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Crítica

'Salvador' cuenta la odisea de un conductor de ambulancia que descubre que su hija es neonazi y pega palizas callejeras

Luis Tosar empieza así el día... y todo solo irá a peor.

Luis Tosar empieza así el día... Y todo solo irá a peor.

JAIME OLMEDO/NETFLIX

Salvador Aguirre (Luis Tosar) antes era médico. La adicción al alcohol hizo que perdiera la casa, la familia y la licencia para ejercer su profesión. Ahora trabaja como conductor de ambulancia y tiene alquilada una habitación en un piso donde solamente viven inmigrantes. Lleva una vida gris, consciente de que su mujer falleció antes de rehacer su vida y que su hija no lo quiere ni ver. Pero hoy, en el primer episodio de Salvador de Netflix, este purgatorio existencial se transformará en un infierno.

Los hinchas de un equipo de Marsella están desembarcando en Madrid y los White Souls, una asociación neonazi, quiere utilizar el fútbol como excusa para propagar la violencia por las calles. Esto llevará a Salvador a encontrarse con Milena (Candela Arestegui), su hija, y descubrir que forma parte de los neonazis que orgullosamente tiran cócteles molotov, agreden a indigentes negros o pegan palizas a cualquier persona con rasgos árabes. En medio del caos, intentará salvar a su hija mientras tiene que socorrer a sus víctimas.

Salvador es un médico caído en desgracia por culpa del alcohol que, de repente, descubre que su hija es una neonazi.
Salvador es un médico caído en desgracia por culpa del alcohol que, de repente, descubre que su hija es una neonazi.JAIME OLMEDO/NETFLIX

Salvador es inmersiva. A través de la mirada de Luis Tosar, se puede ver un odio visceral y reconocible cuando los White Souls, que son una especie de versión ficcionada de Hogar Social Madrid, suben a un autobús para intimidar a los pasajeros. Esa escena, que conste, solo es un aperitivo. Unos minutos más tarde se puede ver una maldad todavía más peligrosa por ser organizada.

Max (Alejandro Casaseca) es el jefe, Nacho (César Mateo) es la cara más impulsiva y agresiva y Carla (Leonor Watling) es la figura maternal y amable. A sus espaldas, Julia (Claudia Salas), neonazi convencida, colabora con la policía para recuperar a su hija, en manos de los servicios sociales. El guion de Joan Barbero no tarda en mencionar que son la punta de un iceberg que incluye a policías, jueces, abogados y políticos.

César Mateo, Leonor Watling y Claudia Salas, muy carismáticos como neonazis peligrosos.
César Mateo, Leonor Watling y Claudia Salas, muy carismáticos como neonazis peligrosos.JAIME OLMEDO/NETFLIX

La primera mitad de la temporada de Salvador es angustiosa. No solamente es la construcción de la tensión por parte de Daniel Calparsoro con sus movimientos de cámara y los destellos azulados como identidad cromática: es la presentación de un universo de ficción que funciona como disección realista del presente. Los neonazis, como personajes, requieren una presentación y una explicación. También muestra cómo, a través de convenientes acciones sociales, crean una fachada para transmitir su discurso.

Es inquietante, por lo tanto, ver a Salvador metiéndose en este círculo porque uno no sabe cómo saldrá de él (si es que decide salir), cargando con el sentimiento de culpa por haber abandonado a su mujer y a su hija y que ellas pudieran sobrevivir gracias a los neonazis.

Al entrar en la recta final, esta incerteza se disipa tomando las decisiones creativas y discursivas menos desafiantes, como si la realidad de repente fuera cristalina y fácil de interpretar. La aparición de Pedro Casablanc en un papel secundario insoportable y sobreexplicativo sirve como punto de inflexión reconocible. Pero, incluso optando por un mensaje tan subrayado, Salvador es una obra notable, por el desasosiego inicial y por mantener el ritmo y aguantar la trama hasta su última escena.

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