso, pero también un aprendizaje constante.
Frialdad, improvisación y aprendizaje
Diferencias culturales y emociones encontradas
¿Qué diferencias culturales te impactaron más?
La planificación y la puntualidad en Alemania eran reconfortantes, pero me costaba la frialdad de las interacciones. En España, el calor humano me da seguridad, pero me sorprende la improvisación constante, el ‘ya veremos’.
¿Cómo aprendiste a vivir con esas diferencias?
Observando y aceptando. No se trata de juzgar. Se trata de adaptarse, de encontrar un equilibrio que funcione para ti, aunque implique reconciliar emociones opuestas.
En Alemania echo de menos la calidez; en España me descoloca el ‘ya veremos’
Aprender a empezar de cero
¿Qué te enseñó esta experiencia sobre empezar de cero?
Que es posible reconstruirse, pero que no es lineal ni sencillo. Hay nostalgia, frustración y momentos de vacío. Pero también hay aprendizajes, fuerza y creatividad para inventarte nuevas rutinas y relaciones.
¿Cómo ha influido en tu carrera?
Hoy me siento más fuerte porque aprendí a convivir con la contradicción de ser española en Alemania y sentirme alemana en España. Ese aprendizaje ahora me permite acompañar a otros en su propio duelo migratorio: un camino de pérdidas y hallazgos, de nostalgia y adaptación, en el que aprender a vivir con lo que extrañas puede enseñarte a encontrar tu hogar, donde sea que estés.
Si tuvieras que dejar un mensaje para quienes empiezan esta experiencia, ¿cuál sería?
Que se permitan sentir todo lo que venga. La nostalgia, la sorpresa, el cansancio… es parte del proceso. Y también que celebren los pequeños logros: entender la cultura, hacer amigos, sentir que tienen un hogar donde están. Al final, vivir entre dos mundos te enseña que uno puede aprender a sentirse en casa en más de un lugar, sin que eso reste cariño por lo que dejaste atrás.
