'Más que rivales': sexo gay contra el algoritmo
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En febrero se estrena en España el fenómeno de la temporada, una serie sobre el romance entre dos jugadores de hockey profesionales

La serie canadiense está protagonizada por Hudson Williams y Connor Storrie

Antes del minuto 15 del capítulo uno, Heated rivalry ya ha empezado a entregar lo que promete: escenas de sexo gay mucho menos tímidas de lo que se suele ver en televisión. Ese es sin duda uno de los ganchos, pero a la vez uno de los motivos que hacían de su éxito algo tan improbable.
La serie canadiense sobre el romance entre dos estrellas del hockey llegará a España el 5 de febrero a Movistar Plus+ como Más que rivales y convertida ya en un fenómeno global. Pero empezó su camino hace apenas mes y medio como una cosa mucho más modesta. Basada en una saga de novelas románticas nicho de Rachel Reid, el creador de la serie Jacob Tierney se paseó por varios estudios y plataformas con la idea de adaptarlas.
Algunos ejecutivos le dijeron que faltaban personajes femeninos relevantes, otros que tenía que bajar el tono de las escenas de sexo y que los dos protagonistas principales, Shane Hollander (Hudson Williams en la serie) e Ilya Rozanov (Connor Storrie), estrellas respectivas de los equipos de hockey de Canadá y Rusia, no debían consumar su pasión hasta la segunda temporada.
Finalmente, Tierney, actor y guionista que debutó en la televisión canadiense con solo seis años, sacó el proyecto adelante en Crave, una plataforma de su país que apenas tiene cuatro millones de suscriptores, y consiguió en el último minuto un acuerdo con HBO para que la serie se viera en Estados Unidos. El día de la première, que se celebró en un modesto pabellón de la universidad pública de Montreal, nadie podía adivinar que esa serie sin actores famosos (el más conocido es François Arnaud, visto de las película de Xavier Dolan, que interpreta a un veterano del hockey enamorado de un barista) ni alto presupuesto terminaría compitiendo en términos de relevancia con los dos grandes estrenos de la temporada, IT: Bienvenidos a Derry el final de Stranger things .
La tórrida serie canadiense fue rechazada por varios estudios y plataformas por desafiar las métricas de Hollywood
El éxito de la serie se explica también como un fracaso del algoritmo, o de la manera algorítmica de hacer las cosas, que es la que ha dominado la industria audiovisual en la última década: Puesto que X triunfa, generemos más de X, siguiendo siempre la métrica adecuada, y hasta que el mercado se sature de X. La coach de actores Anna LaMadrid lo resumía así en su newsletter, Put me on selftape : “Los datos hubieran rechazado Heated rivalry. Tema nicho. Cero estrellas, alto riesgo. Y los datos se hubieran equivocado”. El crédito más importante de Connor Storrie, que da vida a Rozanov con un acento ruso bastante convincente pese a no haber pisado jamás el país, era el de “preso número 12”, sin diálogos, en Joker: Folie à deux .
Los analistas de la industria comparan el fenómeno con las ficciones coreanas que triunfan en Netflix, las microseries chinas y otras fórmulas que se le están escapando a Hollywood y a las grandes plataformas estadounidenses por su obsesión con la optimización y la cultura del IP, es decir adaptar solo productos que ya son muy conocidos y nunca arriesgar más de lo debido.
Quienes han aupado la serie, y la han sobreanalizado y memeificado, son principalmente hombres gays y mujeres heterosexuales, la habitual alianza que empuja cualquier producto de consumo. “He descubierto que soy un hombre gay”, reza la broma más habitual entre mujeres enganchadas a Heated rivalry . En realidad, no es algo nuevo. En la creciente industria de la audioerótica, el romance entre hombres es uno de los géneros más demandados entre mujeres y en las comunidades fan fiction ya hace décadas que se estableció esa preferencia. Ahora el éxito de Heated rivalry ha popularizado el término japonés “fujoshi”, que se refiere a las mujeres heterosexuales que consumen yaoi, novelas y manga erótico entre hombres.

La propia autora de las novelas, Rachel Reid, seudónimo de Rachelle Goguen, especulaba en una entrevista en Slate sobre los motivos. Por un lado, el hecho de que a muchas mujeres les excita esa imaginería y por otro lado, que “puede existir un deseo hacia hombres emocionalmente vulnerables que no van a dañarlas, o tener la sensación de que las dinámicas de poder están más equilibradas en una relación gay”. Otro artículo, en The Cut , concluía: “a estas alturas, es difícil convencer a las mujeres de que una relación heterosexual constituye un final feliz”.
Entre el público gay, la serie, que transcurre entre 2008 y 2017 (hay un punto de inflexión en los juegos olímpicos de Sochi, en Rusia, en 2014), ha generado un debate generacional. La audiencia queer más joven no termina de ver convincente que sea tan problemático para unos atletas de primer nivel, uno de ellos ruso, salir del armario. Y sus mayores les están contando que, de hecho, la homofobia sigue campando dentro y fuera del mundo del deporte.
En Rusia, de hecho, la serie se está viendo pirateada. El escritor y periodista ruso afincado en Estados Unidos Mikhail Zygar, opuesto al régimen de Putin, escribe en Vanity Fair sobre el atractivo de una serie que el Kremlin calificaría de “propaganda LGTBQ+”. “ Heated rivalry me afecta, como hombre gay ruso, porque Ilya, al que interpreta Connor Storrie, no es un gangster ruso con un abrigo de pieles, es decir el tipo de ruso que sueles encontrar en películas de Hollywood, solo es un ser humano traumatizado por una niñez difícil”.
Sosteniendo todo ese debate y exégesis, hay una serie que no es precisamente Succession ni The Pitt, ni lo pretende. Es decir, un producto de estética telenovelera y con diálogos a veces sonrojantes, que cumple con todas y cada una de las convenciones del género romántico, incluido el final. Pero que aporta algo que extrañamente es una anomalía en 2026, escenas de sexo explícitas, en las que el ángulo de la cámara tiene una colocación milimétrica para no caer en el porno. Jacob Tierney ha explicado que quería llevar el montaje de esas secuencias tan lejos como le permitiese la televisión generalista –ahí el pasaporte canadiense juega a favor: una plataforma de Estados Unidos hubiera bajado la llama–, y eso también ha resultado antialgorítmico, puesto que los datos del sector llevan años diciendo que la Generación Zeta no quiere sexo en sus pantallas.
Como resultado, la coordinadora de intimidad de la serie, Chala Hunter, está disfrutando también de sus minutos de fama. Su papel ha sido fundamental en el desarrollo de una serie en la que, como dice el propio creador, “los protagonistas no hablan mucho. Follan y se envían mensajes de texto. Eso es todo lo que hacen”. Por cierto, tampoco juegan mucho al hockey.