Las Claves
- Los seres humanos y grandes simios evolucionaron enzimas específicas para metabolizar el etanol hace millones de años facilitando su supervivencia.
- La producción deliberada de alcohol comenzó
Bien sea por el burbujeo del champán en la lengua, el gusto amargo de una cerveza empapando el paladar o el vino frutal coloreando los labios, el alcohol se manifiesta al momento. Al principio surge un suave escozor, un leve estímulo químico, cuando las delicadas membranas bucales integran una gota. Si no se ha ingerido alimento, el alcohol empieza a filtrarse al torrente sanguíneo en pocos minutos y, desde allí, alcanza prácticamente la totalidad de las células y tejidos del organismo.
La clave de su veloz movimiento reside en su composición química. El etanol, si empleamos su denominación técnica, constituye una partícula pequeña y dinámica. Posee una configuración de dos átomos de carbono y se disuelve en agua. Logra cruzar la barrera hematoencefálica de forma muy sencilla. Y es en ese instante cuando se inicia el entretenimiento.
Al penetrar en nuestra mente, el alcohol ha configurado el devenir de la humanidad, abarcando desde que nuestros ancestros bajaron de las copas de los árboles hasta el surgimiento de las urbes actuales. No obstante, debido a que genera tanto sufrimiento y dolencias como felicidad y convivencia, el vínculo de los seres humanos con esta sustancia es inestable. Las cifras de ventas disminuyen en las naciones desarrolladas; hay quienes consideran que la ingesta mundial ya llegó a su tope. ¿Se aproxima el desenlace del festejo más grande de la historia? Resolver este interrogante requiere entender un lazo cuyas huellas químicas se detectaron inicialmente hace millones de años.
La bioquímica representa un excelente inicio. Debido a la toxicidad del etanol, casi todas las especies animales que lo ingieren terminan ebrias velozmente o intoxicadas. De manera extraordinaria, las personas poseemos un dúo de enzimas que lo expulsan tal como si fueran vigilantes de un club nocturno. Esta aptitud para metabolizar el alcohol posee un origen evolutivo muy antiguo.
Hace una decena de millones de años, un antepasado compartido por humanos, chimpancés y gorilas desarrolló una alteración genética que facilitó una metabolización del etanol mucho más eficaz. Dicha evolución biológica ocurrió simultáneamente con una transformación del entorno natural. Los bosques tropicales se encontraban en retroceso, según indica Robin Dunbar, perteneciente a la Universidad de Oxford. Aproximadamente el 90% de las especies de simios desapareció. Uno de los linajes logró subsistir al dejar las copas de los árboles para recolectar comida directamente en la superficie terrestre.
Al tiempo que los primates arbóreos consumían frutos frescos, aquellos que permanecían en la tierra hallaban piezas desprendidas en proceso de fermentación. De este modo, quizás nuestros ancestros adquirieron una preferencia por el alcohol, facilitando el aprovechamiento de tales aportes calóricos limitados. Dicha teoría del “mono borracho” plantea que la atracción hacia el aroma y el gusto etílico, señal de un alimento energético, otorgó beneficios a nuestros predecesores. El “veneno” que seleccionaban seguramente poseía una graduación baja. Una investigación acerca de frutos de palma silvestre muy maduros en Panamá no detectó ninguno con un nivel alcohólico mayor al 5 %, similar al de una Heineken.
En una época indeterminada, los seres humanos descubrieron cómo producir alcohol de manera deliberada. La evidencia física más antigua se remonta a cerca de 10.000 años atrás. En un asentamiento del neolítico ubicado en Jiahu, dentro de China, los vestigios hallados en recipientes indican que albergaban una versión arcaica de hidromiel combinada con vino de arroz y diversos frutos. Es factible que la fermentación alcohólica ocurriera bastante tiempo antes, tal vez empleando calabazas o cueros de animales.
La ingesta de bebidas alcohólicas facilitó que los grupos humanos primitivos se expandieran y conservaran su unidad.
El consumo de alcohol facilitó que las comunidades humanas se expandieran sin fragmentarse. Cuando una agrupación supera, por citar un caso, los 100 integrantes, los vínculos individuales directos resultan complicados de conservar. Se requieren herramientas sociales inéditas para fomentar la seguridad entre individuos que tal vez no posean un trato cercano. Dunbar afirma que aquellas ceremonias basadas en una embriaguez moderada pudieron haber colaborado en la unión de los colectivos sociales extensos.
Se han hallado múltiples evidencias de festines comunitarios en las civilizaciones antiguas. El consumo de alcohol refuerza diversos mecanismos que promueven la unidad del grupo: las risas compartidas (que los biólogos evolutivos definen como un tipo de canto coral), el canto, el baile, la narración de relatos y la asistencia a ceremonias religiosas. Cada una de estas prácticas estimula la segregación de endorfinas (del mismo modo que lo hace el alcohol). Identificadas como los opioides endógenos del encéfalo, las endorfinas producen estados de bienestar, gratificación y alivio de las tensiones. En dosis moderadas, este proceso disminuye el nerviosismo y suprime las barreras sociales.
El mecanismo de las endorfinas es capaz de elevar la tolerancia al dolor, sostiene Dunbar, además de fomentar una sensación de integración. De este modo, la ingesta colectiva de alcohol fortalece los vínculos comunitarios y ayuda a que las civilizaciones ancestrales colaboren, solucionen desavenencias y forjen pactos. Precisamente lo necesario para que conjuntos de residentes molestos mejoren su relación si, por poner un caso, apareciera una controversia acerca de si un individuo ha consumido una porción excesiva de la cosecha compartida.
Las bebidas alcohólicas además activan un par de neurotransmisores, la serotonina y la dopamina. Dicha acción nos inclina a mostrar una mayor sociabilidad. Conversamos con mayor frecuencia; las bromas ajenas nos parecen bastante más divertidas. Los compañeros potenciales se ven más interesantes (motivo por el cual surgen las “gafas de la cerveza”). Tan solo uno o dos tragos logran que el individuo que consume alcohol se perciba más agraciado ante alguien que no ha bebido. No se sabe con certeza la razón de este fenómeno. Una hipótesis afirma que la ingesta medida de alcohol provoca que la cara luzca un poco más radiante, algo que se asocia con un estado saludable. Una explicación distinta sugiere que una pequeña cantidad de alcohol mejora el ánimo de quien lo ingiere.
El alcohol también disminuye el funcionamiento de la corteza prefrontal, la región del cerebro encargada de la autopercepción y el juicio. Tal efecto nos vuelve menos analíticos y más impulsivos. A nivel global, la ingesta de alcohol motiva a la juventud a iniciar vínculos sexuales de forma precoz y con mayores peligros.
Las investigaciones actuales confirman la noción de que el consumo de alcohol fortalece los vínculos comunitarios. Los estudios de Dunbar revelan que quienes frecuentan una taberna de barrio poseen círculos de ayuda más extensos e íntimos, algo vinculado a un incremento en la plenitud personal y la salud general. Los nexos interpersonales firmes actúan como una barrera protectora contra diversos padecimientos psicológicos y corporales.
Por consiguiente, el desarrollo de la sociedad humana ha progresado al compás del chocar de las copas. En las remotas Mesopotamia, Egipto, Grecia, China, el imperio maya y múltiples regiones más, los individuos entregaban libaciones a las divinidades, realizaban festejos abundantes en alcohol para fortalecer los rangos políticos y compensaban a los obreros de las pirámides en cierta medida con cerveza.
La primera señal de que la humanidad empezó a elaborar bebidas con alcohol de forma intencionada se remonta a aproximadamente 10.000 años.
Edward Slingerland, perteneciente a la Universidad de Columbia Británica, afirma que el alcohol no fue meramente un complemento del avance, sino un requisito indispensable para el mismo. Su “hipótesis del borracho”, presentada durante 2021, sugiere que el impacto etílico sobre la corteza prefrontal del ser humano fomentó el surgimiento de comunidades extensas y jerarquizadas al facilitar que “primates ferozmente tribales cooperasen con desconocidos”. Los grupos humanos poseen tal complejidad y tal dependencia de la inventiva y el intercambio cultural de saberes que, de acuerdo con Slingerland, las personas no habrían logrado edificar la civilización sin antes alcanzar un estado de ebriedad necesario para integrarse y colaborar con una intensidad inusual en el resto de los seres vivos.
La medida en que el consumo de alcohol tuvo un impacto real continúa siendo un tema de discusión. Una investigación difundida por la publicación Humanities & Social Sciences Communications en julio de 2025 examinó 186 comunidades no industriales, encontrando un vínculo positivo leve entre la existencia de productos fermentados como la hidromiel, el vino y la cerveza y grados superiores de organización política. No obstante, dicha influencia se reduce al descartar el elemento distractor de la agricultura, la cual impulsa simultáneamente una integración política más profunda y la producción de alcohol. ¿Se encontraban ebrios los hombres primitivos por ser agricultores? ¿O alcanzaron la civilización debido a su embriaguez? Es probable que la controversia persista mientras se degusta una copa de sherry (jerez) académico.
Situándonos en el presente, el acceso al alcohol es bastante más simple que en los días en que nuestros predecesores buscaban bayas en descomposición. En la actualidad, con solo unos céntimos es posible fabricar en una planta industrial ginebra suficiente para ser letal para un adulto. Casi todos los estados establecen tributos altos para limitar su uso, aunque si estos resultan desorbitados, los ciudadanos se inclinan por el alcohol de contrabando.
Winston Churchill solía jactarse manifestando: «He obtenido más yo del alcohol que el alcohol de mí». No obstante, lo que quizás fuera cierto (o no) para el asiduo primer ministro británico no se cumple para la mayoría. A escala mundial, el consumo excesivo de alcohol provoca cerca de 1,8 millones de fallecimientos anualmente. Puede destruir hígados, matrimonios y trayectorias profesionales. Durante mucho tiempo se consideró que beber con moderación era saludable. Sin embargo, en años recientes las autoridades han advertido que incluso dosis reducidas son perjudiciales.
Hace cinco décadas, diversas investigaciones planteaban que la ingesta de uno o dos tragos diarios resultaba provechosa para el bienestar cardiovascular. Se creía que el alcohol incrementaba el colesterol positivo y disminuía la formación de coágulos sanguíneos.
Lamentablemente, es probable que estas ventajas se hayan sobredimensionado. Los investigadores analizaron el bienestar de los consumidores moderados frente al de los abstemios, aunque no diferenciaron entre los que dejaron el hábito y los que jamás han ingerido alcohol. Debido a que ciertos individuos abandonan la bebida por problemas de salud derivados de ella, este descuido enmascara una fracción de los perjuicios que provoca el consumo. Stockwell, perteneciente al Instituto Canadiense de Investigación sobre el Consumo de Sustancias, sostiene que los que mantienen el consumo podrían ser, sencillamente, las personas que todavía no han padecido dolencias.
En enero de 2023, mientras los fiesteros de Año Nuevo se arrepentían de sus demasías, los estrictos representantes de la Organización Mundial de la Salud manifestaron que no existe un nivel de alcohol que resulte seguro. Según comentaron, es “una sustancia tóxica, psicoactiva y que genera dependencia” y “un carcinógeno del Grupo 1”. Destacaron que hay una creciente cantidad de pruebas de que el alcohol incrementa el peligro de contraer cáncer de boca, garganta, hígado y colon.
Aproximadamente 540 millones de asiáticos presentan problemas al metabolizar el acetaldehído, un compuesto dañino que se encuentra en el alcohol.
Dichas amenazas resultan considerablemente superiores para los individuos que, genéticamente, procesan de forma deficiente el alcohol (uno de sus “porteros” moleculares muestra menor efectividad al momento de retirarlo del cuerpo). Cerca de 540 millones de personas, principalmente con raíces en Asia oriental, sufren problemas para degradar el acetaldehído, un residuo dañino de las bebidas alcohólicas. Gran parte de este grupo manifiesta un rubor evidente tras la ingesta, una reacción denominada popularmente como “rubor asiático”.
Los peligros resultan menos severos para aquellos capaces de procesar el alcohol de forma habitual. Spiegelhalter, experto en estadística, afirma que el riesgo es mínimo siempre que el consumo sea moderado. Una investigación determinó que si 25.000 individuos consumieran una bebida diaria a lo largo de un año, aparecería un problema médico grave extra, tal como cáncer, diabetes o un ictus. Rockne, técnico de fútbol americano, tenía razón en parte cuando (de acuerdo con los relatos) expresó: “Bebe la primera. Saborea la segunda despacio. Olvida la tercera”.
No obstante, abandonar el hábito de la bebida no resulta sencillo. Tal como señala la broma: “Solo bebo un poco, pero cuando bebo me convierto en alguien que bebe mucho”. El cuerpo humano es capaz de procesar cerca de ocho gramos de alcohol por hora, una cifra que no alcanza para deshacerse ni de media pinta de cerveza. Al consumir una cantidad superior, tanto el nivel etílico en sangre como los derivados nocivos como el acetaldehído se van acumulando.
Una reciente prudencia respecto a la ingesta de bebidas alcohólicas está ganando terreno, sobre todo en la población juvenil. La ingesta etílica en la adolescencia ha bajado desde el inicio del nuevo milenio en prácticamente todas las naciones industrializadas. En los días de clase, los chicos suelen preferir el uso de plataformas digitales antes que salir de sus hogares para encontrarse con amistades. Actualmente, los menores enfrentan el tedio conectándose a internet y participando en juegos electrónicos. Gran parte de ellos percibe el alcohol como un método costoso de confundir el pensamiento y arruinar el descanso nocturno.
El comercio de bebidas alcohólicas se ha reducido paulatinamente en las naciones desarrolladas. Durante 2011, los individuos en la OCDE consumieron un promedio de 8,9 litros de alcohol puro. Hacia 2021, dicho valor descendió hasta los 8,6. La ingesta en las 20 economías más importantes del planeta continuó en declive, con una baja del 2% desde la crisis sanitaria hasta 2024. La prensa sugiere que la población global ha llegado al “pico del alcohol”.
Recientemente se ha observado un incremento extraordinario en la utilización de fármacos para adelgazar como Ozempic. Dichos medicamentos también podrían contribuir a que los individuos reduzcan su consumo de alcohol. Aparentemente actúan sobre los circuitos de recompensa cerebrales, logrando que las bebidas alcohólicas sean menos apetecibles. Asimismo, intensifican el malestar estomacal experimentado tras una ingesta excesiva de alcohol.
El sector de las bebidas sigue con gran interés todas estas corrientes. Está creando con rapidez alternativas con escaso o ningún grado de alcohol (NoLo, en el argot). La cerveza sin alcohol, que antes causaba desagrado, ahora resulta bastante admisible. El volumen de ventas de cervezas, vinos y combinados sin alcohol, que emulan sabores tradicionales sin los efectos colaterales, continúa siendo de apenas el 1,4% en comparación con las bebidas alcohólicas. A pesar de ello, el mercado internacional progresa velozmente. En 2024 registró una cifra de 26.000 millones de dólares y se proyecta que llegará a los 47.000 millones hacia 2034.
Una opción distinta se basa en elaborar bebidas inéditas que brinden ciertas sensaciones agradables del alcohol mediante diversos componentes. Potenciadas por extractos de plantas tales como ginseng, l-teanina, ashwagandha, melena de león o CBD, tales preparaciones “funcionales” aseguran actuar como sedantes, vigorizantes o facilitar la interacción social. El mundo de la flora brinda una cantidad ilimitada de opciones todavía por descubrir. Los complementos minerales como el magnesio, que augura una sensación de relax, están ganando igualmente mucha fama.
No obstante, resulta difícil conseguir una infusión herbal que sea igual de sabrosa o potente que la original. Compañías tales como Impossibrew, Gabyr, Three Spirit y Collider han buscado este objetivo. La autora testeó cinco firmas distintas de cervezas y vinos con propiedades funcionales. Su preferida fue una propuesta con lúpulo de On Beer, una entidad británica, con notas florales de rodiola, una hierba medicinal que presuntamente contribuye a mitigar el estrés. Cada una de las cervezas botánicas que degustó proporcionó una calma evidente y hasta un leve sentimiento de alegría. Los comentarios de sus allegados y parientes variaron entre la desaprobación (su esposo) y un agrado contenido (sus amistades). El vino funcional, lamentablemente, no se podía beber.
Para aquellas personas que persiguen una alternativa sin alcohol de mayor intensidad, ciertas compañías desarrollan “destilados funcionales”. Frecuentemente, se componen de extractos de plantas muy concentrados. Al mezclarse con otros componentes y un poco de inventiva, logran generar un combinado abstemio decente que altera suavemente el estado de ánimo. Pese a ello, no resultan ser tragos delicados. “Pueden tener un perfil de sabor desafiante”, confiesa Dash Lilley, de Three Spirit, una organización que dispone de especialistas en herbolaria, fitoquímica y barras en su empeño por fabricar algo tan apetecible como un gin-tonic.
No hay una sola bebida funcional que logre igualar la variedad de efectos que produce el alcohol. Three Spirit presenta tres utilidades esenciales: productos para incrementar la vitalidad, otros destinados a la convivencia social y algunos que incentivan el reposo. Elementos como la cafeína, el ginseng, el triptófano, el 5-HTP, la melisa y la ashwagandha logran influir en la dopamina, la serotonina, el GABA (ácido gamma-aminobutírico) y diversos neurotransmisores. Pese a esto, nada genera una descarga de endorfinas comparable a la del alcohol.
El alcohol influye de manera considerable en el GABA, un componente esencial del mecanismo de distensión propio del encéfalo. Los investigadores consideran que este proceso permite que la ingesta alcohólica logre mitigar la tensión y el nerviosismo. GABA Labs, una firma ubicada en las proximidades de Londres, trabaja en la creación de un compuesto sin sabor denominado Alcarelle que genera una reacción parecida. Los ensayos destinados a confirmar su inocuidad podrían prolongarse durante varios ejercicios. No obstante, de prosperar, la entidad suministrará Alcarelle a las industrias embotelladoras para elaborar productos que repliquen el bienestar del alcohol, omitiendo todos sus efectos negativos.
PepsiCo y distintas firmas trabajan en la elaboración de formatos encapsulados, y por ende carentes de gusto, para elementos funcionales. Tal avance facultaría a las marcas de bebidas para integrar sus propiedades en cualquier oferta sin transformar el sabor original. Resulta factible que próximamente los empleados de bares despachen colas que tranquilicen o limonadas que brinden vitalidad.
“¿Por qué miles de millones de personas toman cafeína cada día, fuman tabaco o beben alcohol?”, se cuestiona Lilley. “Es por la propia condición humana. Todos necesitamos algún tipo de alivio o mecanismo que nos permita cambiar nuestro estado para evitar volvernos locos”. La humanidad ha descubierto diversos métodos para influir en su psique: meditación, psicodélicos, glosolalia, danza, percusión, canto. Cada una de estas actividades modifica la condición cerebral de manera inmediata, o bien enfoca la atención en el ahora, ignorando nuestras cavilaciones constantes. No obstante, en los últimos diez millones de años, nada ha superado la polivalencia, facilidad de traslado y el goce del alcohol.
Una práctica tan profunda no se desvanecerá de un momento a otro. Las poblaciones que conmemoran sus logros con champán, honran a Jesús con vino o alegran un festejo con chupitos de tequila no adoptarán con facilidad la soda de ginseng.
No obstante, con el paso de los años, las bodegas domésticas pueden transformarse. Al tiempo que la cerveza no alcohólica perfecciona su gusto, un número creciente de individuos la aprovecha para convivir y retornar al volante con cautela. Según progresan los refrescos funcionales, más usuarios intentarán alcanzar ese bienestar alegre prescindiendo del alcohol. En caso de que los fármacos GLP-1 logren mitigar las ganas de ingerir etanol, tal vez en el futuro un comprimido prodigioso facilite que la gente se detenga tras un único trago.
El porvenir nos brindará mayores alternativas para actuar con exactitud sobre los procesos neurológicos. Las personas podrían retomar la templanza, ingiriendo únicamente la dosis que nuestros hígados de primate son capaces de procesar. Churchill consideraría aquel mañana como algo desolador. Por el contrario, otros lo festejarían abriendo envases de jugo de frutas con burbujas sazonado con algún componente botánico todavía desconocido.
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