
Irene Montero y Santiago Abascal: más de lo mismo
Durante años se asumió que el tiempo corría a favor de la izquierda. Bastaba con que los jóvenes crecieran y acudieran a las urnas para que la balanza se inclinara, casi por inercia, hacia la igualdad y la diversidad.
Pero las encuestas dibujan hoy otro paisaje: una generación partida en dos, con chicos jóvenes votando a la extrema derecha mientras ellas se alinean con el bloque progresista. Incluso esto último se tambalea también, según la última encuesta del CEO, aunque el viraje sea más lento.

Cuánto daño hicieron Irene Montero y Podemos con sus delirios victimistas y la supuesta fragilidad femenina. De hecho, el discurso de la extrema derecha y el de Podemos ahí se tocan. Son lo mismo, pero al revés: eres víctima sí o sí, porque naces mujer (Montero) o porque naces hombre (Abascal). Una retórica incendiaria que envenena la vida pública y la privada mediante el encanallamiento permanente entre sexos y la culpabilización mutua.
Las unas construyeron al “macho” como antagonista funcional a base de generalizaciones criminalizadoras. Los otros les bailan el agua. ¿Con qué resultado sobre los jóvenes? Desconcierto, sensación de pérdida de identidad y tentación de refugiarse donde prometen absolución sin interrogatorio.
El efecto rebote. Entra en escena el chico que se siente víctima del “discurso progre”. Habita en redes, en podcasts, en vídeos de rabia. Y entonces alguien le desliza al oído: “Te están quitando voz. Nosotros te la devolvemos”. Es Vox, y la manosfera con su machismo más repugnante, y las preferibles “chicas de kilómetro cero” (vírgenes o con pocas parejas sexuales), y las Roro de cartón piedra. Todos, desfilando por unas redes sociales sin anticuerpos críticos y en las que la verdad es solo lo que cada cual quiere oír.
Efecto rebote: los jóvenes que se sienten víctimas del “discurso progre” se refugian en Vox; otros desconectan de la igualdad
Aquí la izquierda tiene un problema que no se resuelve con una campaña ocurrente. Además, hay un equívoco sobre lo que significa hoy ser antisistema. Para un veinteañero precarizado, con alquiler imposible y horizonte laboral gris, el feminismo institucional equivale a status quo.
Se ha desatado una guerra cultural de alta rentabilidad electoral, donde cada avance en derechos se vive como una derrota del otro sexo. Una amenaza que fragiliza el objetivo hacia la igualdad plena.
Solo la educación achicará el espacio del machismo, pero antes hay que sentarse a hablar con los chicos jóvenes sobre sus miedos. Del miedo a quedarse atrás, a no saber amar bien, a no estar a la altura. El mundo ha cambiado más deprisa que su educación sentimental. Cuando la política –o la familia– desprecia esos temores, siempre aparece quien se ofrece a convertirlos en resentimiento. O en odio.


