Javier Duque Albero, agricultor, 27 años: “En un día normal trabajo 10 horas diarias, pero para nada lo cambiaría por un trabajo de oficina”
Oficios
Javier heredó el oficio de su padre, quien le transmitió los conocimientos y la experiencia necesarios para trabajar la tierra

Con 27 años, Javier Duque disfruta de su trabajo mientras tiene la esperanza de que cada vez más jóvenes se animen a seguir sus pasos

A los 23 años, Javier Duque, originario de Fraella (Huesca), tomó la decisión que muchos jóvenes no se plantean: dejar atrás su trabajo de oficina para trabajar la tierra junto a su padre. Tras pasar un día en el campo se dio cuenta de que quería continuar con el oficio familiar. En una entrevista para Guyana Guardian, Javier habla de cómo ha sido su transición al campo, los desafíos y satisfacciones de ser agricultor; un oficio que confiesa que le ha llenado el corazón y que no lo cambiaría por ningún otro.
Javier también tiene que enfrentarse a algunos retos, como el relevo generacional en el sector primario, la presión de un mercado en el que no pueden fijar sus propios precios y la incertidumbre constante que marca el ritmo del campo. “Trabajo una media de entre unas 10 y 14 horas diarias”, cuenta.

Tiene solo 27 años y trabaja en el campo con su padre. ¿Qué le llevó a elegir este oficio?
La verdad es que nunca me había imaginado dedicarme a este sector, ya que en realidad estudié programación, pero tras trabajar en ello durante un año me di cuenta de que era infeliz. No era lo mío. Así que un día mi padre me propuso pasar un día con él en el campo, sin presión. Me encantó tanto la experiencia que al mes siguiente me hice autónomo.
¿Cómo fue la experiencia al empezar?
Al principio fue difícil, ya que no tenía ningún tipo de noción. Iba a los campos y no entendía nada. Pero poco a poco, rodeándome de buenos técnicos y de la experiencia de mi padre, fui aprendiendo. Con el tiempo, me ha pasado el relevo y ahora confía plenamente en mí. De hecho, suele decir que él es más bien un obrero y que yo soy el jefe, porque actualmente soy quien toma muchas de las decisiones. Es una gran responsabilidad, pero me motiva a seguir aprendiendo y a mejorar.
No vuelvo a un trabajo de oficina aunque me pusieran un sueldo de 4.000 euros fijos; soy muy feliz como agricultor
Mucha gente ve la agricultura como un trabajo poco atractivo para los jóvenes. ¿Se ha encontrado con prejuicios sobre este sector?
Al vivir en un pueblo pequeño, no me he encontrado con esa situación. Aun así, es verdad que desde fuera puede percibirse como un oficio antiguo, cuando en realidad ocurre todo lo contrario. Es una profesión con tecnología superpuntera, donde no se toman decisiones a la ligera, porque cada paso es muy técnico y necesario. El sector primario trabaja siempre en silencio: vivimos en la incertidumbre y aparecemos en pocos titulares, pero al final somos quienes damos de comer, día a día, a toda la población.
¿Cree que ahora las nuevas generaciones valoran más quedarse en su lugar de origen?
Sí, totalmente. Si te vas a Madrid o Barcelona, puede sorprender que haya decidido quedarme en casa. Pero creo que cada vez más los jóvenes empiezan a valorar más sus raíces; ya no pesa tanto el sueño de ir a la gran ciudad. Nos hemos dado cuenta de que quizá la felicidad no está en un despacho en Madrid, sino en estar cerca de tu familia, volver a tu pueblo y seguir vinculado a tus amigos de siempre.
Todo ha subido y nosotros seguimos vendiendo al mismo precio que hace veinte años
¿Cómo es un día normal para usted en el campo?
Lo primero que hago es ir a la oficina a revisar que no haya notificaciones, ya sean de Hacienda o relacionadas con la actividad agraria. Después, según la jornada, toca reparar maquinaria en el almacén o salir a las parcelas: sembrar, abonar o revisar si han salido malas hierbas. Ningún día es igual y eso es precisamente lo que más me gusta. En una jornada habitual puedo trabajar entre 10 y 14 horas. Los meses más intensos suelen ser julio y agosto, mientras que en enero y febrero resultan algo más tranquilos. Además, nuestra labor depende en gran medida del tiempo.
¿Qué es lo que cultiva principalmente?
Nos dedicamos sobre todo a la cebada y al maíz. Son días duros con muchas horas de dedicación, aunque la recolección la realiza una máquina. Con el calor no es agradable pasar tanto tiempo trabajando, pero por suerte la tecnología ha avanzado y muchos tractores cuentan con aire acondicionado y cabina cerrada. Nada que ver con lo que vivieron nuestros abuelos; ellos fueron quienes realmente soportaron las condiciones más duras.
¿Cuál es la parte más dura del trabajo agrícola que la gente no suele imaginar?
Una de las partes más complicadas es que no decidimos el precio de lo que vendemos y mucha gente no lo sabe. Muchos agricultores viven con esa presión. Trabajamos durante meses para sacar adelante la cosecha y, cuando llega el momento de comercializarla, el importe lo marca el mercado. Ese valor puede permitir obtener beneficios o pérdidas.
Si tienes la suerte de tener muchas tierras o encadenas buenas temporadas, puedes esperar antes de vender. Pero la realidad es que a muchos solo les queda aceptar la cifra establecida. De ahí surgen muchas protestas: el pan, la maquinaria o el combustible han aumentado de precio, y nosotros seguimos vendiendo al mismo precio que hace 20 años.

¿Y qué es lo más bonito o gratificante de trabajar en el campo?
Para mí hay dos aspectos fundamentales. El primero es poder compartir el día a día con mi padre. Tenemos una relación muy buena y casi nunca discutimos. Poder aprovechar su experiencia y compartir tantas horas juntos es un privilegio. El segundo es la satisfacción de ver que una cosecha sale adelante gracias a una decisión propia. Cuando compruebas que esa elección ha dado resultado, la sensación es difícil de explicar. Es algo que no se paga con dinero.
La agricultura, siendo un trabajo manual, ¿ha cambiado mucho con la tecnología?
Gracias a la tecnología hemos podido producir más y con mayor eficacia. Aun así, no debemos olvidar que sigue siendo un oficio tradicional que requiere esfuerzo y dedicación. Para mí, siempre será especial. Por eso no volvería a un trabajo de oficina aunque me ofrecieran un sueldo de 4.000 euros mensuales. Este camino me ha cambiado la vida y no podría sentirme más satisfecho.
¿Cómo ve el futuro del campo?
Lo veo complicado porque el sector está infravalorado. Además, dedicarse a esta actividad implica asumir muchos sacrificios. Por ejemplo, en verano, apenas veo a mis amigos debido al volumen de trabajo. Tampoco puedo organizar las vacaciones con mucha previsión, ya que dependemos del clima y de cómo evolucione cada campaña. Sin vocación, resulta muy difícil mantenerse en esta profesión. Aun así, soy optimista y confío en que, si las condiciones mejoran, más personas apostarán por este maravilloso oficio.

