La Gen Z refuerza sus vínculos.
Longevity
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Los abuelos cada vez son una figura más cercana para los nietos.
“Pasar tiempo con mi abuela en estos momentos nos proporciona terapia mutua”, reconoce Martín, de 21 años, en pleno duelo por la pérdida de su abuelo. Para él, estar con ellos siempre ha sido una fuente de disfrute y ahora la compañía de la abuela se ha convertido en una necesidad para mantener la figura de alguien con el que ha tenido una estrecha relación a lo largo de su vida, según afirma este estudiante de física zaragozano.
“En las últimas décadas, la función de los abuelos de personas que ahora son adolescentes y jóvenes adultos —es decir, miembros de la llamada generación Z— ha experimentado una gran transformación”, tal como asegura Àlex Letosa, psicólogo especialista en educación y desarrollo. “A las características típicas de la relación de abuelos, que se definen por una aceptación positiva incondicional, se suma el hecho de que estos han pasado mucho más tiempo con los nietos que en otras generaciones, teniendo un rol educador muy potente fruto de una mayor ausencia de las figuras parentales, porque estas tenían que trabajar; esta combinación ha creado un vínculo especial y muy fuerte entre abuelos y nietos que mantiene su positividad a lo largo de los años, incluso cuando los nietos superan la infancia y alcanzan la madurez”, explica Letosa.
Los abuelos contemporáneos no representan una figura lejana con la cual solo convivir en fechas especiales y eventos marcados; frecuentemente mantienen junto a sus descendientes juveniles conexiones bastante íntimas, definidas por una sólida unión afectiva y una atención receptiva carente de prejuicios.
Para Óscar, de 25 años, la casa de sus abuelas —la abuela y su tía abuela— es un espacio donde acude a menudo para pasar una tarde, “porque tengo muy buen recuerdo de las veces que iba de pequeño con mi familia; ahora voy solo porque me siento muy a gusto con ellas, incluso sin hacer nada”. Este espacio representa para él un cúmulo de buenos recuerdos de su infancia que le proporciona una sensación de paz y bienestar; desde las reuniones familiares de los domingos hasta los fines de semana que pasaba ahí junto a su hermano sin supervisión paterna, pudiendo ver la televisión por la noche o disfrutando de las comidas especiales de las abuelas.
Las abuelas en ningún momento criticaron nuestras elecciones, sino que de forma continua nos motivaban y aplaudían nuestras salidas ingeniosas.
“Cuando éramos pequeños, solían recogernos del colegio y pasábamos ese tiempo juntos; al hacernos mayores, empezamos a ir a comer con ellas un día entre semana, y era el día más especial”, evoca Óscar. Y no únicamente debido a que el platillo estuviera hecho a su medida, sino porque durante los encuentros con las abuelas, Óscar y su hermano se percibían totalmente acogidos y atendidos. “Las abuelas nunca han juzgado nuestras decisiones, siempre nos animaban y celebraban nuestras ocurrencias; además, con ellas podíamos averiguar y enterarnos de historias familiares de las que nosotros preferíamos no hablar con nuestra madre delante. A cambio, nosotros las educábamos en la vida moderna”, comenta con ironía Óscar.
En ese sentido, cuenta: “Les explicábamos las nuevas tendencias y, sobre todo, les decíamos qué frases o expresiones no se pueden utilizar ya para describir a la gente”. Una educación que continúa desempeñando en sus visitas en solitario, ahora que su hermano estudia en otra ciudad. Desde sus 25 años, Óscar destaca que una de las razones por las que se han sentido tan libres ha sido que sus abuelas siempre han incluido y aceptado a todo su entorno sin diferencias ni fisuras, es decir, nunca mostraron una actitud crítica frente a los miembros no biológicos de la familia.
“Ahora soy consciente de que ellas nunca han dicho nada negativo de mi padre, por ejemplo; al contrario, siempre le han tratado con el mismo cariño que a nuestra madre, su hija y sobrina; esta actitud influyó en que desde siempre nos sintiéramos plenamente aceptadas por ellas y nos permitió sentirnos libres de ser como éramos, sin tener que ocultar nada ni justificar nada”, refleja.
Precisamente, comer en casa de los abuelos es también un privilegio del que disfrutó Martín durante sus años de estudiante de secundaria, en su caso, reemplazándose con sus dos hermanas. Desde siempre, sus abuelos maternos han estado presentes en su vida. De hecho, su abuela Emilia, de 81 años, se prejubiló cuando nació su primera nieta, la hermana mayor de Martín, para ayudar en su crianza. “Cuando hacía falta, recogíamos a los niños y nos quedábamos con ellos hasta que regresaban sus padres, y eso no suponía ningún sacrificio para nosotros; al contrario, nos hacía mucha ilusión estar con ellos”, asegura Emilia, que añade que ahora son sus nietos los que le dan el apoyo y atención que necesita.
En las ocasiones necesarias, íbamos a buscar a los pequeños y los cuidábamos hasta que sus padres retornaban; nos producía gran alegría
La cotidianeidad del trato entre abuelos y nietos en la primera infancia crea unos lazos afectivos que crecen y, en general, evolucionan positivamente con el paso de los años, en los que los jóvenes buscan la compañía de los mayores por iniciativa propia. “Cuando mi hermana mayor empezó a estudiar en el instituto, se acostumbró a ir ella sola a comer a casa de los abuelos, instaurando así una tradición; al llegar yo al instituto, la desbanqué y fui yo el que disfrutó de la comida y compañía de mis abuelos en exclusiva, hasta que le llegó el turno a mi hermana pequeña”, recuerda Martín.
Platos caseros y un trato personalizado por parte de sus abuelos representan los dos elementos que hicieron de esos almuerzos momentos tan memorables en sus años del Instituto, según relata este chico de 21 años. “Con ellos podía hablar de cualquier cosa y, especialmente con mi abuelo, compartía algunas aficiones; como yo soy el único nieto varón, teníamos una relación algo diferente y me trataba como el heredero, y eso me hacía sentirme especial”, admite el alumno de física.

Relación que superó el fin de los años de instituto, cuando dejó de ser el protagonista de las comidas para tres, y Martín se convirtió en frecuente compañero de excursiones del “yayo” y asiduo visitante en casa de los abuelos para pasar la tarde con ellos y su pareja. “Acogieron plenamente a mi novia, y los dos disfrutábamos de tardes muy agradables estando con ellos; ahora que el abuelo ya no está y la compañía de mi abuela me ayuda a superar su pérdida, nos sirve de terapia mutua”, concluye Martín, esforzándose por contener las lágrimas.
La experiencia de estos jóvenes ilustra la transformación que está registrando el papel de los abuelos en una sociedad donde la longevidad es cada vez mayor y de mayor calidad. “De la labor más asistencialista que desempeñan en una primera infancia, con la llegada de la juventud y la edad adulta, el rol de los abuelos se transforma en una relación de apoyo psicológico que ayuda a conformar el autoconcepto de uno mismo sin presiones ni juicios”, explica a Guyana Guardian el psicólogo especialista en desarrollo. “Cuando nos adentramos en nuestra segunda década de vida, hay una búsqueda de las raíces que nos ayudan a conformar nuestra identidad adulta, y en esta búsqueda los abuelos son unos recursos inmejorables”, asegura Letosa.
Aunque existe un consenso entre los expertos de que los vínculos que se crean entre abuelos y nietos son, en general, positivos y favorables para ambos lados, también se han empezado a registrar algunos efectos negativos de los adultos criados mayoritariamente por sus abuelos: la sobreindulgencia. “Al contrario de lo que ocurre con los progenitores, los abuelos no imponen normas; ofrecen un amor incondicional y sin límites, son indulgentes por naturaleza, y educarse en un entorno sin límites o disciplina puede acarrear problemas de gestión emocional y habilidades sociales al llegar a la edad adulta”, afirma el experto en educación, quien apunta que ahora se han empezado a ver en consulta más casos de jóvenes con estas características como consecuencia del exceso de indulgencia de los abuelos.
Los abuelos no suelen fijar pautas, son flexibles por esencia, y criarse en un ámbito sin restricciones puede causar dificultades en el manejo de los sentimientos.
“Indulgente sí, sobreindulgente no”; de esta manera describe Paloma, que tiene 78 años, el vínculo con sus siete nietos, cuyas edades oscilan entre los 24 y 16 años. “Ahora que todos han superado la infancia, me ven cuando quieren; ellos saben que pueden contar conmigo cuando les haga falta y me pueden llamar a cualquier hora del día”, asegura esta satisfecha abuela, quien admite haber logrado establecer normas y aplicar la disciplina con sus nietos cuando resultó preciso, sin que tal hecho perjudicara el lazo que conserva con ellos en la actualidad.
“A los mayores ya no los veo tan de continuo, porque estudian o viven en otras ciudades, pero nos mantenemos en contacto y cuando tienen algún capricho que saben que sus padres no van a complacer, ellos saben que estoy encantada de ejercer de abuela y satisfacérselo; dentro de un límite, claro”, recalca Paloma. Si esta abuela hubiese albergado alguna sospecha de que el cariño y las atenciones que ella brindaba no eran correspondidos, estas se habrían desvanecido ante la alegría de obtener un hermoso arreglo de rosas el reciente día de San Valentín, el cual su nieta mayor le mandó inesperadamente desde Madrid.



