
Tenemos que decir más ‘Te quiero’
Tenemos que decir más “Te quiero”. Decirlo antes de que sea tarde, antes de que la vida se retire de golpe. Sin aplazamientos ni demoras. Porque en cualquier momento se va.
Eso nos lo recordó Fidel ante las cámaras de TVE, mientras los equipos de rescate seguían buscando el cuerpo de su madre. Natividad de la Torre, Nati, viajaba en el primer vagón del Alvia y es una de las 45 víctimas mortales de un choque que no debía ocurrir. En una España suspendida entre el duelo y la rabia, su dolor nos alcanza a todos: podría haber sido el nuestro. La suya es la imagen desnuda de lo que significa quedar indefensos y frágiles ante una muerte sin sentido.

La pérdida se anuncia antes de ser comprendida. Aparece en el rostro de Fidel y en el de tantos. Algo íntimo se desajusta. Quien sufre por la muerte de alguien amado queda expuesto, atravesado por una intemperie desconocida. Camina sin abrigo.
El duelo no grita. No llega con un ruidoso aviso. Se instala con una presencia firme, casi física. Al principio lo ocupa todo. Después se desplaza, cambia de peso, se vuelve irregular. La memoria actúa entonces con una urgencia extraña. Retiene escenas sin importancia aparente, gestos mínimos, palabras dichas al pasar. No para negar la muerte. Para sostener la vida. Mantener cerca a los muertos permite seguir adelante. Durante un tiempo impreciso e innegociable soltarlos resulta imposible. Hacerlo se parece demasiado a abandonarlos.
Con los días, la muerte deja de ser un hecho fechado y pasa a convertirse en una condición. No se va. Se asienta. El recuerdo permanece. Aprendes, quizá, a vivir con una ausencia que no admite reemplazo, que no cierra, que no concede un alivio completo. La pérdida no se disuelve, sino que entra en el cuerpo. Altera la mirada. Modifica la forma de escuchar el silencio. Todo continúa, pero nada encaja del todo.
Lo esencial queda alterado.
Por eso quienes han atravesado el duelo se reconocen sin hablar. Existe un entendimiento mudo entre quienes saben que la muerte no espera al final del camino. Que circula por la vida. Que se adelanta.
La injusticia de la muerte no reside solo en su certeza, sino en su arbitrariedad. Como en Adamuz, a veces llega cuando quiere, como quiere y sin una lógica comprensible. Quien sigue aquí necesita una explicación. Mientras avanzamos, la pérdida va arrancando aquello que nos daba forma. Y después de eso, aunque el tiempo pase y la vida insista, dejamos de ser los mismos.
Te quiero.
