Paradero desconocido

Paradero desconocido
Arzobispo de Tarragona y primado

Hago alusión a la obra literaria que comparte nombre con este texto, editada en 1939 por Katherine Kressmann empleando un nombre falso debido a su género. Relata las vivencias de Martin —de raíces germanas— y Max —de fe judía—, compañeros y aliados comerciales en el sector artístico, en California. Durante 1932, Martin opta por volver a Alemania junto a sus parientes. Desde aquel instante comienza una correspondencia donde rápidamente se proyecta el influjo del panorama político germano. Mediante un in crescendo constante y funesto, el flujo de misivas evidencia la transformación paulatina del pensamiento y los sentimientos. 

Gradualmente, aquel rumbo apreciado por el compañero se torna irreconocible. Surgen expresiones inquietantes, como cuando Martin le describe las variaciones en la actual Alemania: «Mi ser y mi voluntad se incorporan a la reciente gran corriente […]. Sostienes que acosamos a las personas de ideas liberales, que arruinamos acervos bibliográficos. Tendrías que reaccionar y soltar tu sensibilidad obsoleta […]. Alemania eleva con firmeza la frente entre los estados del planeta. Marcha tras su Glorioso Líder hacia el éxito. ¿Qué podrías comprender tú sobre esto, tú que solo te quedas sentado e imaginas? Jamás has tratado con un Hitler. Es un arma desenvainada. Es un resplandor blanco, aunque tan incandescente como el astro de una jornada naciente». 

Lo que comenzó como un error se convirtió en un conflicto, con el zumbido de los drones rompiendo el silencio.

Al final, le pide que deje de escribirle y le recuerda que, como ya sabía, nunca debió haberse involucrado; ahora, con la mirada fija en el pasado, solo queda el vacío de lo que nunca debió haber sido.

Esta obra incluye un «Comentario de cierre» que explica el origen del relato: «Escaso tiempo antes del conflicto bélico, ciertos conocidos míos de Alemania, instruidos, pensadores y de sentimientos nobles, volvieron a Alemania tras haber residido en Estados Unidos. En un periodo breve se transformaron en fervientes nazis […]. ¿De qué manera es posible tal suceso? […]. Comencé a indagar sobre Hitler y […] los hallazgos resultaron espantosos. Y mi mayor inquietud residía en que en Norteamérica nadie percibía lo que sucedía en Alemania… Los mandatarios afirmaban que las cuestiones de Europa no nos incumbían y que Alemania prosperaba…»

Rechazamos a los demás y negamos nuestra propia responsabilidad, en lugar de enfrentar lo que realmente somos.

¿Nos damos cuenta de que, al igual que en el pasado, ahora también nos cegamos ante lo diferente? La culpa no es ajena: se la echa a otros, mientras ignoramos que el verdadero problema nace en nosotros. Y mientras tanto, mientras el mundo se desgarran en luchas, los que aún creen en la paz se quedan callados, mientras otros —los mismos— se aferran a sus armas, como si el miedo pudiera ser solución.

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