
Ave, 'running', los que van a morir te saludan
Suelo salir a correr cuando Barcelona todavía bosteza. El frente marítimo de la ciudad parece una línea trazada para que alguien la siga. En la muñeca llevo un reloj que mide pulsaciones y dibuja los mapas de mis obsesiones, una especie de GPS emocional. Sí, soy una de esas.

No siempre avanzo con épica. Hay días en que parezco un anuncio de superación personal. Otros, una señora escapándose del Zara sin pagar. Si te cruzas conmigo jadeando, quizá pienses: “¿Pero quién la persigue?”. Nadie. Eso ya debería ser una señal.
Eh, no te rías demasiado. Tú podrías acabar igual.
Nada que ver con mis inicios. Al principio salía a trotar sin más, “solo para mover el culo” y despejarme un poco. Diría que todo el mundo empieza a correr por una buena causa. Aquello pasa, pero el cuerpo aprende pronto cierta alquimia: una claridad que llega tras kilómetros al aire libre quemando suela con cámara de aire. Quieres más.
Quien lo vive, lo sabe: correr nos hace más eficaces y creativos, y en estos tiempos ansiosos eso es oro
Con el tiempo, progresas casi sin darte cuenta. Un día pruebas con una carrera de 7 kilómetros. Luego con otra de 10 “porque esta es llana”, y luego otra. Hay oferta para parar un tren. Discutes de zapatillas y ritmos cual erudita. Estrenas zapas cada seis meses convencida de que estas sí que te harán volar. Carísimas. Las marcas viven del entusiasmo de los ilusionados. Y te apuntas a tu primer medio maratón “para probar”. Ahí empieza la pendiente. El efecto dopamínico.
Después llegan más dorsales y más tartas de cumpleaños. Te conviertes por sorpresa en la “mami chula” que corre con su hija cañón. En una de esas carreras, cruzas la meta jurando que no repetirás semejante disparate. Lo juras con calambres y una lucidez inaudita. Diez minutos después, mientras bebes agua y recuperas el habla, ya estás calculando cómo rebajar tiempo. Primero terminar; luego mejorar. Y buscas en Google tu próximo destino, otro reto, una nueva fantasía.
Los últimos kilómetros de un medio maratón son todo un panorama. Rostros desencajados, pasos arrastrados, músculos dando alaridos, el hígado en la boca. También soy una de esas. He estado allí. Eufórica en el kilómetro 15, náufraga en el 18. He terminado andando, mareada, casi muerta..., extrañamente feliz.
El movimiento a veces cura y, como escribe Haruki Murakami, resulta creativo porque deshace nudos existenciales y también narrativos. Quien lo vive lo sabe. Correr nos hace más eficaces. En tiempos ansiosos, eso es oro.
Toda adicción pide escalada. Montaña. Triatamigos. Maratones. Ultras. Un club con camiseta propia y un chat de WhatsApp inagotable. Ahí no llegaré, aunque lo entiendo. La tribu reconforta como un grupo de alcohólicos anónimos: “Hola, soy fulanito/menganita, y no puedo dejar de correr”.
Sé que hay una industria voraz entorno a este placer masoquista por sufrir. Y mucho postureo, demasiado. Antes de que el running se convirtiera en una de las mejores maneras de socializar, era simplemente footing. Lo mío. Aun así, sigo enganchada. Porque durante unos kilómetros el mundo cabe en la respiración y parece ordenarse. Corro por ese instante. Mañana llevaré el dorsal 22.715.


