Jordi Nomen: “La prohibición de las redes a menores no funcionará si no hay una educación; las recetas sencillas nos llevan al abismo”
La tiranía del ‘like’
El profesor de filosofía publica 'Contra la tiranía del like', un manual para padres e hijos con el objetivo de hacer unas redes sociales más amables para todos: “Si perdemos la atención, perderemos la humanidad”

Jordi Nomen, fotografiado en la escuela Sadako de Barcelona, donde da es profesor
Retos que ponen en peligro la propia vida, subidones de dopamina, problemas de autoestima, sentimiento de aceptación… todas estas acciones tienen un denominador común: son causa o consecuencia de la búsqueda de un like en redes sociales. Una caza, a veces desesperada, que afecta a los que más necesitan gustar: los adolescentes.
De ellos sabe mucho Jordi Nomen, profesor de filosofía y autor de éxitos como “El niño filósofo” (Arpa Editores, 2019) o “Cómo hablar con un adolescente y que te escuche” (Arpa Editores, 2024). El docente lleva tiempo observando cómo interaccionan sus pupilos con las redes sociales y de esa preocupación nace su último libro “Contra la tiranía del like. Filosofía práctica para padres y educadores de adolescentes hiperconectados” (Arpa Editores, 2026). Un manual para padres e hijos que, además de radiografiar el panorama, ofrece, en la última parte del libro, su remedio: filosofía a pie de calle. Nietzsche, Spinoza o de Beauvoir se sientan a debatir con los adolescentes. Para Jordi Nomen este libro es su granito de arena para lograr un objetivo al que todos deberíamos contribuir: hacer unas redes sociales más amables para todos.
Una prohibición es útil cuando hay un riesgo relevante. Les prohibimos que fumen. ¿Es un atentado contra su libertad? No, prohibimos para proteger

Pregunta obligada al hablar estos días de redes sociales y adolescencia: ¿Qué opina de la reciente propuesta del presidente del Gobierno de prohibir las redes sociales a menores de 16 años?
Para un adolescente, entrar en las redes sociales sin tener la cabeza bien amueblada supone un riesgo. En ese sentido, veo bien la prohibición. La cuestión es: con la prohibición, ¿vamos a conseguir el objetivo? Porque el objetivo es que los adolescentes puedan hacer un buen uso de este medio. Eso no se consigue solo con la prohibición, tiene que ir acompañada de educación. Eso es lo que echo en falta, que no sea únicamente “vamos a prohibir”, sino que también se diga “vamos a educar”.
¿Qué opinan los alumnos de la posibilidad de no tener acceso a las redes?
Ante una prohibición, la respuesta es “no lo pienso hacer, no me da la gana, es horrible”. El sesgo de ser rebeldes ante cualquier prohibición es universal y lleva ya 3000 años entre nosotros. Ya lo eran los adolescentes de la antigua Grecia, no lo han inventado ellos. Pero algunos a la larga lo acaban entendiendo: pasó lo mismo con la prohibición del móvil en la escuela y ahora hasta lo agradecen.
Elon Musk y Pavel Durov consideran que la propuesta es una amenaza a las libertades. ¿Prohibir las redes les quita o les da libertad a los adolescentes?
Yo pregunto: ¿Son libres los adolescentes en las redes sociales o, por el contrario, no pueden decidir? Lo que queremos es que desarrollen un mando a distancia que controlen ellos y que les permita conectarse y desconectarse de las redes. Solo así serán libres de decidir. Una prohibición es útil cuando hay un riesgo relevante. Por ejemplo, les prohibimos que fumen. ¿Eso es un atentado contra su libertad? No, es una protección. Prohibimos para proteger. Pero, insisto, si no lo acompañamos con educación, no sirve de mucho.
¿Cuál es el mayor peligro de las redes sociales?
Que se enganchen a ellas. Se trata de una adicción psicológica, no física, pero es una adicción y hay que prevenirla.
Demonizamos las redes sociales. Pero algo bueno tendrán…
Por supuestísimo que sí. Las redes sociales nos permiten conectar mundos distintos, conocer culturas diferentes, colectivos minoritarios. Los chicos y chicas que presentan dificultad para la relación social encuentran la posibilidad de abrirse un poquito más. Y esto es magnífico. Pero deben conocer los riesgos para hacer un buen uso.
El adolescente vive preocupado por lo que opinan los demás. Si el juicio es positivo, estará en la cresta de la ola, pero es negativo, descenderá al infierno
Nos preocupa mucho que los adolescentes se enganchen a las redes. Pero ¿estamos los adultos en disposición de dar lecciones morales? Porque nosotros tampoco nos separamos del móvil…
Es cierto. Y con ellos no vale la ley del embudo, el “para mí ancho y para ti estrecho”. Eso con un adolescente es mortal, porque no lo entienden ni lo van a entender nunca. Se ha de practicar con el ejemplo y no siempre lo hacemos porque los adultos también estamos enganchados. Damos lecciones de cómo regular el uso de los móviles, pero igual nosotros tampoco lo tenemos muy claro. No se trata de culpabilizarse, porque la culpa no lleva a ninguna parte, pero sí que hay que mirarse a uno mismo.
En ‘Contra la dictadura del like’, habla del “yo cuantificado”, ¿en qué consiste?
Mucha gente considera que cuanto mayor es nuestro número de seguidores, mayor es nuestro valor. Pero el amor no se mide en números, se mide en emociones. El “yo cuantificado” es muy peligroso porque acabas compitiendo contigo mismo para recibir más juicios positivos que tú no controlas y que inciden profundamente en tu seguridad. Si tienes menos likes, te pones a analizar las causas para hacerlo mejor. ¿Por qué tienes que hacer algo? ¿Porque hay menos likes, menos personas, menos números? ¿A ti qué te interesa? ¿El amor de personas con carne y hueso que puedes ver, tocar y abrazar, o los números? Hay que recuperar la dignidad.
En su libro trata de cómo el concepto de dignidad ha cambiado. ¿En qué ha consistido esta transformación?
El ser humano es digno per se y no importa su raza, su color, su religión, sus ideas, así lo reconoce la Declaración de los Derechos Humanos. Las redes mercantilizan la dignidad y nos dicen que nuestro valor depende del número de seguidores. Es lo más contraproducente que le puedes hacer a un adolescente: dejar su valor en el juicio de otras personas. El adolescente vive eternamente preocupado por lo que opinan los demás. Si el juicio es positivo, estupendo, estará en la cresta de la ola, pero si el juicio es negativo, descenderá a lo más hondo del infierno. La autoestima adolescente se resiente de una manera monumental en las redes sociales.
En redes todos queremos aparentar. ¿Cómo influye esto en los jóvenes?
Hay un punto comprensible. Es como cuando intentamos ligar. Uno no empieza enumerando sus defectos o hablando de las flatulencias que te provocan determinadas legumbres. Presentamos una versión en la que exageramos un poquito lo positivo. Ellos hacen exactamente lo mismo en las redes: se ponen su máscara. El riesgo es ponerse mucho y muy a menudo la máscara, pues llega un momento en el que te convences de que es tu cara. Descubrir que lo que son en realidad no alcanza ese estándar que han creado produce mucho sufrimiento.
Muchos jóvenes sueñan con ganar dinero de las plataformas y no hacer nada más. Y cuando les hablas de estudiar te preguntan por qué

¿Y qué máscara les hace sufrir más?
El caso de las chicas y la apariencia física es demoledor. Su cara y su cuerpo no corresponden con los que muestran en redes y cosechan likes. Eso va a generar una discontinuidad en la propia personalidad.
¿Cree que hay mucha diferencia entre la adicción que provocan los likes en los adolescentes y los adultos?
Debería haberla, pero no la hay. Solo hay que ver las redes: están llenas de banalidad, de superficialidad, de narcisismo, de discurso de odio. Y ahí no están mayoritariamente los adolescentes, son adultos.
¿Puede explicarnos qué es el síndrome del personaje protagonista?
Pensemos en cuando vamos a hacer un retrato y le pedimos a alguien que se aparte porque no queremos que aparezca en nuestra foto. Puede llegar un momento en que creamos que somos el protagonista del mundo mundial y esto no es así. Nosotros somos el protagonista de nuestra vida, pero solo de la nuestra. Es esa gente, por ejemplo, que se cree con derecho a no hacer cola, porque consideran que está por encima del resto. Y esto puede desembocar en conductas narcisistas.
Y a los protagonistas no les debe apetecer demasiado esforzarse…
Muchos jóvenes sueñan con ganar dinero de las plataformas y no hacer nada más. Y cuando les hablas de estudiar te preguntan por qué. Yo les contesto que para ser mejor persona. Me responden que esto es un concepto muy viejo, que a ellos les interesa tener muchos seguidores y que les paguen por ello. La vida no funciona así, la vida es esfuerzo, trabajo porque eso también enriquece y da valor personal. Cuando trabajas para los demás, por ejemplo, encuentras dinero y valor, sea el trabajo que sea.
En los años 80, había una serie en la que nos decían que “la fama cuesta”, pero con las redes sociales se ha devaluado considerablemente el precio. ¿Cómo se ha transformado el concepto de fama y cómo afecta a los más jóvenes?
El precio del esfuerzo que requería la fama se ha volatilizado. Está a expensas de los seguidores o seguidoras que logres. Es una fama que no se basa en un criterio o una habilidad que tenga la persona, sino que se sustenta en el exterior. Genera angustia porque se ha de mantener y es una ansiedad de la que no aprendes nada. Si eres bailarín, por poner un ejemplo, entrenas a diario y aprendes de tus errores. Eso supone un esfuerzo y una enseñanza. En cambio, la fama de las redes es gratuita, pero inconstante. Depende de una viralización, de un contagio.
No me puedo permitir ser pesimista; soy profesor y no puedo contagiar el desánimo a mis alumnos. Debemos mantener los discursos complejos
Con tanto like y tanto estímulo rápido, ¿dónde queda nuestra atención?
Ahora somos capaces de concentrarnos profundamente en una tarea 47 segundos y hace veinte años alcanzábamos los dos minutos y medio. Las predicciones advierten que llegaremos a los 15 segundos y en ese momento no vamos a ser capaces de distinguir dónde está la realidad y dónde está la mentira.
¿El futuro nos depara un mundo sin atención?
Yo no me puedo permitir ser pesimista, porque soy profesor y no puedo contagiar el desánimo a mis alumnos. A ellos les digo que lean para fomentar la atención. Debemos mantener los discursos complejos, que requieren tiempos complejos para no perder la capacidad de profundizar y así darle la vuelta. Porque si no lo hacemos, no solo perderemos la concentración, perderemos la humanidad. Y si perdemos eso, lo perdemos todo.
¿Y cómo preservamos la complejidad en los tiempos del like?
Desde los medios de comunicación los discursos tienen que ser complejos y no hay que infantilizar a la sociedad, porque si la infantilizas, se va infantilizando. Al final el adulto se comporta como un niño que pide: “dame el titular, no me expliques cosas complejas”. Pero claro, en la complejidad está el comprender el mundo. El mundo no es sencillo, las recetas sencillas nos llevan al abismo.
Contra la dictadura del like, ¿qué propone?
Entre todos debemos intentar humanizar las redes. Yo no propongo quitarlas, pues tienen cosas muy positivas, hay que humanizarlas. Es muy difícil, pero yo he querido colaborar con mi granito de arena con este libro. Debemos, entre todos, recuperar la amabilidad digital, el bienestar digital.
¿Y por dónde empezamos?
Si un comentario no nos gusta, en vez de insultar o desvalorizar a quien lo ha hecho, deberíamos pararnos un momento. Yo no puedo juzgar a esa persona porque desconozco su contexto, no sé quién es ni por qué opina así. Me puede desagradar, pero ¿tengo necesidad de atacarla por sus ideas? Ni la tengo ni lo debo hacer. Y no debo, no porque haya una prohibición, sino porque debo ser amable, porque el ser humano necesita de ese positivismo y esa amabilidad.
Un amigo es alguien que estará ahí cuando lo necesites. Poner un ‘like’ no es amistad. Un ‘like’ es un dato, no es un sentimiento.
¿Cómo se lleva a la práctica y, sobre todo, entre los jóvenes?
Con educación. Por eso digo que la prohibición del acceso a las redes para menores de 16 años se debería haber acompañado de una asignatura de educación digital en las escuelas. Es urgente también, bajo mi punto de vista, potenciar la filosofía en todas las escuelas de infantil, de primaria y de secundaria. Yo no entiendo la filosofía como “vamos a hablar de un señor que murió hace 2500 años”, sino vamos a hablar de pensamiento crítico, vamos a hablar de cómo podemos pensar, razonar y encontrar argumentos sólidos. Y esto es lo que creo que hace falta justamente para poder abordar esa entrada con cabeza en las redes sociales.
En su libro propone una serie de diálogos ficticios de diferentes filósofos abordando el tema de las redes actuales. ¿Qué pueden decirnos ellos del mundo actual?
Mucho. Por ejemplo, el mito de la caverna de Platón. Muestra cómo la realidad se confunde con la ficción, está hablando de lo que son las redes sociales mal utilizadas.
Por otro lado tenemos a Hannah Arendt con la banalidad del mal, que nos advierte que el mal no es algo que se vea venir, que puede estar oculto en un burócrata que parece normal y que ha asesinado a miles de judíos. Tenemos que fijarnos en cómo actúan las personas, también en redes.
La amistad es un tema muy importante en la adolescencia que Michel de Montaigne define con claridad: consiste en querer que la otra persona esté bien. Un amigo es alguien que estará ahí cuando lo necesites. Poner un like no es amistad. Un seguidor no es un amigo, es alguien que pone un dato. Un like es un dato, no es un sentimiento. ¿Eso quiere decir prescindir de los likes? No. Si lo sabes sobrellevar, estupendo, pero no todo el mundo está preparado.



