“En mi familia, si estabas triste, te decían que rezaras; ir a terapia me ha ayudado mucho”: cuando los mayores se enfrentan al tabú de ir al psicólogo
Longevity
Los mayores de 60 se enfrentan al reto de cuidar su bienestar mental, mientras conviven con los prejuicios generacionales y descubren las nuevas formas de cuidarse emocionalmente

La terapia psicológica todavía es un tabú entre las personas mayores, pero puede ayudar enormemente a envejecer mejor.
“Mi hija terminó convenciéndome para ir a terapia y la verdad es que me ha ayudado mucho. Quizás tendría que haberlo hecho mucho antes”, cuenta Pilar O., de 70 años, nacida en 1954 en una pequeña localidad de Castilla-La Mancha. Ama de casa durante toda su vida, Pilar creció en una época en la que “los problemas se quedaban en casa” y hablar de sentimientos era casi una rareza.
“En mi familia no se hablaba de cómo uno se sentía. Si estabas triste, te decían que rezaras, que se te pasaría”, recuerda Pilar. Cuando su marido falleció hace siete años, atravesó un duelo silencioso. Se ocupó de los trámites, de la casa… y siguió adelante, como había hecho siempre. Pero por dentro, dice, “era como si se hubiera apagado la luz”. Nunca se le ocurrió pedir ayuda. “¿Por qué iba a contar nada a nadie? Si siempre me las había arreglado sola”.
Me daba vergüenza ir al psicólogo. Pensaba que la gente diría que me había vuelto loca
En el centro de salud, cuando su médico le preguntaba a Pilar cómo estaba, respondía con un escueto “bien, bien”. Hasta que un día, tras una caída tonta en casa, su hija insistió en acompañarla a la consulta y le habló directamente al médico: “Mi madre no está bien. No duerme, no sale, no está como siempre…”. Aquel fue el principio de algo que Pilar no esperaba: una derivación al psicólogo del centro de salud. “Me daba vergüenza, la verdad. Pensaba que la gente diría que me había vuelto loca. No quería que mis amigas se enteraran”. Sin embargo, su hija la acompañó a la primera cita, y Pilar decidió “probar, por no discutir más”.
El tabú de pedir ayuda
El caso de Pilar no es extraño. Según la Encuesta Europea de Salud del año 2020 elaborada por el Instituto Nacional de Estadística, solo el 4,7% de las personas de entre 55 y 64 años reconocían haber ido al psicólogo en el último año. En la franja siguiente, de los 65 y 74 años, solo el 2,9% lo afirmaba. Ante estos datos, la pregunta es: ¿van menos porque no lo necesitan o porque la salud mental sigue siendo un tabú para generaciones mayores? Responde Iraida Delhom Peris, psicóloga y doctora en Psicogerontología, profesora en la Universidad de Valencia, que existen varios factores que pueden explicar por qué las personas mayores recurren menos a la psicoterapia que otros grupos de edad.
En primer lugar, señala que hay un componente cultural y generacional muy fuerte. “Quienes hoy tienen más de 65 años crecieron en un contexto en el que la salud mental no formaba parte del discurso público. La idea de “ir al psicólogo” se asociaba con debilidad, locura o fracaso personal, y eso ha dejado una huella profunda”, explica. Aunque esa visión está cambiando, todavía persiste un cierto pudor o incluso culpa al pedir ayuda emocional.
Quienes hoy tienen más de 65 años crecieron en un contexto en el que la salud mental no formaba parte del discurso público
A esto se suma, según la experta, la normalización del malestar: “Muchos mayores interpretan la tristeza, la soledad o la falta de motivación como “cosas de la edad”, en lugar de reconocerlas como señales de sufrimiento psicológico que pueden y deben abordarse”. Y es que, a menudo se asume que sentirse decaído o perder el interés por las cosas es una consecuencia inevitable del envejecimiento, cuando en realidad puede tratarse de síntomas de depresión, ansiedad o duelo no resuelto. Además, no hay que olvidar las barreras estructurales. Para Delhom Peris, el acceso a psicoterapia en el sistema público sigue siendo muy limitado, especialmente en zonas rurales o en personas con movilidad reducida. “La atención psicológica no siempre está integrada en la atención primaria, y los recursos comunitarios son desiguales. En el ámbito privado, el coste puede ser un obstáculo importante”, añade.
Comparte esta explicación Raquel Beraiz, psicóloga del Grupo Telos, quien también apunta como factor importante la desinformación: “Muchas personas no saben realmente qué se hace en terapia o creen que va a consistir en remover el pasado o en “contar penas”, cuando en realidad puede ser algo mucho más práctico y adaptado al momento vital que están atravesando”.
Muchas personas no saben realmente qué se hace en terapia o creen que va a consistir en remover el pasado o en “contar penas”
Para María Camila Prado, profesora de la facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Internacional de Valencia (VIU), es importante la educación y la visibilización sobre la vejez y la salud mental. También derribar los estereotipos, los mitos y la discriminación por edad (edadismo). Para ello propone acciones a nivel individual, como utilizar la psicoeducación “porque permite brindar información basada en la evidencia sobre temas de psicología”.
A nivel colectivo y comunitario, la psicóloga plantea la realización de “acciones informativas sobre el proceso de envejecimiento y sus retos, los factores de riesgo para la depresión, ansiedad y soledad no deseada en esta etapa de la vida y, sobre todo, qué podemos hacer al respecto (grupos de ayuda, acompañamiento psicológico, intervenciones no farmacológicas)”. Y considera que pueden estar dirigidas a todas las edades: “Los niños serán mayores, los adolescentes serán mayores, lo adultos serán mayores y las personas mayores, pueden llegar a ser muy muy mayores. El conocimiento es una herramienta poderosa, nos permite prepararnos, nos permite pensar y reflexionar, nos permite actuar”, señala.
Señales de que algo no va bien
José, de 68 años, jubilado del campo y vecino de un pequeño pueblo del sur de Valencia, cuenta que empezó a notar cambios tras su jubilación. “Al principio me lo tomé como unas vacaciones largas. Pero al cabo de unos meses, me levantaba sin ganas, no dormía bien y todo me costaba el doble. Pensé que era cosa de la edad”, explica. Cuando le preguntaban cómo estaba, siempre respondía con un “A la marxeta”, una expresión valenciana que equivale a “Ahí vamos… tirando”.
Su mujer fue quien insistió en que hablara con alguien. Finalmente, acudió al centro de salud, donde una enfermera le sugirió asistir a un grupo de apoyo para mayores. “Ahí fue cuando me di cuenta de que lo que me pasaba no era raro y que se podía mejorar. Hablábamos de cómo nos sentíamos, de la soledad, de los cambios… y eso me ayudó a entender que pedir ayuda no es rendirse”, relata José. Hoy lo cuenta con naturalidad: “No hace falta tocar fondo para ir al psicólogo. Igual que uno se revisa la tensión, también puede revisar cómo está por dentro. A mí me costó dar el paso, pero me alegro de haberlo hecho”.
Cuando me jubilé, al principio me lo tomé como unas vacaciones largas. Pero al cabo de unos meses, me levantaba sin ganas. Me alegro de haber ido al psicólgo
Según la psicóloga Iraida Delhom Peris hay algo que como sociedad nos cuenta pensar: que la psicoterapia no es solo para momentos de crisis. “Puede ser una herramienta de acompañamiento y prevención muy valiosa”, cuenta. Aun así, algunas señales de que podría ser recomendable buscar apoyo psicológico —según señala— son los cambios persistentes en el estado de ánimo, como tristeza, irritabilidad o apatía; la pérdida de interés por actividades que antes resultaban placenteras; o el aislamiento progresivo.
También son indicadores importantes, para la experta, las alteraciones del sueño o del apetito, la sensación de vacío o inutilidad, o una preocupación excesiva por la salud o el futuro. En el caso de personas que han vivido pérdidas recientes, como pueden ser la muerte de un ser querido, la jubilación, un cambio de vivienda o una enfermedad crónica, el acompañamiento psicológico puede ayudar a procesar el duelo y adaptarse a las nuevas circunstancias de manera más saludable.
Señales de alerta sobre la necesidad de terapia:
- Cambios persistentes en el estado de ánimo.
- Irritabilidad o apatía; la pérdida de interés por actividades que antes resultaban placenteras.
- Aislamiento progresivo.
- Alteraciones del sueño o del apetito.
- Sensación de vacío o inutilidad.
- Preocupación excesiva por la salud o el futuro.
“A veces son los familiares quienes detectan antes esos cambios. En esos casos, lo ideal es hablarlo con naturalidad, sin juzgar ni imponer, destacando que acudir al psicólogo no es una señal de debilidad, sino una forma de cuidarse, igual que acudir al médico o hacer ejercicio. La prevención emocional en esta etapa de la vida es clave para mantener el bienestar global”, apunta Delhom Peris.
La escucha es fundamental. Es lo que considera Raquel Beraiz, quien recuerda que más allá de un diagnóstico y un tratamiento profundo, a veces basta con un acompañamiento psicológico adaptado al momento vital de la persona: “Alguien que escuche, ayude a ordenar pensamientos y ofrezca herramientas para afrontar la soledad, los duelos o los cambios que trae esta etapa puede ser suficiente”.

“Me salvó el grupo de lectura”
Carmen R., de 72 años, es jubilada de una escuela primaria. Tras la muerte de su marido hace tres años, comenzó a sentirse sola y desanimada. “Me costaba levantarme por la mañana, ya no tenía ganas de ver a mis amigas ni de hacer nada que antes me gustaba”, recuerda. Al principio, Carmen no pensó en acudir a un psicólogo. “Siempre creí que eso era para personas con problemas muy graves, yo solo estaba triste”, explica.
Fue entonces cuando una vecina le propuso asistir a un grupo de lectura en una librería muy conocida del barrio. “No sabía qué esperar, pero fui… y fue como una bocanada de aire fresco”, cuenta. En ese grupo, Carmen comenzó a leer y comentar libros con otras personas de su edad. “Al principio me sentía torpe, pensaba que no tenía nada interesante que decir”, relata. Carmen reconoce que, aunque la actividad no reemplaza a la terapia, le ayudó a reconectar con ella misma. “No resolvió todo, claro, pero me dio un motivo para salir de casa, para conversar, para reír otra vez. Fue un primer paso para cuidarme”, dice.
La profesora María Camila Prado explica que estos espacios funcionan sobre todo en la dimensión social: “Son una excusa perfecta para interactuar con otras personas y crear lazos, lo que ayuda a combatir la soledad no deseada”. Carmen lo confirma: “Volver a sentirme parte de algo, aunque solo sea un grupo de lectura, me cambió la rutina y hasta la manera de pensar”.
Los espacios como grupos de lectura son una excusa perfecta para interactuar con otras personas y crear lazos
Muchos mayores buscan bienestar fuera de la terapia tradicional con actividades como la meditación, los grupos de lectura o el voluntariado. Eso sí, Camila Prado considera que, aunque este tipo de actividades se complementan muy bien, no son sustituibles. “Si yo soy una persona con pocas o nulas habilidades sociales, es posible que, aunque me involucre en estas actividades, no sea capaz de generar la interacción social porque no sé cómo hacerlo. Aquí la terapia viene muy bien: en terapia aprendemos sobre comunicación, practicamos habilidades, hacemos pruebas y adaptamos las técnicas”, explica.
Y es que, las actividades no siempre atienden las necesidades específicas de la persona mayor. Prado como ejemplo, una persona mayor con un cuadro depresivo: “Seguramente necesite una intervención que tenga en consideración su historia personal, sus creencias, sus hábitos, sus pensamientos, su entorno y su estilo de vida … y para eso está la terapia: para crear un acompañamiento individualizado, estructurado, que responda a las necesidades de la persona mayor y que esté adaptado a sus características”.
“La terapia no compite con estas actividades, sino que se complementan”, dice también Raquel Beraiz. En zonas rurales cree que estas redes de apoyo son más naturales (la vecina, el bar del pueblo, el paseo diario, la huerta), y eso protege mucho frente a la soledad. En las ciudades, en cambio, hay más recursos, pero también hay más aislamiento social. “El trabajo psicológico puede ayudar a que la persona entienda mejor qué necesita, cómo gestionar la soledad o cómo dar sentido a esta etapa vital, y esas actividades pueden ser el escenario donde ponerlo en práctica”, cuenta. El reto está, para la psicóloga, en acercar la psicología a las personas mayores de forma sencilla, sin jerga, y desde el respeto a su historia y a su manera de entender la vida.




