Sociedad

Noor Ammar Lamarty: “No hay nada más racista que decir que solo puedo vivir en tu país si te sirvo”

Activista magrebí

​La jurista denuncia la narrativa que reduce a las personas migrantes a mano de obra y reclama una transformación sociopolítica que deje de tratarlas como cuotas y las reconozca como sujetos políticos

Noor Ammar Lamarty, activista feminista marroquí y asesora jurídica en derecho internacional, especializada en género e infancia.

Noor Ammar Lamarty, activista feminista marroquí y asesora jurídica en derecho internacional, especializada en género e infancia.

Xavi Jurio / Propias

Noor Ammar Lamarty es una feminista magrebí y activista jurídica cuya trayectoria personal y profesional está íntimamente tejida con las preguntas que comenzaron a acompañarla desde niña. Creció en Tánger, Marruecos, en un entorno que le hizo preguntarse por la vida de otras mujeres, más allá de aquellas que pertenecían a la “burbuja”, admite, de la que ella misma formaba parte. Su curiosidad temprana la llevó a convertirse en la activista que es hoy.

A los 18 años pudo mudarse a España para estudiar Derecho, una decisión que para ella no fue inocente, pues vino marcada por su contexto. El derecho internacional y la defensa de los derechos de las mujeres se convirtieron no solo en una vocación, sino en una forma de comprenderse a sí misma. 

Desde su experiencia como mujer y migrante, reflexiona sobre feminismo, racismo estructural, uso del velo y señala cómo la mirada hacia las personas de origen magrebí está atravesada no solo por la condición de migrante, sino por la dimensión religiosa. Guyana Guardian se ha reunido con ella en el contexto de unos diálogos recientes sobre las realidades a las que se enfrentan las mujeres de Oriente Medio, organizadas por el Palau Macaya de la Fundació La Caixa.

¿Qué la llevó a dedicarse al derecho internacional y, en especial, a los derechos de las mujeres? 

Hay un patrón cultural, aprendido durante milenios, en la manera en que las mujeres afrontamos el dolor, y comprenderlo ayuda a saber qué necesitamos del Estado y de la sociedad. Por eso, comprender qué sucede con nosotras en crisis humanitarias, conflictos bélicos, genocidios o persecuciones por motivos de género permite un análisis más certero. El derecho internacional con perspectiva de género también es una forma de insistir en la idea que todas lo merecen, y que esos derechos no valen menos por haber nacido en un lugar del mundo.

'Guyana Guardian' ha entrevistado a Noor Ammar Lamarty en el marco de unos diálogos sobre las realidades que enfrentan las mujeres de Oriente Medio, organizadas por el Palau Macaya de Fundació La Caixa
'Guyana Guardian' ha entrevistado a Noor Ammar Lamarty en el marco de unos diálogos sobre las realidades que enfrentan las mujeres de Oriente Medio, organizadas por el Palau Macaya de Fundació La CaixaXavi Jurio / Propias

En más una ocasión ha afirmado que el uso del velo puede oprimir a ciertas mujeres musulmanas, ¿cuál es su posición actual?

Mi postura sobre el velo ha trascendido con el tiempo. Para mí, el debate sobre el velo se ha simplificado hasta convertirse en un debate simplista sobre los cuerpos de las mujeres y su libertad de decisión. Pero el velo, en su uso o en su no uso, implica un dispositivo de control mucho más complejo. Por un lado, su uso puede desexualizar y politizar la identidad religiosa de las mujeres y, por el otro, su no uso plantea preguntas sobre quiénes somos cuando no nos representamos políticamente, identitariamente o religiosamente a través de un símbolo.

Siga.

Creo que para muchas mujeres, el velo sigue siendo un dispositivo de control sexual, pero su significado varía según el contexto. La lucha de las mujeres iraníes, por ejemplo, no tiene nada que ver con la de mujeres migrantes marroquíes en Francia o España. Es muy difícil denunciar que un símbolo en un sitio del mundo puede resultar absolutamente violento y, en otro lado, algo absolutamente revolucionario y político. Parte del ejercicio feminista consiste en denunciar estas ideas arraigadas en el imaginario colectivo y cuestionar cuándo realmente defendemos la libertad y cuándo no. El desafío más importante del feminismo es dejar de “maternar” a las mujeres y reconocerlas como sujetos políticos de pleno derecho tanto en lo bueno como en lo malo.

El velo en un sitio del mundo puede resultar absolutamente violento y, en otra parte, algo revolucionario y político

¿Se ha sentido alguna vez cuestionada por no llevar velo?

En mis compañeras marroquíes, no. De hecho, es donde más coherencia he encontrado. Por el contrario, me han cuestionado mucho más las feministas españolas y, en parte, porque existe cierta exotización hacia las mujeres que no llevamos velo y existe como esa percepción de que “tú eres la excepción” o “tú no estás oprimida”. 

Hay que reconocer que en España las libertades que hoy existen son fruto del camino difícil de muchas mujeres para conquistarlas. Pero eso no significa que el feminismo no deba revisarse. Y creo que es un ejercicio feminista renunciar a un discurso único e inalterable, sobre todo en un mundo que cambia constantemente.

La trampa no es solo tener un micrófono, sino aprender a escuchar lo que incomoda. Para construir otro tipo de feminismo hay que sentarse a hablar y asumir esa incomodidad, para mirar a las otras con la generosidad de reconocer que no lo sabemos todo sobre ellas.

¿Qué piensa cuando partidos de extrema derecha instrumentalizan el velo o plantean prohibirlo?

A mí no me preocupa lo que haga la extrema derecha; me preocupa lo que hace la izquierda. Como mujer de izquierdas, creo que no solo no hace suficiente, sino que ha allanado el camino de la derecha durante años porque no ha abordado debates importantes sobre migración, identidad o el propio velo, y ese vacío ha permitido que la derecha construyera su relato sin resistencia. La omisión también conlleva responsabilidad.

Todo lo relacionado con el velo se ha simplificado de una forma obtusa, propia de una sociedad que se niega a confrontar el abandono institucional de aquellas a las que llaman “mujeres de los márgenes”. ¿Qué márgenes? Hay toda una generación de mujeres (y hombres) de origen migrante, absolutamente brillantes y formadas. El problema es que se ha instalado una narrativa que asocia migración con precariedad o disfuncionalidad, y desde ahí se ha construido una política que nos trata como cuotas, no como sujetos políticos. Cuando llega la extrema derecha y nos presenta como sujetos marginales, no hace más que aprovechar un marco que ya estaba creado. 

Noor Ammar Lamarty: “A las mujeres magrebíes, árabes o de Oriente Medio se nos reduce constantemente a ser musulmanas o no serlo, cuando nuestras identidades van mucho más allá”
Noor Ammar Lamarty: “A las mujeres magrebíes, árabes o de Oriente Medio se nos reduce constantemente a ser musulmanas o no serlo, cuando nuestras identidades van mucho más allá”Xavi Jurio / Propias

A menudo se cuestiona si feminismo e islam pueden convivir, ¿ser mujer musulmana y feminista es realmente incompatible, o es una idea basada en prejuicios occidentales?

No, en absoluto. Lo que sucede es que siempre se espera que nosotras, a diferencia de otras mujeres de otras religiones, estemos explicando y justificando el patriarcado islámico. De hecho, somos las únicas a quienes se nos exige hablar de si somos o no somos religiosas. Para mí, no responder también es una postura. Creo en el derecho a posicionarse políticamente o religiosamente, pero también en el derecho a no hacerlo, que es parte de la libertad religiosa que ampara la Constitución española.

A las mujeres magrebíes, árabes o de Oriente Medio se nos reduce constantemente a ser musulmanas o no serlo, cuando nuestras identidades van mucho más allá. No creo que sea contradictorio; lo que no podemos forzar es que se nos obligue a estar hablando del islam todo el tiempo solo por ser musulmanas.

¿España es un país racista?

España es un país racista porque está construida en la negación de su pasado. Es un país construido por oposición a lo moro, donde se niega lo marrón que es. En 1492 no solo fue llegar y saquear América, sino también se decidió qué era “lo español” frente a lo que quedaba fuera, expulsando a unos y obligando a otros a quedarse en la península como ciudadanos de segunda.

No hace falta compararse con el colonialismo de Francia o Reino Unido. España colonizó América Latina y tuvo un protectorado en Marruecos del que casi no se habla. En mi caso, tengo un bisabuelo enterrado en Getafe porque fue reclutado por Franco para la Guardia Mora. Además, soy de una ciudad que formó parte del antiguo protectorado español, y esa historia familiar es también la razón por la que terminé estudiando en España.

España es un país racista porque está construida en la negación de su pasado

Usted habla de una morofobia.

Sí, creo que en España existe una morofobia muy particular. El racismo hacia lo negro no tienen nada que ver con la historia de lo moro. Muchos españoles se sienten más cercanos a los países nórdicos que a sus vecinos del sur Mediterráneo y, cuando descubren que estamos más vinculados de lo que nos creemos, genera muchos conflictos identitarios.

La historia de mi vida está marcada por este país y, aun así, se nos niega absolutamente ese vínculo. Por eso la reparación y la memoria democrática son tan importantes, porque no solo afecta a los españoles, sino también a quienes quedaron a medio camino en ese proceso histórico. Mientras España siga negando su propio pasado, difícilmente podrá comprender a los otros.

En su caso, ¿qué tipo de racismo atraviesa siendo mujer marroquí, sin velo, con estudios superiores y un perfecto español y, además, percibida como una mujer femenina?

Primero está la idea de la cuota, que ha sido imprescindible para que las mujeres estuviéramos presentes en distintos espacios. Pero ser “mora” va más allá de ser marroquí. Reivindica un lugar, una forma de vincularse y de ser vista. Muchas veces llegas a un sitio y te perciben como un “qué mona la niña”, porque cuando llevas o no velo se te lee bajo dos estereotipos habituales, es decir, como mujer empoderada o como oprimida, no hay punto intermedio.

Luego, cuando abres la boca, cambian su percepción y te convierten en “extraordinaria”. Y no lo es. No es extraordinario porque yo hago cosas que hacen muchas otras mujeres, con velo o sin él, femeninas o críticas con el mundo femenino. Decir que eres una excepción es una forma de racismo implícito. 

¿Por qué cree que los cuidados siguen recayendo mayoritariamente en mujeres migrantes, muchas veces sin papeles y en condiciones de extrema vulnerabilidad?

Porque los hombres españoles siguen sin asumir la corresponsabilidad que muchas mujeres esperaban, y la descentralización de los cuidados ha recaído en mujeres de terceros países. La mayor parte de las migrantes que vienen a limpiar culos a señores españoles están hipercualificadas. El sector de los cuidados se sostiene por ellas. 

Las jóvenes que llegan desde Honduras, Perú o Marruecos no quieren pasar el resto de su vida empujando los carritos de las mujeres españolas que sí pueden permitirse delegar cuidados. Hay una cuestión de clase clave en la migración dentro de España. La realidad es que todas empecemos a hacernos cargo de qué significa alcanzar un determinado nivel de vida, o seguiremos haciéndolo a costa de que otras vivan peor. Muchas mujeres que llegan pensando que solo trabajarán en los cuidados durante cinco o seis años terminan encontrándose atrapadas durante décadas. Sus estudios no se homologan a tiempo, no pueden continuar la formación que deseaban y se les cierra la puerta al mercado laboral. 

¿Qué tiene que cambiar para que estas mujeres desempeñen trabajos más allá del sector servicios o los cuidados?

Es una cuestión de transformación política. Cuando la izquierda se digne a ser de izquierdas, a hacer políticas de izquierdas y deje de negociar con quienes denostan esas políticas para proteger sus privilegios, veremos un cambio a todos los niveles. Si queremos entender cómo afecta la vivienda a las mujeres migrantes, la ministra de Vivienda se tendrá que sentar con las jornaleras de Huelva y escuchar lo que necesitan. No se trata de legislar por ellas, sino con y para ellas. Hemos pasado de la política basada en hechos a la política de la representatividad. No te hagas esa foto, háztela cuando apruebes un convenio que otorgue derechos.

¿Qué efectos está teniendo en la juventud racializada crecer en un país que solo parece reconocer a sus padres como mano de obra?

A España se le está echando el tiempo encima, porque cada vez hay más hijos e hijas de estas mujeres en las aulas. Muchos jóvenes ven cómo ni sus madres ni sus padres son tenidos en cuenta, y cómo la política española ni les apela ni les pregunta.

Se congratulan con discursos como: “Si no son ellos los que limpian, ¿quién va a limpiar?”. Pero no hay nada más racista que decir que solo tengo derecho a vivir en tu país si te sirvo. En las aulas hay cientos de miles de niños y niñas que pueden ser grandes artistas, músicas, historiadoras… y aunque no sean hijas de padres españoles, sí son españolas. Esos niños deben poder creer que pueden llegar a ser cualquier cosa, sin ser vistos como personas de las que se puede extraer algo.

Cristina Oriol Val

Cristina Oriol Val

Periodista

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Periodista especializada en temática social: feminismos, migraciones, salud mental. Antes, en el equipo de Redes Sociales. Doble licenciada en Periodismo y Publicidad y RR.PP. Por la UAB

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